Suicidios de cuello blanco

La reciente crisis mexicana, de la cual aún quedan resabios virulentos, trajo la desesperación a m
Carlos S. Rivera

La debacle económica más grave de los últimos años, de la que apenas se recupera el país, dejó su saldo de miseria y fracasos no sólo entre el grueso de la población mexicana, sino que también cobró su cuota entre el sector socioeconómico que se pensaba inmune.

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Muchos empresarios mexicanos vieron cambiar bruscamente su modo de vida ante el desplome del mercado, el incremento de los intereses bancarios y, finalmente, la quiebra de sus empresas. Las deudas impagables, con las consecuentes amenazas de cárcel y requisición de bienes, fueron demasiada presión para cientos de personas.

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Según Maximiliano Barbosa, dirigente nacional de El Barzón, organización cívica signada por su oposición a los altos intereses bancarios, después del colapso económico de 1994 por lo menos 200 grandes usuarios de la banca vieron perder sus negocios y su acostumbrado alto nivel de vida. No faltó, en este contexto, quien decidiera recurrir a la última opción: el suicidio.

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El doctor en psicología y egresado de la Universidad Iberoamericana, Carlos Macías Vences, señala que, contra lo que pudiera suponerse, los suicidios son más frecuentes entre las clases alta y media que entre los estratos bajos de la sociedad, debido a que gran parte del sentido de vivir de los primeros gira en torno a los bienes materiales y el estatus que estos confieren dentro de su comunidad.

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También coordinador del grupo de Apoyo Psicológico por Teléfono, Macías comenta que en algunos estratos de la sociedad mexicana se incrementa un fenómeno que se ha desarrollado en los países europeos y en Estados Unidos: la desintegración de los valores familiares y nacionales. “El padre y la madre trabajan debido al fuerte apego a los bienes materiales –más que a un imperativo de tener lo necesario para vivir–; los suicidios entre la clase alta tienen un ingrediente constante: pérdida del sentido de la vida.”

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El número de suicidios creció desmesuradamente a nivel nacional, al pasar de 672 en 1980 a 2,215 en 1994, según estadísticas del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI). Aunque existen serias limitaciones en la contabilización de estos casos en personas que por sus actividades empresariales algunos denominan de “cuello blanco”. Según la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), el índice de suicidios en niveles socioeconómicos altos, en la ciudad de México, aumentó en 118% en los últimos años, al pasar de 75 casos en 1990 a 164 a fines de 1994.

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Para el psicólogo Luis Rodríguez, la sociedad mexicana ha resentido una presión económica que se traduce en violencia estructural ocasionada por deudas eternas y créditos altísimos. “Como fenómeno paralelo, la clase media se ha adelgazado, al pasar muchos de sus miembros a los estratos socioeconómicos menos favorecidos.”

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Para algunos estudiosos de la mentalidad humana “el suicidio puede significar una válvula de escape en los tiempos de crisis económica, la cual se refleja en aumento de la violencia, además de ejercer una presión muy fuerte en cuanto a la destrucción que puede activar un individuo contra sí mismo”.

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Es evidente que los factores económicos pueden ser importantes catalizadores para que empresarios y miembros de la clase media acomodada recurran al suicidio. El servicio de Apoyo Psicológico por Teléfono, a raíz de la explosión de la crisis económica mexicana, reportó un aumento del doble de llamadas a finales de 1994 (100 telefonemas diarios en promedio).

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Algunos casos
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El miércoles 3 de mayo de 1995, Fernando Urquieta Jiménez, de 49 años de edad, hombre de negocios en quiebra, se disparó con una pistola 38 milímetros un balazo en la cabeza, ante el estupor de varios transeúntes que caminaban despreocupados por la calle de Tacuba, en el centro de la capital.

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El pasado 11 de febrero, Gonzalo Lozada Luna, de 46 años, llegó a su domicilio ubicado en Xochimilco. Los negocios no iban bien y, según testimonios de gente cercana, consideraba “gris” su vida. El consumo de alcohol lo deprimió y lo condujo a tomar la radical determinación: en la sala de su casa se pegó un tiro en la cabeza, dejando a su familia en el desamparo.

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Otros prófugos de su realidad se atreven a dejar recados póstumos. Es el caso del comerciante Aniceto Moreno González, que en 1996, antes de colgarse de una viga, escribió: “No se culpe a nadie de mi muerte (...), me va mal en las ventas y tengo insomnio.”

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En entrevista, el jefe del Servicio Médico Forense, José Ramón -Fernández Cáceres, dijo que solamente 10% de los suicidas deja explicación de por qué tomó la abrupta determinación. El departamento de Estadísticas de esta dependencia informa que si bien por esta causa en 1994 se registraron 371 decesos en el Distrito Federal, tal número se incrementó en 1996 a 457 muertes, mientras que en 1995 se llegó a un récord de 483 casos.

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Según Fernández, 97% de los hombres que intentan quitarse la vida lo logran, contra 87% de las mujeres. Asimismo, los hombres prefieren utilizar armas de fuego, mientras que las mujeres lo intentan con barbitúricos.

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Para el especialista Macías, existen tres fases en que el suicida planea su muerte: ideación, que es la etapa inicial en que surge el aniquilamiento personal como solución; planeación, en la que se maquina el cómo se dirá adiós a la existencia; y el suicidio-proceso, cuando se compran el arma o las pastillas. Aclara, sin embargo, que el autoatentado muchas veces no es un objetivo en sí mismo, sino un instrumento para llamar la atención de familiares y amigos.

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Hoy se sabe que bastantes suicidios son ocasionados por depresiones profundas producidas por alteraciones biológicas cerebrales, relacionadas con niveles bajos de ciertas sustancias transmisoras de impulsos nerviosos, como la serotonina. Estos trastornos, cabe decir, pueden ser reversibles con medicamentos. A esta tesis se suma el psiquiatra Luis Rojas Marco, quien señala que “la tragedia es que el doliente no reciba el debido tratamiento curativo”.

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Hay otras tesis. El mismo padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, consideró en 1913 que el impulso suicida es siempre un auto-castigo por el deseo de matar a otro, o como puntualizaba en 1897 el sociólogo francés Emile Durheim, “el suicidio es un hecho social cuya incidencia responde al grado de desintegración social”.

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Hay cuestiones de carácter cultural que quieren explicar la incidencias de suicidios en lugares determinados. Por ejemplo, muchos estudiosos se preguntan por qué el índice de suicidios en Hungría es 20 veces más alto que en México, o cuál es la causa de que Yucatán sea el estado con mayor índice de suicidios del país. No hay estadísticas claras que respondan por qué los ricos se suicidan más que los pobres, o la causa de que los lunes de primavera sean los días más fatídicos.

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Lo que sí parece evidente es que el suicidio se incrementa en México cuando la situación económica general es negativa. Sin olvidar que en muchos casos la decisión es tomada como consecuencia de una enfermedad terminal o por problemas mentales como depresión aguda y esquizofrenia. El problema, por lo tanto, también es médico y el tratamiento psiquiátrico suele ser una alternativa conveniente cuando se detectan algunas actitudes presuicidas.

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Es importante estar atento, en el trabajo o en el mismo hogar, para poder actuar oportunamente y prevenir un suicidio. Nunca hay que echar en saco roto las advertencias o señales: datos del Instituto Mexicano de Psiquiatría señalan que 80% de las personas que han intentado quitarse la vida insistirán en su propósito.

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Aunque no existe una constante precisa en la sintomatología de un presuicida, cuando alguien insiste en que la vida es un caos y la única manera de resolver sus problemas es dejando de existir, podría tenerse ahí un paciente que necesita atención urgente. Expertos señalan que el suicidio es producto de la perturbación de la afectividad, que lleva a disfunciones en el juicio de la realidad y la percepción. El suicida en potencia no soporta las circunstancias relacionadas con el abandono, la pérdida, situaciones de cambio, amenazas de abandono o comparaciones de su importancia para soluciones problemáticas.

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Por eso cuando los negocios marchan mal y esa situación pone en riesgo lo alcanzado por un ser humano en el sentido material, comienza dentro del individuo afectado un proceso melancólico que desemboca en el correspondiente autodesprecio. Ese puede ser el momento de prender los focos de alerta, pues las fantasías suicidas podrían empezar a tomar forma.

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El psicólogo Alfonso Reyes Zubiría señala las características que presentan los suicidas: “Individuos que tienen muy poco umbral para soportar la frustración, es decir, que no saben cómo salir de ella o cómo enfrentarla eficazmente.” Otros sujetos de alto riesgo de suicidio son los alcohólicos, los drogadictos, los individuos solos (viudos y divorciados) y, por supuesto, los jóvenes exitosos laboralmente que, por un revés de la vida, pierden sus bienes materiales.

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Los suicidios no nacen por generación espontánea. Son producto de una larga cadena de frustraciones (en la vida familiar, afectiva o laboral) que no han podido superarse, pero que, con atención y apoyo, es posible prevenir.

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