Turismo. Los mexicanos se quedan en casa

¿Existen todavía los que viajan de shopping al otro Laredo? ¿De veras la devaluación del peso ha
Dino Rozenberg

¿Saldrá adelante el turismo mexicano? Si las esperanzas y profecías de Silvia Hernández, titular de la Secretaría de Turismo (Sectur), se hicieran realidad, esta industria no sólo triunfaría sobre la crisis sino que se convertiría en el motor de la economía nacional.

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Aunque no accedió a ser entrevistada para este Informe Especial, los discursos de la mujer que encabeza la Sectur revelan su enorme entusiasmo. En uno de ellos señaló que en cinco años el ingreso de divisas turísticas será mucho más importante que el logrado por las exportaciones petroleras.

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Para 1995, por lo pronto, estimó una captura de $7,000 millones de dólares. Y fue más lejos: declaró que muchas regiones del país simplemente no existirían de no ser por la actividad turística, a la vez que enfatizó que para el año 2000 la industria será la primera en el mercado internacional. Entonces, la recaudación será de $10,000 millones de dólares. No es promesa pequeña, si se tiene en cuenta que sólo faltan cinco años para darle vuelta al siglo y que México atraviesa por una de las mayores crisis económicas en toda su historia.

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La realidad es tan contundente como los discursos de Hernández, aunque con otro signo. En los primeros cinco meses del año la ocupación hotelera promedio fue de 54.9%, casi un punto menos que el periodo anterior. En el primer trimestre del año, las ventas de las agencias de viajes bajaron 12% en relación con 1994. La industria restaurantera ha advertido sobre el riesgo de un colapso generalizado. Las grandes aerolíneas nacionales coquetean con la quiebra.

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En el mar la vida es más sabrosa. Como era de esperarse, en los últimos periodos vacacionales el mejor comportamiento correspondió a los centros de playa del Caribe y algunos del Pacífico, en donde las ocupaciones subieron en 6.9%. Al mismo tiempo, el Distrito Federal, Guadalajara y Monterrey registraron caídas hasta de 14.3%. En Mérida, la ocupación fue de 40%, 10 puntos menos que en 1994.

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Este reacomodo de los flujos no es sorprendente: los destinos frecuentados por el turismo nacional y los hombres de negocios han reflejado la caída en los ingresos, mientras las playas evidencian las ventajas de la devaluación. Sin embargo, esta afluencia está lejos de satisfacer las simplistas expectativas de quienes pensaron que la caída del peso atraería oleadas de turistas deseosos de aprovechar un país a precios de barata.

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Según Manuel Rodríguez Woog, director general de la Unidad de Política Turística (UPT) de Sectur, los cambios en la paridad no son el principal atractivo para la realización de viajes al extranjero. Un estudio de la UPT muestra que el tipo de cambio real de la moneda influye pero no determina el comportamiento, y que el manejo del tipo de cambio para ganar competitividad ha resultado ser artificial y contraproducente, pues el efecto reactivador es pronto eliminado con el crecimiento de la inflación interna.

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Según Rodríguez, un factor que sí es determinante para la salida de turistas es el crecimiento de la economía y del ingreso personal disponible. "Si la economía crece en Estados Unidos ‑explica‑, los turistas salen a México y a otros sitios. En algunos casos el criterio de decisión es el precio, pero en otros importan más las actividades, los atractivos y otras variables. La variación en el tipo de cambio puede ser importante en los primeros momentos, pero no es suficiente para marcar una tendencia a largo plazo. Ha habido épocas de devaluación durante las que no ha crecido el número de turistas, y épocas de sobrevaluación en las que el flujo si ha aumentado."

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El funcionario cita un fenómeno "escandaloso", que pocos analistas han tomado en cuenta. "El número de personas procedentes de Estados Unidos, que representan 80% del turismo receptivo, no ha crecido en términos absolutos desde 1987. Esto demuestra que la decisión de viajar a México no depende de fenómenos de coyuntura, sean la devaluación, el conflicto en Chiapas o la guerra del Golfo. La explicación tiene que ver con lo atractivo que es venir a México, independientemente de si está caro o barato."

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Problemas por cielo y tierra. Todavía es prematuro anticipar los resultados que tendrá el sector turístico en 1995, pero seguramente no se repetirán las cifras del año pasado, cuando salieron al exterior 4.4 millones de mexicanos (3.9% más que en 1993). También aumentó 2.5% el flujo de los extranjeros (6.6 millones) y el intercambio dejó un superávit de $1,879 millones de dólares.

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Aunque el volumen del turismo receptivo fuera inflado este año con alguna receta mágica, lo más seguro es que tampoco alcanzará a resolver la crisis por la que atraviesa la industria: 70% de sus ventas corresponden a viajeros nacionales, un segmento que este año registrará una contracción de por lo menos 20%.

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Como informó Tendencias Económicas y Financieras (TEF), publicación del Grupo Editorial Expansión, "los proyectos de inversión en turismo se han frenado debido a que el financiamiento se encareció como efecto de la devaluación y las elevadas tasas de interés. Eso mismo puso en graves problemas a la mayoría de las empresas turísticas. A mediados de febrero, SITUR anunció que no pagaría sus compromisos en dólares, y aunque días después se retractó, demostró las dificultades por las que atraviesan las firmas que se dedican a esta actividad".

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Las caras largas se encuentran por todos lados. En abril, la Asociación Mexicana de Agencias de Viajes (AMAV) reveló que la venta de paquetes turísticos se redujo hasta en 50%, y que durante la Semana Santa las cancelaciones subieron 15%. Por su parte, la Asociación Mexicana de Hoteles y Moteles (AMHM) resolvió posponer un aumento de 30% en las tarifas. Sus voceros señalaron que implantar el incremento hubiera significado menor ocupación, cierre de hoteles y mayor número de cesantías.

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Benjamín Aguilera Palancares, director ejecutivo de la AMHM, señaló que varios hoteles decidieron cerrar, por incosteables, sus restaurantes, lavanderías y tiendas de regalos. Asimismo, hizo notar que los llenos que registraron en Semana Santa las grandes cadenas hoteleras no deben considerarse con demasiado optimismo, puesto que estos establecimientos representan sólo 4% del mercado.

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El hielo también paralizó el negocio de los tiempos compartidos y los desarrollos inmobiliarios, según explica Eduardo Chabert García, presidente de la Asociación Mexicana de Desarrolladores Turísticos (Anidetur). "El mercado se ha contraído de manera muy importante ‑afirma‑, porque este es un servicio que se vende a crédito y las tasas de interés han modificado considerablemente las condiciones. Por otro lado, el tiempo compartido es un producto secundario en la lista de prioridades de la economía familiar. En materia de desarrollos inmobiliarios (condominios y villas) el mercado nacional está totalmente detenido. Si las familias no compran tiempos compartidos, menos van a afrontar una segunda vivienda."

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El congelamiento de este negocio no es cosa menor: en 1994 se vendieron 100,000 semanas de tiempos compartidos. En total, México opera más de 600,000 semanas en 18,000 suites o departamentos, que equivalen a entre 30,000 y 35,000 "llaves hoteleras" y tienen un peso importante, aunque ninguneado.

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"Hay una percepción distorsionada con respecto a los tiempos compartidos –admite Chabert– muchos piensan que siguen como 10 ó 15 años atrás, cuando se compraba una semana en una unidad y el cliente debía ir todos los años al mismo sitio. Esto ha cambiado de una forma revolucionaria, y hoy en día se puede usar una noche sola, cortar la semana y disponer de intercambios en todo el mundo. Tan es así que muchos hoteleros dedican al tiempo compartido parte de sus instalaciones."

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Chabert puede usar en su favor un argumento de mucho valor: los compra dores de tiempos compartidos están en condiciones ideales para viajar en estos días de austeridad: tienen prepagado su alojamiento durante años, y sólo deben pensar en el transporte y la alimentación.

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Agentes en problemas. Otro sector dañado es el de las agencias de viajes, que este año registró el cierre de 300 establecimientos y bajas de 12% en las ventas; antes de fin de año podrían cerrar otras 1,200 de las 4,000 afiliadas a la AMAV.

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Habla Arturo C. Enríquez, presidente de la AMAV: Tenemos la demanda muy contraída; nos afecta la inestabilidad financiera y cambiaria, que desanima a la gente y la orilla a suspender o postergar sus vacaciones. Y además está la falta de financiamiento y las altas tasas de interés, que impiden disponer de créditos tanto para la operación de las agencias como para transferir a la clientela. Hasta la devaluación, algunas agencias otorgaban plazos de 30 días y más, cosa que ahora es imposible".

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Enríquez explica que la liberación de tarifas y regulaciones, conseguida después de dolorosas gestiones, empujó a los operadores a las duras condiciones del mercado y para las que a la sazón no estaban preparados. Ahora resulta que algunos hoteleros ya están pidiendo restricciones y tarifas piso para evitar que se "regalen" las habitaciones, y lo mismo hacen las líneas aéreas, que se enredaron en una animada guerra de tarifas (obviamente con TAESA).

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"En muchos momentos resultó incosteable la venta de boletos nacionales, que son comisionados al 10% ‑ejemplifica Enríquez‑. Las llamadas telefónicas, la papelería y la entrega a domicilio costaban más que los N$20 ó N$30 nuevos pesos que la agencia recibía como comisión por un boleto sencillo."

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Como parte de su polémica imagen pública, TAESA hizo el numerito del año. Como sus ventas a través de agencias de viajes no eran satisfactorias, se lanzó a vender boletos en módulos instalados en centros comerciales y otros lugares públicos. Aunque esta iniciativa despertó el enojo de las agencias de viajes, y las cosas amenazaban con dejar un reguero de sangre, las cosas parecen haber encontrado un camino conciliador.

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"TAESA consiguió crear un nuevo mercado ‑reconoce Enríquez‑ con gente que nunca había viajado en avión, y que compraban los boletos en los módulos porque creían que las agencias cobraban tarifas mayores. Este desencuentro se ha ido corrigiendo y en la actualidad las agencias se encargan de comercializar un creciente número de boletos."

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El peso del turismo nacional. Mientras unos prestadores de servicios combaten las regulaciones para luego pedirlas de nuevo, y otros se enojan para después hacer las paces, a pocos se les escapa que el mayor gasto turístico sigue siendo el que realizan los propios mexicanos. Según la UPT, los nacionales realizan 100 millones de viajes al año, la mayoría para visitar familiares y amigos. Esto quiere decir que la gente no hace un uso convencional de la infraestructura turística, y por lo mismo estos viajeros quedan marginados de los servicios especializados.

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"En un mercado que se mueve con su propia inercia ‑lamenta Rodríguez‑, sin mayores estímulos ni estrategias de fomento y promoción. Sólo en épocas de crisis algunos hoteleros se acuerdan de que hay turistas nacionales."

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Estos viajeros sin pasaporte representan 70% de la ocupación hotelera, con la característica adicional de su dispersión entre destinos de playa, ciudades y pueblos. El fenómeno no es exclusivo de México. En Estados Unidos, el turismo interno suma 1,000 millones de viajes anuales y representa 95% de las ventas del sector.

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Dice Rodríguez: "El turismo de resort, ese que va del avión al hotel y del hotel al avión, ha dejado de ser atractivo para una buena parte de las corrientes turísticas. Con este dato valdría la pena cuestionar no solamente las decisiones de política turística sino el modelo turístico en su conjunto".

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Durante los últimos años, el fomento al turismo se orientó hacia la creación de infraestructura, pero descuidó a las empresas pequeñas y medianas, dedicadas sobre todo a cuestiones de animación, actividades recreativas, deportes y atracciones distintas de asolearse y beber cervezas en la alberca.

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Aun a riesgo de ser calificado como herético, el director de la UPT de Sectur apunta hacia un tema que ha provocado recientes y encendidas polémicas. "Habría que preguntarse sobre la porción de los recursos que pueden ser utilizados por la autoridad estatal o municipal para regenerar los centros urbanos y para dotarlos de nuevos y mejores servicios. Tenemos un problema de distribución de la derrama y de la capacidad de la autoridad local de usar esos recursos para seguirle dando valor al destino."

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Según esta visión, dentro del gasto turístico no sólo deben considerarse el transporte aéreo y el alojamiento, sino también el conjunto de actividades que realizan los viajeros: restaurantes, bares, discotecas, museos, compras de ropa y artesanías, desplazamientos, guías, etcétera.

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"Lo que importa es el conjunto del gasto ‑dice Rodríguez‑, y el turista no va a gastar más porque nosotros queramos, sino cuando tenga algo para hacer. No se quedará un día más porque queremos que se quede, sino cuando encuentre algo para hacer. Es evidente que un turista debe tener un lugar donde quedarse a dormir, pero también es cierto que no viaja para dormir en un cuarto de hotel."

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Los instrumentos de política, de crédito, de fomento a la inversión y los apoyos fiscales no se han dedicado a desarrollar a los micro y pequeños empresarios que dan estos servicios, y todo indica que no ha habido incentivos para aumentar el valor de los atractivos naturales o culturales.

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La diversión del turismo. Esta falta de desarrollos, sobre todo en el campo del entretenimiento, la cultura y los deportes, es patente no sólo en los centros turísticos de playa, como lo reconoce el propio Rodríguez. "Las ciudades de México no están hechas para que la gente esté en la calle. Quizá sea que las autoridades locales no han sabido diseñar espacios urbanos adecuados o quizá sea un problema de cultura nacional. Quizá, y esto también puede sonar a herejía, haya temor de que la gente se junte."

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Lo cierto, y esto lo sabrán quienes hayan tenido la fortuna de viajar por grandes ciudades del extranjero, es que parte del atractivo del turismo es compartir los espacios y convivir con la población local, reunirse en cafés y restaurantes al aire libre, asistir a festivales y espectáculos callejeros. Lo mismo vale para los conciertos masivos, el nudismo en las playas y otras formas de recreación o diversión, que tienen que ver con la madurez de la sociedad, y no necesariamente con la de sus autoridades. Como modelo baste mencionar el pacífico auge de los bares sexys y bailables chippendale en todas las capitales cosmopolitas y que en México estuvieron vedados, más por el exceso de celo de los funcionarios públicos  que por decisión del conjunto de la sociedad. Algo similar ocurre con el funcionamiento de casinos y salas de juego, que durante años fueron considerados y que en estos días, merced a "líneas" lanzadas desde altas esferas, empieza a tornarse en cuenta como una posibilidad concreta.

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Sin embargo, Rodríguez advierte contra las soluciones rápidas: "El juego, el ecoturismo y otros temas que parecieran formas muy sencillas de darle mayor atractivo a los destinos, a lo mejor no resultan tan rentables desde el punto de vista del mercado, o sólo lo son para un segmento restringido. Hace falta analizar esos temas con mucha seriedad para determinar su impacto real".

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El turismo transfronterizo desde Estados Unidos es un modelo impactante, porque se calcula que aquí pernoctan alrededor de 11 millones de turistas al año, con un gasto promedio de $55 dólares por persona. ¿Qué les ofrecemos para hacer en la frontera? ¿Cómo hacer que esos millones de turistas gasten el doble? Y las mismas preguntas cabrían para los 63 millones de personas que cruzan a México por unas cuantas horas y gastan en promedio $22 dólares. "Ese mercado está ahí y sólo hay que fortalecerlo, darle variedad y atractivos para que en lugar de tres horas permanezcan cinco o seis. Se nos olvida que el grueso de los turistas que viene a México está en la frontera y no en Cancún."

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Concluye Rodríguez: "No basta tener bonitos paisajes si no se les saca partido. Tampoco hay que pensar siempre en hoteles de lujo, sino en desarrollar una hotelería pequeña y mediana destinada al mercado europeo. Y tenemos que desarrollar una verdadera cultura turística".

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