Tiempo de reconciliación

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Los últimos meses han ilustrado que las diferencias, si bien incómodas y necesariamente controvertibles, suelen ser el mejor motor de la democracia. En la plaza pública se han expresado, en los más diversos tonos, distintas posiciones de cara al futuro del país. La contienda electoral, asumida sin cuartel por los principales institutos políticos, no escatimó recursos propagandísticos. Se hizo y se dijo de todo; se habló de procedencias partidistas, de desempeños previos, de actitudes concretas ante problemas locales y federales. Una vez más, desafortunadamente, las fuerzas más anquilosadas del sistema pretendieron sembrar la semilla del miedo ante el cambio.

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Nadie debió esperar que tras la jornada del 6 de julio comenzara a vivirse, de buenas a primeras, en una patria inmaculada y sin conflictos. La democracia es una labor constante, cuento –ineludible, necesario, vital– de nunca acabar. Tras los dimes y diretes, tras los golpes bajos, tras los cuestionamientos válidos, tras las propuestas confrontadas y, lo más importante, tras la inapelable decisión de la ciudadanía, lo procedente es anteponer –aunque la frase haya sido desprestigiada por los que la han reiterado sin transformarla en actos– los intereses particulares, partidistas, a los de la nación. Hay que sentarse a dialogar, a negociar, sobre el futuro inmediato de México.

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Se dijo desde antes del 6 de julio, y lo reiteramos ahora, que la presidencia de Ernesto Zedillo quedará signada por el respeto que se tenga a la voluntad ciudadana expresada en esa histórica jornada. Hoy más que nunca, el Presidente debe serlo de todos los mexicanos. El primer priísta de la nación debe tener muy presente que encabeza una sociedad plural, con casi 90 millones de habitantes.

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Pero la responsabilidad que exige la circunstancia nacional debe ser compartida por las diversas fuerzas políticas. Es hora de reconciliación; de vincular nuevamente los ánimos desunidos. Como lo ha expresado recientemente Octavio Paz: “Nuestra vida pública –rica en los últimos meses en riñas salpicadas de vulgaridades– requiere un poco de generosidad y de grandeza. La creación de una democracia sana exige el reconocimiento del otro y de los otros.”

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Que así sea.

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