Stiglitz

Francisco Gil Díaz, secretario de Hacienda y Crédito Público, Economista del ITAM, doctor en Econ
Francisco Gil Díaz

Profesor de la Universidad de Columbia, ex asesor económico del presidente Bill Clinton, ex economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial (BM), galardonado por el Nobel por sus estudios sobre mercados con información asimétrica (en los que algún actor dispone de más información que otro), Stiglitz se convirtió con este libro en un aliado inesperado de los críticos de la globalización y de las políticas impulsadas desde el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el BM para promover el desarrollo. Estas políticas, aplicadas en México desde 1985, son las habitualmente apodadas como Consenso de Washington: privatización de empresas públicas, liberalización del tipo de cambio, apertura comercial y del sistema financiero, entre otros. “El FMI ha cometido errores en todas las áreas en las que ha incursionado: desarrollo, manejo de crisis y transición del comunismo al capitalismo”, afirmó Stiglitz, en su libro, centrado en las crisis asiáticas, latinoamericanas y rusa de finales de los 90.

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Gil Díaz (1943), ocupó en los últimos 35 años diversos cargos en la administración federal y en el Banco de México, donde fue subdirector y director de Investigación Económica. Desde 2001 es secretario de Hacienda. “Un trabajo apasionado que frecuentemente se desvía del rigor lógico o de la evidencia empírica”, afirma en esta crítica a la obra de Stiglitz.

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Con gusto acepté la sugerencia de la revista expansión para escribir una reseña del libro El malestar en la Globalización de Joseph E. Stiglitz. Es un libro interesante escrito para el público en general y, como cualquier obra para legos escrita por un académico en la materia, necesitada de una análisis que le sea útil al lector para asegurarse que no le están dando gato por liebre.1

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A partir de la creación del Premio Nobel de Economía ha habido de todo: algunos premios son indiscutibles, pero en otros casos cuesta trabajo discernir en dónde está el mérito científico del galardonado. La regla sin embargo es que, en general, el reconocimiento se ha dado a aportaciones importantes y originales al pensamiento económico. El Nobel otorgado al profesor Stiglitz cabe sobradamente en la segunda categoría. Sus aportaciones a la Teoría de la Determinación de los Precios Relativos (mal bautizada con el nombre de microeconomía) son un claro ejemplo de valor científico, además de elegante y trascendente. Pero el prestigio del Nobel no es una patente de corso, no le confiere autoridad al recipiente del premio para opinar sobre cualquier campo de la economía, particularmente cuando el galardonado aborda temas que no corresponden a su especialidad académica.

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Quien esté leyendo esta reseña del libro El malestar en la Globalización podrá sospechar ya el matiz de mis comentarios. Sin embargo, también estoy obligado a hacer un reconocimiento. Stiglitz, aun fuera de su territorio intelectual, es un pensador profundo y provocativo, vale la pena leerlo y conocer sus argumentos. Además, se trata de una persona genuinamente preocupada por encontrar soluciones a la desigualdad y a la pobreza. Muchas de sus críticas a los programas de estabilización propugnados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el leit motif de su libro y la némesis del autor, contienen lecciones y análisis de gran valor escritos con sencillez. Se trata de una obra que, bien espulgada, contiene lecciones ricas y valiosas para los practicantes de la economía y para el público en general. Conviene por eso aprovechar su valía, pero por tratarse de un trabajo apasionado que frecuentemente se desvía del rigor lógico o de la evidencia empírica, es menester desbrozar y descartar lo que sobra.

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Las afirmaciones de Stiglitz sobre los efectos de la globalización no se sustentan. Para constatarlo basta con leer una de las múltiples recopilaciones de estudios empíricos sobre la globalización como la que ha hecho Guillermo de la Dehesa. Otra debilidad del libro es la vehemencia que caracteriza a aquellos trabajos inspirados por algún agravio. En este caso el ímpetu proviene de haber sido Stiglitz la cabeza del Consejo Económico del Presidente Clinton y que éste, en lugar de tomar en cuenta los sabios consejos del profesor, sólo le haya hecho caso a sus dos secretarios del Tesoro, Bob Rubin y Larry Summers, cuyo pecado fue, a los ojos de Stiglitz, además de conquistar la atención del Presidente, el haber apoyado los criterios y políticas del FMI.

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Stiglitz respira por la herida en cada una de sus páginas, en las que por cierto poco o nada aborda del tema del título de su libro. Su trabajo no es sobre la globalización. Trata los supuestos malestares derivados de ella al principio y eso de pasada, sin referirse a una sola de las investigaciones que se han realizado sobre el particular. Casi no hay página en que no aparezca mencionado el FMI y en cambio es difícil encontrar la palabra globalización. El hilo conductor del libro es una crítica sin piedad al FMI. Según él, el fundamentalismo de mercado del Fondo contribuyó a ahondar o crear las crisis de los países a los que se supone debe ayudar.

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Para tratar tan expeditamente como el autor lo relacionado con los estragos de la globalización, me limitaré a citar y comentar algunas de las escasas oraciones que le dedica al tema: “Incluso los políticos conservadores, como el presidente francés Jacques Chirac, han manifestado su preocupación porque la globalización no está mejorando la vida de quienes más necesitan de sus pretendidas ventajas. Es claro para casi todo el mundo que algo ha funcionado terriblemente mal”. Después, al final de la página 29: “La creciente división entre los poseedores y los desposeídos ha dejado a una masa creciente en el tercer mundo sumida en la más abyecta pobreza y viviendo con menos de un dólar por día”. Comentarios por el estilo continúan en estos breves párrafos sobre las, según él, consecuencias nefastas de la globalización. Dichos párrafos por cierto son los únicos que responden al título del libro. El resto está dedicado cariñosamente a los funcionarios del FMI.

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La condena de Stiglitz a la globalización no es acompañada de una sola cifra o de la cita de algún estudio empírico que analice las consecuencias de la globalización sobre el bienestar de las mayorías. ¿Será que esto es así porque los hechos no se compadecen de sus dichos?

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Sin embargo, el fenómeno de la globalización ha sido ampliamente documentado y estudiado. Los resultados que recopila De la Dehesa se pueden resumir en lo siguiente: 1) Al mismo tiempo que se aceleró la globalización durante las últimas dos décadas, se dio una significativa reducción mundial de la pobreza absoluta. 2) No obstante el “enorme crecimiento de la población en los últimos 20 años, la reducción de la pobreza en términos relativos ha sido espectacular”. 3) Es interesante notar la diversidad geográfica de estos efectos: donde no se aprecian disminuciones en la pobreza absoluta y relativa es en África y, parcialmente, en Latinoamérica. En el primer continente prácticamente no hay reformas estructurales en su conjunto y en la segunda región las reformas son pocas, varias de ellas mal instrumentadas y en todo caso, incompletas.  4) Por lo que hace a la desigualdad, la conclusión es que, gracias a la globalización, registró una ligera disminución y que, en los países en los que aumentó, como en China e India, la mayor desigualdad se debe a que subió relativamente más el ingreso de las personas de mayor capacidad económica y no porque se haya empobrecido el resto de la población. 5) También aborda Dehesa la acusación relativa a la explotación de la fuerza trabajadora de los países emergentes. Sin duda, la inversión ha fluido hacia lugares en donde, además de otras condiciones, es competitivo el costo de la mano de obra. La evidencia empírica recopilada por Dehesa muestra que las empresas extranjeras “pagan salarios más elevados que los de las empresas nacionales y sus condiciones de trabajo son siempre mejores que las generales de los países donde se ubican, además de darles a sus empleados más formación y mejores condiciones de retiro”. 6) Sin embargo, no todo es color de rosa en el entorno del comercio internacional y de la globalización. Los gobiernos de los países desarrollados perjudican a los trabajadores más pobres del resto del mundo a través de barreras al comercio en productos agrícolas y de los subsidios a sus agricultores y de la reducción que tiene la ayuda oficial a los países más necesitados. Pero Dehesa hace ver que estas políticas de los países desarrollados no tienen que ver con la globalización, sino con la falta de la misma.

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Antes de entrar en la materia del libro y a propósito de la némesis de Stiglitz, conviene plantear una pregunta que a mí me parece elemental. Si el Fondo es tan dañino, ¿por qué los países se someten a sus prescripciones?, o más aún, ¿por qué no simplemente lo abandonan? El mismo autor reconoce que estar fuera del Fondo no equivale a una maldición: Stiglitz argumenta que Malasia ignoró con éxito las recomendaciones del Fondo y que, además, gracias a eso evitó padecer las penurias que debieron soportar los países que acatan las condiciones del FMI. Polonia según Stiglitz también actuó con independencia y eso ayudó, desde su punto de vista, a un desempeño económico superior al de Rusia, la que de acuerdo al autor fue asediada por los malos consejos del Fondo a los que se sujetó. Para Stiglitz, China es otro caso de independencia y éxito. Entonces, si hay casos exitosos de emancipación y además la participación en el Fondo y en su caso la aceptación de sus programas resulta de la voluntad soberana de los Estados de pertenecer al mismo, ¿por qué los grandes estragos que se aduce se desprenden de los programas de estabilización, son responsabilidad de los dirigentes del Fondo y no de los países que los aceptan?

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Apertura financiera: la terca realidad desmiente a Stiglitz
Pero vale la pena entrar al corazón de los comentarios que hace Stiglitz a la apertura financiera, ya que según él se derivan diversos colapsos económicos de la imposición que hace el FMI de la libertad de movimiento de capitales. Estos colapsos no son, nos instruye el maestro Stiglitz, más que consecuencia de un fundamentalismo ciego que lleva al Fondo a exigir que se abra la cuenta de capital de la balanza de pagos. Aquí Stiglitz ignora olímpicamente importantes y contundentes excepciones a su afirmación. No toma en cuenta el programa alrededor de la crisis mexicana de 1982, que el Fondo apoyó en medio de un control cambiario con un mercado de cambios dual. No sólo eso, el Fondo aceptó que México cerrara la cuenta de mercancías, que inició 1983 con requisitos de permiso previo para la totalidad de las importaciones. No menciona Stiglitz que dicho hermetismo pudo haber contribuido al colapso y postración de la economía mexicana durante tantos años. Al contrario, de lo que no puede culpar al Fondo en este caso es de haber causado el largo estancamiento de la economía mexicana por haberse sujetado a un fundamentalismo que en este caso brilló, pero por su ausencia. ¿Pecó entonces el FMI de falta de fundamentalismo?

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Otra característica de la política económica mexicana que Stiglitz omite es la apertura comercial que se dio a partir de 1985: fue amplia y unilateral, no solicitada ni acordada con el Fondo. De este cambio abrupto de la política comercial, y de un conjunto de medidas que tampoco solicitó y menos impuso el FMI, tales como desregulación de mercados, disolución de diversos monopolios y privatizaciones, se desprendió un fuerte crecimiento de la productividad de la planta productiva de México.

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Otro pequeño detalle que Stiglitz omite es la razón por la cual se dieron varios fracasos relacionados con medidas de ajuste a crisis de balanza de pagos. Stiglitz los desmenuza uno por uno, pero curiosamente no le advierte al lector de un interesante común denominador: La preexistencia de un tipo de cambio fijo. Las dificultades en que cayeron los países que menciona son atribuidos a que permitieron el libre movimiento de capitales, sin advertir que fue el tipo de cambio fijo la causa de sus males y que ese sólo hecho ha bastado para generar algunas de las crisis, incluso en casos sin libre movimiento de capitales.

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Trataré más adelante porque en ausencia de una Caja de Conversión, de a verdad como la de Hong Kong y no de a mentiritas como la de Argentina, un tipo de cambio fijo es una peligrosa bomba que incuba poco a poco crisis mayúsculas. Antes presento la lista de países que durante los últimos años padecieron alguna crisis importante precedida por el intento de sostener un tipo de cambio fijo. Casi todos  lo abandonaron, y los que lo han hecho no han vuelto a tener crisis, aunque podrían volver a tenerlas, pero por otras causas, tales como acumulaciones insostenibles de deuda pública.

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Un tipo de cambio fijo o, lo que es casi equivalente, una flotación con bandas, genera diversas patologías en el comportamiento de los mercados. Si el tipo de cambio permanece en el piso de su banda de flotación, se presentan dos incentivos. Primero, atrae grandes volúmenes de recursos, porque mientras los actores económicos conserven la expectativa de que el tipo de cambio seguirá adherido al piso, tienen la confianza de que cosecharán cuantiosos rendimientos, por lo menos en comparación con lo que obtienen en otros mercados. Segundo, la percepción de mayor rendimiento es transitoria o de corto plazo, porque los inversionistas saben que la disponibilidad de divisas dentro de un régimen cambiario con la promesa implícita de convertibilidad ilimitada, tiene como límite las reservas internacionales.

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La precariedad de las expectativas que genera un modelo así motiva a los inversionistas a invertir sus capitales a plazos cortos, frecuentemente de sólo 48 horas. Luego, cuando los capitales quieren salir debido a un cambio de percepción sobre el comportamiento de la economía o a perturbaciones políticas,  el tipo de cambio se adhiere al techo de su estrecha banda, donde sólo podrá sostenerse mientras el banco central disponga de divisas para defenderlo. A partir de tal momento se configura una clásica falacia de composición: Cada inversionista quiere fugarse y cree poderlo hacer, pero la suma de todas las cantidades que desean sacar del país pronto supera el valor de las reservas internacionales lo que provoca el derrumbe de la moneda. Cuando esto sucede ningún alza en las tasas de interés puede ofrecer una retribución comparable al rendimiento de corto plazo que ofrece una devaluación esperada, por pequeña que ésta sea.

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Las bandas al tipo de cambio o un tipo de cambio fijo contienen estímulos contrapuestos a los movimientos de capital: a grandes influjos que se invierten en activos de corta duración, o a que las divisas se fuguen a la mayor velocidad posible. Esta forma de atracción o  repulsión fatal a los flujos de capital en una economía abierta se ha dado dentro de un mundo con recursos financieros inmensos y crecientes que cruzan las fronteras a la velocidad de la luz. Es este conjunto de circunstancias el que se combinó para destruir los regímenes cambiarios con tipo de cambio fijo o con bandas. Los ejemplos: El sistema monetario europeo en 1992, el peso mexicano en 1982 y otra vez en 1994, las monedas de varios países latinoamericanos, de países escandinavos, de Europa Oriental y del Sudeste Asiático, entre otras.

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El fenómeno descrito fue replicado país por país. El colapso cambiario fue seguido de aumentos súbitos y considerables en las tasas de interés, a los que se sumó la necesidad de obtener elevadas cantidades en moneda local para hacer frente a las amortizaciones de pasivos en moneda extranjera. Así, los deudores amanecieron sin liquidez y algunos en estado de insolvencia. De la noche a la mañana los bancos locales y extranjeros se vieron impedidos de seguir prestando. Empresas y familias tuvieron que contraer drásticamente su gasto. Las tasas de interés por cierto, no aumentan porque el Fondo lo exija. Si en un entorno como el descrito los gobiernos se obstinaran en mantener las tasas de interés artificialmente bajas, la caída en el ahorro financiero prolongaría y agudizaría el estancamiento y paradójicamente, tarde o temprano, encarecería el crédito más allá de lo que hubiera sucedido de haber aceptado el país con realismo los mandatos de los actores económicos. Éstos reaccionan exigiendo mayores rendimientos cuando crecen las expectativas de inflación. Salvo algunos “cortos” oportunos de su Banco Central, México, con tasas de interés libremente determinadas por el mercado a partir de la crisis de 1995, es un buen ejemplo de aumentos en las tasas en respuesta únicamente a las expectativas de los actores económicos.

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Además del éxito del programa mexicano, Stiglitz omite Brasil, Turquía y Corea, países que sin duda se recuperaron con  soltura de sus crisis gracias a los apoyos del Fondo. ¿Por qué limitarse a mencionar lo que él argumenta fueron fracasos?

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Una clave desdeñada: el costo de oportunidad
Para entender el significado del costo de ajustar la economía a la nueva circunstancia, que tanto desvela a Stiglitz, la pregunta pertinente consiste en saber qué ocurriría si el país no solicita apoyo internacional.

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Si el país no enfrenta vencimientos de pagos al exterior, sean del sector público o del privado, no necesita de apoyo alguno, pero de tener que cubrir pagos cuantiosos en divisas sin un puente de liquidez externa, el tipo de cambio se puede depreciar vertiginosamente, mucho más de lo que se requeriría para enfrentar la crisis de contar con liquidez en moneda extranjera. La explicación de esta mayor depreciación es que el país tendrá que generar divisas a partir de un superávit en su balanza de mercancías de un tamaño tal que aporte la moneda extranjera necesaria para  pagar los vencimientos de deuda externa. Esto puede requerir de varios puntos del producto equivalentes en magnitud a cambios en el ahorro interno que toma décadas alcanzar.

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No sólo debe aumentar el ahorro, además se le plantean a la economía reasignaciones drásticas de la producción para sustituir importaciones y para exportar en un plazo sumamente corto. Semejante esfuerzo de ahorro y de reestructura productiva se traduce en caídas fuertes y súbitas en el consumo y la en inversión. El ajuste se vuelve inevitable, pero la disminución en el producto y en el empleo  pueden mitigarse si se obtiene una línea de crédito que financie el faltante temporal de liquidez y que trasmita credibilidad a quienes pueden financiar los vencimientos de deuda. Un puente financiero de esta naturaleza se obtiene cuando el país toma medidas tendientes a convertir la crisis en un fenómeno transitorio y así mantener o recuperar la percepción de que se trata de una economía solvente y líquida desde el punto de vista financiero.

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También se puede intentar sortear la crisis cerrando la economía a los pagos internacionales y decretando un control de cambios. El hecho de que la mayoría de los gobiernos intenten a toda costa evitar una “solución” de esta naturaleza y prefieran las odiosas condiciones de la ayuda externa nos dice algo acerca del costo de la autarquía financiera. Malasia, como afirma Stiglitz, salió adelante sin programa con el Fondo. ¿Quiere eso decir que todo el que lo intente puede lograr un resultado igual? No lo creo, pero de ser así, vuelvo a mi comentario del principio: El Fondo no puede obligar a nadie a aceptar sus programas y por errados que sean, los que los toman los prefieren a la alternativa que suele ser más larga y dolorosa.

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Si el costo de no contar con un crédito puente, aun si se le condiciona, es varias veces mayor que el de aceptar las condiciones de un apoyo temporal, entonces el programa con el Fondo no impone penuria alguna, los problemas se los inflingió el país a sí mismo; el programa evita que tales problemas se conviertan en una espiral con enormes perjuicios económicos y descalabros políticos.

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Si se desea entender el papel de una institución como el Fondo que presta auxilio cuando se presenta un problema de suma gravedad no debemos nunca olvidar que la medición de costos es engañosa y que el verdadero precio de una decisión es su costo alternativo o costo de oportunidad. Lo que hay que considerar ante cualquier decisión, no es cuál es la erogación o su costo directo, sino cuánto se pierde de no tomarla. Si el segundo costo, el de la alternativa desechada, es mayor, la primera alternativa no fue costosa. Siempre aceptaremos gustosos un bypass cuádruple en las coronarias frente a la alternativa, un infarto masivo al miocardio.

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Otra piedra en el camino de Stiglitz: Rusia
Conviene ahora entrar al análisis de algunos episodios que Stiglitz utiliza selectivamente (ignora los programas exitosos) para según él ejemplificar el fracaso del fundamentalismo de mercado del Fondo. Uno entre tantos objeto de una presentación sesgada o ignorante es el que se refiere a la experiencia rusa. Para Stiglitz, Rusia sigue al pie de la letra las recomendaciones del Fondo consistentes en liberalizar todos los precios y privatizar todas sus actividades económicas. De acuerdo a su narración, la velocidad y el descuido al privatizar de las autoridades rusas –por no establecer las instituciones que deben acompañar al funcionamiento de una economía de mercado– dieron lugar a una gran concentración de la propiedad y a un funcionamiento caótico, a veces gangsteril, de la economía. Las reformas inspiradas en teología económica y no en consideraciones prácticas, entre éstas trabajar con gradualismo y a partir de un conocimiento de la realidad rusa, se tradujeron en un colapso de la producción y en fuertes incrementos del nivel general de precios.

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Hay bastante de cierto en las afirmaciones de Stiglitz, pero para endosarle el problema al Fondo deja fuera una buena parte de la explicación del mal desempeño de la economía rusa. No toma en cuenta, por ejemplo, que al desaparecer el análogo soviético a nuestro TLCAN, el comecon, instrumento que Rusia utilizaba para ordeñar a sus satélites, el país dejó de percibir rentas importantes y además se descoyuntó súbitamente el funcionamiento de una economía dependiente de vínculos comerciales que se habían consolidado a lo largo de varias décadas.

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Tampoco menciona que además del Fondo, del Banco Mundial y de otros organismos internacionales, el gobierno ruso padeció el atosigamiento de un enjambre de asesores económicos occidentales. ¿Quién decía qué y quién verdaderamente influía en las decisiones del gobierno ruso, si es que le hacían caso a alguien? Eso habrá que preguntárselo a los jerarcas rusos de la época, pero apuesto a que no van a confirmar la hipótesis de que sólo estaban esperando que los economistas del Fondo les hablaran al oído. Otro pequeño detalle que se le escapó a Stiglitz es que con o sin consejos, la verdad es que es falso que Rusia haya adoptado una economía de mercado. Un análisis devastador de las reglas imperantes en la nueva Rusia de W.W. Lewis revela varias de las agudas distorsiones que se introdujeron a una economía que aun con precios libres, empresas en manos privadas y apertura al comercio exterior, no adquirió realmente una economía de mercado. Presento algunas de las observaciones de mayor relieve de Lewis: a) El gobierno le ordenaba a los bancos prestarle sumas gigantescas de dinero a empresas con problemas. No se recompensaba a empresas productivas o siquiera con utilidades y se alimentó una hiperinflación creando crédito. ¿Creerá de verdad Stiglitz que semejante conducta calza con recomendaciones del Fondo? (p. 168 en Lewis). b) Los gobiernos locales aprovechan su control del suministro de gas y electricidad para forzar a un gran número de fundiciones de acero pequeñas, ineficientes y altamente contaminantes a seguir produciendo. Los productores de acero, al no poderlo vender en el mercado, se lo entregan en pago (altamente sobrevaluado) a los proveedores de gas y electricidad que a su vez se lo pasan a las compañías nacionales de gas y electricidad. El gobierno acabó acumulando a un costo exorbitante grandes cantidades de acero lo que contribuyó a su incapacidad para enfrentar los vencimientos de su deuda en 1998, y precipitó la crisis financiera. (pags. 172,173). c) El gobierno ruso ha mantenido artificialmente bajo el precio interno del petróleo a través de controles sobre las exportaciones, (el gobierno controla las exportaciones porque es dueño y monopolista de la tubería que se usa para exportar el petróleo, además controla todas las importaciones de equipo y de servicios petroleros), de ahí la incapacidad de la industria petrolera rusa para modernizarse y para elevar una productividad notablemente inferior a la de las compañías petroleras internacionales. (p. 177).

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Lewis aporta más observaciones sobre los impedimentos al buen funcionamiento de una economía de mercado en Rusia que, como el resto de su profundo análisis de economías comparadas a partir de estudios de productividad por industria, es lectura obligada y fascinante para quienes estén interesados en las sutilezas y complejidad del crecimiento económico.

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China y el libro que Stiglitz elogió sin leerlo
Los hechos tampoco perturban a Stiglitz cuando comenta los cambios en la economía China. El autor nos dice a propósito de la transformación de la agricultura en ese país: “fue un logro enorme, que involucró a cientos de millones de trabajadores y fue alcanzado en pocos años; y de un modo tal que generó un amplio respaldo: era ensayado en una provincia, con éxito, y después en otras, también con éxito. La evidencia era tan abrumadora que el gobierno no tenía que hacer nada para forzar el cambio, que era voluntariamente aceptado” (p. 231)

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Cualquiera pensaría que el gobierno chino diseñó un plan para luego ejecutarlo. ¿Por qué Stiglitz no informa al lector que el fenómeno chino sucedió exactamente al revés de cómo lo describe, que la población se salió del huacal, que fue algo que surgió espontáneamente y que al principio los burócratas lo trataron de extinguir? ¿Por qué no se refiere al milagro que fue que el Primer Ministro chino resultase no ser un comunista dogmático, que al darse cuenta de las maravillas que estaba produciendo un experimento liberador organizado por campesinos rebeldes lo dejó ser?

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Cito a McMillan2 (mi traducción): “Un comienzo minúsculo detonó esta extensa reforma: Una reunión clandestina de familias en un pequeño pueblo rural. En 1978 los campesinos del pueblito Xiogang de la provincia china Anhui estaban en un estado de desesperación. La comuna en que trabajaban colectivamente no funcionaba. Conocida como el granero de China, Anhui contiene tierra de la mayor fertilidad en China, pero las 20 familias de  Xiogang no producían suficiente arroz para alimentarse. Se habían reducido a depender, en parte, de mendigar en otras regiones. Cuando el clima no les favorecía pasaban hambrunas. Temerosos de que los arrestaran, los pobladores se reunieron secretamente y se pusieron de acuerdo para dividirse entre ellos la tierra comunal. Tomaron tres determinaciones.

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Primero, como estaban yendo en contra de la política del gobierno, la asignación individual de tierra la mantendrían en secreto, no la divulgarían a nadie fuera de la comuna. Segundo, al gobierno le seguirían entregando la misma cantidad de arroz que éste había estipulado. Tercero, si a cualquiera lo encarcelaban, los demás criarían a sus hijos hasta que alcanzaran la edad de 18 años. Sellaron el pacto con sus huellas digitales. Se sucedió un rápido vuelco. Los agricultores de Xiaogang se volvieron súbitamente más productivos. “El hoy es distinto del ayer”, dijo uno. “Trabajamos para uno mismo”. Trabajando sus propias parcelas podían ver una liga directa entre su esfuerzo y la recompensa.

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Cualquier cantidad que produjeran en exceso de lo que le tenían que entregar al Estado se la podían quedar o vender. En un año se duplicó la superficie plantada con arroz y empezaron a producir un excedente. A pesar de su juramento, se empezó a divulgar lo que estaba sucediendo. Nadie entendía la ineficiencia de la agricultura comunal mejor que los mismos campesinos. A lo largo de toda China, los campesinos estaban listos para el cambio. Con rompimientos rebeldes del régimen comunal en otros poblados, el cambio proliferó rápidamente.  Este cambio desde abajo fue resistido por los de arriba. Pero los pobladores estaban de suerte: Su levantamiento coincidió con una nueva actitud de Pekín. Habiendo fallecido Mao, la nueva clase política pensó que se le presentaba una oportunidad para explotar los cambios en la agricultura como parte de su empuje para expulsar a los maoístas. Funcionarios provinciales visitaron el poblado y bendijeron el cambio. Después un funcionario de alto nivel de Pekín viajó visitando varios poblados para estudiar los efectos de la agricultura individual. Su informe sobre la mejora en la producción y en el nivel de vida de las familias campesinas tuvo una gran influencia cuando circuló entre los líderes nacionales. En la Conferencia del partido comunista de 1982 el líder principal, Deng Xiaoping, endosó las reformas. En 1983 el gobierno central declaró que la agricultura individual era compatible con una economía socialista y por lo tanto permitida. Para 1984, apenas seis años después de iniciado el movimiento por Xiaogang, habían desaparecido las comunas” (págs. 94 y 95).

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Como que no se parecen las dos versiones, ¿verdad? Según Stiglitz el cambio revolucionario en la economía china se dio desde arriba, la realidad fue otra, se produjo desde abajo y, lo que es también de enorme interés, la mayor prosperidad rural alimentó la proliferación de pequeñas unidades de producción para proveer de bienes y servicios a los campesinos que ahora gozaban de mayor prosperidad. Así nació el nuevo modelo de libre mercado y privatizaciones crecientes de la economía china. El gradualismo que con justicia alaba Stiglitz no fue producto de un gran designio, fue resultado del cambio que las masas arrancaron al sistema por su afán de escapar de una pobreza desesperante.

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Reproduje tantas citas del libro de McMillan por dos razones: Primero, porque proporcionan un ejemplo elocuente del potencial que se desata cuando se permite florecer la iniciativa individual. Segundo, porque, como éste, podría ofrecer muchísimos otros contrapuntos a las afirmaciones de Stiglitz. Para desmentirlo basta un botón, o dos. Por cierto el libro de McMillan tiene en su portada una sola cita y quien la proporciona es nada menos que el mismísimo Stiglitz en la que nos informa: “There could be no better guide to the modern view of markets than John MacMillan´s new book”. ¿Lo habrá leído?

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Las piruetas imaginarias del Cadáver de Lord Keynes
En otra de sus tergiversaciones el profesor Stiglitz nos informa que: “Hoy el FMI típicamente aporta dinero sólo si los países emprenden políticas como recortar los déficits (sic) y aumentar los impuestos y los tipos de interés, lo que contrae la economía. Keynes se revolvería en su tumba si supiera lo que ha sucedido con su criatura”. No hace falta que Keynes de volteretas bajo tierra, no se necesita saber mucho de cómo se gestó la creación del Fondo para conocer que las ideas que prevalecieron en lo fundamental provienen de Harry Dexter White –el representante de los Estados Unidos en Breton Woods durante la creación del Fondo– y no de Keynes. Este último aportó ideas valiosas pero eso no lo convierte, ni remotamente, en padre de la “criatura”.

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El plan Keynes consistía en una cámara de compensación de pagos mundial con la posibilidad de crear medios de pago, la unidad se llamaría bancor con una capacidad de giro para cada país relacionada con el tamaño de su comercio exterior. Sobregiros importantes estarían cubiertos mediante créditos del tesoro de los EU. La alternativa White, la que triunfó en parte gracias a la hegemonía postguerra de Estados Unidos y en parte por ser la fórmula más responsable, consistió en la creación de un fondo constituido a través de aportaciones de cada país miembro sobre el que se podría girar ocasionalmente para cubrir faltantes de la balanza de pagos. Tanto el plan Keynes como el White preveían un mundo sin controles a los componentes de la balanza de pagos.

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Aunque Stiglitz le da un tinte ideológico a su rabia anti Fondo,  el verdadero enfoque adverso al Fondo, mucho más contrario porque más allá de cuestionar sus políticas cuestiona su existencia misma, es el de economistas ortodoxos que preferirían que el Fondo desapareciera y que en su lugar reapareciera el patrón oro3.

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La aparente ignorancia histórica del profesor también está acompañada de una profunda inocencia, ¿o será que tiene poco aprecio por la inteligencia de los lectores? Cito: “supongamos que una empresa en un país subdesarrollado acepta un crédito a corto plazo de un banco norteamericano por 100 millones de dólares a un interés del 18%. Una política prudente por parte del país requeriría aumentar las reservas en 100 millones. Las reservas generalmente se tienen en Letras del Tesoro de EU, que pagan 4%. La verdad es que el país simultáneamente pide prestado a EU a 18%, y le presta a EU a 4%”. Veamos profesor: Ni los países ni las empresas necesitan disponer de liquidez, por prudentes que sean, en cantidades equivalentes al cien por ciento de sus obligaciones. Además, las divisas para pagar las deudas de las empresas tendrán que salir del mercado de moneda extranjera, y pueden provenir de las que entregan los exportadores y de quienes prestan servicios al exterior, o de la contratación de nuevos créditos por parte por ejemplo de la misma empresa a la que alude el profesor, o de otras empresas. Además, el monto de reservas prudente dependerá del régimen cambiario.

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El libro tiene muchas otras perlas pero ni el espacio de una revista ni la paciencia del lector permiten que las aborde exhaustivamente. No quiero terminar sin advertir que, no obstante el sabor crítico de mis comentarios (justificado porque la superficialidad y falacias del autor son tan peligrosas que es importante desenmascararlo), el libro tiene un buen número de lecciones y sugerencias valiosas de política económica, pero para extraerlas hay que poder discriminar entre lo verdadero y lo falso, entre la investigación rigurosa y la propaganda, en otras palabras, hay que separar la paja del trigo, para desechar la primera. Esto es algo que por desgracia no siempre puede hacer el lector no especializado que se acerca, deseoso de aprender, a un libro de divulgación.


1 Antes de entrar en materia me gustaría enviarle un mensaje a los editores de la versión en castellano: La versión en idioma inglés trae un índice de los nombres, conceptos, países, personas, etc., mencionados en el texto. Tiene también un apartado con las notas de cada capítulo. La versión en castellano no.

2 William W. Lewis, The Power of Productivity, The University of Chicago Press. 2004

3 John McMillan. Reinventing the Bazaar, a Natural History of Markets. W.W. Norton and Co. New York London 2002.

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