¡Te extrañé Carmelita!

Cuando la empresa para la que trabajo se fusionó con otra mayor, hubo muchos cambios. Algunos para
Ángel malo Rencillas

No. no me despidieron –supongo que a nadie se le antojaba desempeñar mi aburrido trabajo en el departamento de ventas–. En cambio, me dieron una nueva computadora, un nuevo teléfono con muchos botoncitos y hasta mis propios correos: electrónico y de voz. El primero, en su momento, fue toda una novedad; el segundo sigo creyendo que es exactamente lo mismo que las primeras contestadoras automáticas donde dejabas mensajes, pero ahora suelen decirles “buzones de voz” y puedes dejar voice mails.

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Carmelita, la recepcionista, no corrió con tanta suerte: la liquidaron. Es cierto que era una persona malhumorada y que la gente no nos llamaba para no enfrentarse a su rudeza. Gritaba muy fuerte para avisarnos que alguien nos hablaba y casi nunca nos pasaba los recados, pero aún así me caía mejor que la estúpida y exasperante máquina por la que fue sustituida.

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Empleados, clientes, amigos y familiares, todos estaban embelesados con la voz cachonda, el menú inteligente, las variadas opciones y la sabiduría de aquel aparato del demonio. Éste podía remitirte al departamento indicado, con la persona deseada, mediante unos cuantos toques en tu aparato telefónico. Además, tomaba todos tus recados y te los guardaba en tu propio teléfono.

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El encanto terminó pronto. A la mayoría de las personas que llamaban –las de sano juicio– acabó por hartarles tener que recorrer todo el laberinto de la compañía guiados por la voz cachorrona de la máquina sabihonda. Y los que trabajábamos ahí ya no podíamos decirle a los clientes que toda la culpa era de Carmelita por no tomar los recados. Así es que agregaron la mejor opción posible al gigantesco menú del conmutador inteligente: la de “oprimir cero si desea atención personalizada”.

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Tuvieron que recontratar a Carmelita, la única que se sabía de memoria todo el directorio de la empresa y las respectivas extensiones. Le subieron el sueldo y la hacinaron en un cuartucho junto con el aparato aquel –cuya función casi se limita a guardar correos de voz– y seguimos sin poder culpar a Carmelita de todo.

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Ya no escuchamos sus alaridos de recepcionista, pero hay quienes afirman que ahora grita más fuerte a los clientes y se la pasa golpeando a su rival electrónico con unas agujas de tejer.

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Moraleja: más vale gorda amargada que cachonda cuadrada… o algo así.

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Sus electronic mails (¡bah!) son bien recibidos en: amalo@expansion.com.mx.

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