Temor nuclear

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Andrés Piedragil Gálvez

La década de los 80 arrancó con la promesa de una revolución tecnológica y energética: después de muchas dificultades y atrasos, la construcción de la central nucleoeléctrica de Laguna Verde (ubicada en Veracruz) por fin mostraba avances significativos. Como se cuenta en la historia de portada de la edición número 294 de Expansión (julio 9 de 1980), la incorporación de una planta de esas características a la infraestructura del país desató una gran polémica.

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“La energía nuclear –afirmaba un defensor de Laguna Verde– no es el monstruo que se quiere mostrar ante el público.”

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Pero los opositores al proyecto no sólo presentaban argumentos relacionados con el aspecto de impacto ecológico; al mismo tiempo, y para destacar el peligro que supondría la planta, cuestionaban la pericia y la experiencia de los involucrados en la edificación de la central.

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Por increíble que parezca, un funcionario de la Comisión Federal de Electricidad le otorgaba un poco de razón al bando rival: “Tenemos que concientizar a todas las personas que intervienen en la construcción y operación de las plantas. El obrero y el técnico llegan a la obra desubicados, y aun después de seis meses siguen sin acostumbrarse. El alcoholismo en gran escala ha penetrado los campamentos de la obra, así como la drogadicción.”

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Pero el mejor alegato de los enemigos de Laguna Verde llegó del exterior: en 1986, un accidente en la central nuclear de Chernobil mató a 30,000 personas y marcó para siempre la vida de 10 millones de individuos. En ese momento, la energía nuclear se convirtió en un tema del que todos prefieren no hablar.

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