Un desatino

Un principio de las relaciones públicas asegura que &#34percepción es realidad&#34.
Max Clip

Con sorpresa me enteré que, para “lograr un más productivo control de nuestros gastos”, la vicepresidencia a su cargo ha decidido eliminar, en los viajes por avión con motivo de trabajo, la opción a volar en primera clase y clase ejecutiva.

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Con todo respeto, la decisión me parece no sólo absurda sino un desatino. A continuación, expongo algunos argumentos en los que muestro por qué esta medida debe ser cuidadosamente reconsiderada. Confío en que, tras leer este breve memorándum, la Compañía volverá a autorizar que los altos ejecutivos y hasta los de nivel medio (como yo) volemos en business (o en primera).

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Imagen. Comienzo con el argumento más obvio: ¿cómo es percibida una compañía que aplica este tipo de medidas? La respuesta es fácil: una empresa que obliga a sus ejecutivos a viajar por segunda clase –“clase turista” es un eufemismo creado por las aerolíneas– será percibida como de segunda, con pérdidas y problemas de flujo de efectivo. ¿Es esa la imagen que deseamos proyectar? ¿Queremos que a nuestros ejecutivos se les confunda con equipaje, con meros turistas? Un principio de las relaciones públicas dice que “percepción es realidad”.

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Negocios potenciales. El espacio natural para establecer contactos de nuevos negocios, ¿será la clase turista o la clase ejecutiva? No necesito contestar a esta pregunta, la respuesta la conoce incluso un niño de cinco años. Viajar en clase turista es un ahorro mal entendido, cedemos a la competencia un espacio estratégico y cancelamos las mejores oportunidades para ampliar nuestra cartera de clientes. Lo que hoy en el informe de resultados aparece como un ahorro, mañana se reflejará como una caída en la facturación.

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Caída en la productividad. El veloz avance de las tecnologías produjo un nuevo ejecutivo, para quien estar lejos de su escritorio ya no es un pretexto para no trabajar. El “ejecutivo móvil” –celular digital, organizador electrónico y PC portátil en sus manos– es capaz de trabajar 20 horas diarias sin descanso. Pero, ¡ay!, en clase turista no hay espacio para todos estos artefactos; el área de la charola de comida es reducidísima y el trabajo durante el vuelo es incómodo e ingrato de hacer. Resultado: perdemos valiosas horas/hombre y hay una baja en la productividad de nuestros ejecutivos. En clase ejecutiva las cosas marchan de otra manera. (De paso, una petición personal: agradecería que se me asignara una PC ultraligera y que mi viejo celular fuese canjeado por uno digital.)

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Capital humano. Viajar en clase ejecutiva –o en primera, cuando amerite–, crea una estrecha liga entre el empleado y la Compañía, además de que refuerza la lealtad. Así, mantener la posibilidad de estos vuelos ayuda a reducir nuestra rotación de personal.

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Sinergias. Para las aerolíneas es bueno tener pasajeros en clase ejecutiva. Varias de las aerolíneas son nuestros clientes (y otras más pueden serlo). Lo que es bueno para nuestros clientes es bueno para nosotros; si a ellos les va bien, a nosotros nos pasa igual. Conclusión: para nosotros es un buen negocio viajar en clase ejecutiva.

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El futuro. Ya se sabe: los niños son el futuro; para una empresa, los niños son futuros clientes, empleados y proveedores. Las cabinas de clase turista van atiborradas con niños que, pobres, son inquietos, lloran, agarran lo que no es suyo, gritan, sacan de nervios a cualquiera (ante la mirada impávida de sus padres). ¿Qué necesidad hay de sacarles la lengua, ser intolerante, hacerles una majadería? Los niños turistas deben viajar con sus padres; los ejecutivos en un ambiente corporativo.

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Me honraría que algunos de estos razonamientos los presentara en la próxima reunión del Consejo, para que se reconsiderara tan errada decisión. No es necesario que me de crédito por ellos: considérelos suyos y preséntelos así. Confío en su capacidad de persuasión. Recuerde: es de sabios equivocarse.

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