Terroristas digitales

Más sobre mi conflictiva relación con la tecnología.
Max Clip

Hace muchos años, durante mis clases de tercero de primaria, un profesor nos aseguró que para aprender de memoria algo primero hay que ponerlo por escrito, bien redactado y de la manera más clara y sencilla posible. Este argumento formaba parte de toda una campaña escolar cuyo objetivo era inculcar entre los alumnos la práctica de la escritura en el salón de clases y que dejáramos de pasarnos los apuntes. Claro que este buen hombre hablaba mucho antes de la actual proliferación de microprocesadores, que han venido a digitalizar casi toda nuestra existencia, convirtiendo a la antes venerada memoria en una reliquia de la era analógica y al apunte escrito en una pérdida de tiempo.

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No les voy a mentir: mi relación con la tecnología es conflictiva. Por una parte, admito que muchos de los dispositivos que hoy invaden nuestra vida cotidiana –PCs, celulares, agendas digitales, beepers y un largo etcétera– pueden simplificar muchas de nuestras tareas diarias. Por la otra, estimulan esta deshumanización en el trato, al tiempo que impulsan un peculiar sadismo, al que he bautizado como "terrorismo digital".

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El truco, creo, está en el grado de dependencia que desarrollamos. Hay gente que no puede ir ni a la esquina sin usar el automóvil; otros, podrían tirarse al alcoholismo si de pronto les suspendieran su suscripción de televisión por cable; conozco a personas que se arrancarían el cabello de la desesperación si se quedaran sin su celular o no tuvieran acceso a internet.

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Ustedes dirán que exagero, pero lo he visto con estos ojos. Miren, por ejemplo, lo que le sucedió a mi buen amigo Alberto, un enamorado de su agenda digital y su teléfono móvil, al grado de que fue el primero que se compró un nuevo y curioso dispositivo que unifica las funciones de ambos aparatos: es una agenda digital (que, en teoría, "sincroniza" sus contenidos con una PC) y es un teléfono celular como casi todos. En un solo aparato, mi amigo tenía toda la información necesaria para desarrollar su trabajo y que, sin exagerar, hasta justificaba su primitiva existencia material. El único problema era que, por aquellos misterios que sólo Bill Gates podría entender, nunca pudo "sincronizar" el bendito dispositivo con su computadora.

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Los problemas de Alberto comenzaron ayer mismo, cuando se encontró con que sus listas de contactos, sus citas en el calendario, sus notas y varios programas de juegos se evaporaron entre los circuitos y la memoria virtual de su "juguetito". Desesperado, encendió varias veces la agenda y nada: la pantalla seguía en blanco. Con cierto sudor frío bajándole por la espalda, consultó el manual del aparatejo; le cambió las baterías, lo dejó descansar media hora y hasta lo colocó en medio de un par de veladoras (que venían envueltas con la imagen de San Judas). Nada: en la pantalla no aparecía ni un miserable bit de información.

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El caos se desató al comenzar a recibir llamadas de su jefe, de sus clientes y de los proveedores, quienes le pedían el memorando, las listas de precios, la minuta de la reunión de la semana pasada. Alberto buscó los documentos en su computadora, pero sabía que no estaban ahí; todo, absolutamente todo, lo había guardado en su nueva agenda.

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Casi al borde del quiebre psicótico me llamó para pedir mi consejo, pues sabía de aquél desastre que eliminó la información en el disco duro de mi PC. "¿Qué hago?", me preguntaba, como si por el hecho de haber sobrevivido tal catástrofe digital ahora tuviese una respuesta a su problema. Le pedí cinco minutos para consultar con nuestro gerente de sistemas y luego le pregunté: ¿respaldaste la información? "No", me respondió. Pues ya te fregaste, ni cómo echarte la mano, le contesté y, decidido, con pulso firme, colgué el teléfono.

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A mi lado, el gerente de sistemas soltó la carcajada y regresó con paso lento a su oficina, no sin antes palmearme la espalda y levantar su pulgar en señal de aprobación. Creo que ya le caigo bien.

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