Un desfile no basta

Los creadores de ropa tienen enhebrado el negocio del diseño pero, para desarrollarlo, marcas, tien
Blanca Juárez

La pasarela está lista. Los espectadores conversan y la expectativa aumenta, todos esperan la nueva colección. Tras bastidores decenas de personas corrigen los últimos detalles antes de que las modelos salgan al escenario. La música sube de volumen. El desfile comienza.

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Pese a su glamour, el diseño de modas en México todavía tiene un largo trecho por desfilar para convertirse en un negocio fuerte y sustentable. A diferencia de otras naciones de América Latina como Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia, donde se vive un auge, los mexicanos que ejercen esta actividad en el país se enfrentan a dificultades para su desarrollo: falta de empresarios que financien sus colecciones, pocas vitrinas en las grandes tiendas, débil relación con los industriales del vestido y escaso interés de los textileros en producir telas que puedan competir en calidad y precio con las importadas.

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En toda la república existen alrededor de 50 diseñadores prêt-à-porter (creadores de moda, que diseñan para prendas de fabricación limitada, que se presenta al público en cada temporada), en un sector que comenzó a desarrollarse en los años 70. Manejan distintas líneas como vestidos de novia, de noche, de coctel, trajes sastre y ropa informal para hombre y mujer.

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La mayoría de ellos se concentra en el Distrito Federal (pocos en Guadalajara y Monterrey), porque es el mayor escaparate con consumidores de todos los gustos y edades; con su avenida Masarik, que reúne a gran número de boutiques de creaciones extranjeras y alguna que otra mexicana, además de las marcas de renombre; con las oficinas corporativas de las tiendas departamentales de mayor prestigio, y también con los medios para promover su trabajo, como las sedes de las televisoras, periódicos y revistas especializadas; pero, sobre todo, porque en la capital se realiza el único festival de moda que hay en México.

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Aparentemente, todos los elementos que esos creadores necesitan para sobresalir están dispuestos. Sin embargo, esto es algo "totalmente ficticio –opina Macario Jiménez, uno de los diseñadores más renombrados–. La moda existe, pero en una escala mínima, no es un negocio en el que intervenga mucha gente, aquí no hay quien invierta en un diseñador para que produzca su colección, los empresarios no creen que la moda sea un negocio, lo ven como un lujo, no saben cómo funciona y por eso no le apuestan a ella; sí saben que la confección es un negocio y por eso marcas como Julio tienen éxito, pero esa parte del glamour, de poder comprar una prenda que haga del vestir diario algo especial, es difícil que se dé en México, excepto cuando asistes a una boda."

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Como la ropa de diseñador generalmente se produce en pequeñas cantidades, mucho menores que las de confeccionistas, tiene un carácter de exclusividad que la hace más cara.

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Jiménez abrió hace poco su propia boutique –donde también se encuentra su taller– y ya comienza a sentir la presión de ser empresario. "Los diseñadores no tenemos un respaldo económico que pueda elevar la producción sin perder esa imagen de exclusividad; no es lo mismo producir 30 prendas de un patrón que 500, lo exclusivo tiene un precio."

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Sin embargo, "lo que se puede hacer para reducir el costo de la línea es utilizar telas nacionales, tener una buena logística de producción y de ventas, una buena administración, una campaña publicitaria, un business plan que pueda cumplirse al pie de la letra. Pero eso es difícil, y más cuando uno mismo tiene que ocuparse de hacer todo, desde la parte creativa hasta la de ventas."

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Las firmas célebres como Julio, Vanity o Alexis no tienen un creador de modelos, tienen un coordinador de moda que viaja a los principales eventos en el mundo y copia lo que cree que se venderá más, agrega.

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Rencillas

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¿Y por qué no unen esfuerzos con los confeccionistas? Para los creadores de ropa la respuesta es sencilla: los industriales no quieren arriesgarse ni gastar en ellos porque es más fácil producir miles de prendas en serie.

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Marcos Cherem, director general de Grupo Ismark (dueño de Alexis), contesta que para asociarse a diseñadores con nombre es necesario fijar un compromiso de largo plazo, con un contrato por 10 ó 15 años, debido a que introducir una marca al mercado lleva mucho tiempo.

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Para el también vicepresidente de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (Caninvest), esta alianza está, no obstante, cada día más cercana. "Hay más apertura por parte de los diseñadores; hace dos años, cuando empezamos a reunirnos con ellos, su actitud era más negativa. Ahora las condiciones de mercado exigen esta unión, [porque] nuestros principales clientes los están sustituyendo –así como a los industriales mexicanos– por líneas importadas. Esto golpea fuertemente a nuestro sector y una forma de contrarrestar las importaciones es darle al mercado un mejor producto."

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Otro eslabón entre los artistas del vestido y el consumidor son las tiendas departamentales, que en su mayoría venden ropa de confección. "Es exactamente lo mismo que con los industriales –dice Jiménez–, los almacenes son grandes supermercados que quieren vender lo que les deje dinero seguro."

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Él ha llegado a presentar sus colecciones en el Salón Internacional del Grupo Palacio de Hierro, pero no coincide con sus políticas: "Ahora entras y es una gran tienda Julio. ¿En dónde está el interés de, supuestamente, la mejor tienda de México de tener un producto con calidad?"

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"Los diseñadores son muy sensibles, sienten que su trabajo es lo mejor y el juez no son ni ellos ni yo, es el consumidor", responde Felipe Sánchez Navarro, director de compras de esa departamental. La tienda es sólo un lazo entre aquellos y el público, es un negocio y, por tanto, "está dispuesto a apoyar a los creadores de moda mexicanos, siempre y cuando den resultados que se reflejen en las ventas".

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Argumenta que si una ropa está tres temporadas y no se vende, debe darle ese espacio a otra diferente. Actualmente Ricardo Santana y Ricardo Reyes se exhiben en el Salón Internacional junto a creadores extranjeros, y en otras secciones de la tienda están Héctor Mijangos, con la marca WWT, y Mauricio Olvera, con Grypho. Manuel Méndez ha trabajado durante tres décadas en forma exclusiva para el Palacio de Hierro –aunque en esta temporada no exponen su ropa–, y estuvo en el Salón Internacional de esa tienda.

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Esta política ha obligado a muchos diseñadores a abrir tiendas propias, algo que resulta demasiado "estresante", dicen algunos, pues además de tener que invertir en investigación para crear la colección, comprar telas y hacer las prendas, hay que agregar el pago de una renta, invertir en imagen del comercio, en vendedores y, sobre todo, en publicidad.

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Amor al arte

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"Muchos estamos en esto por amor al arte; sí podemos vivir del diseño pero muy al día y siempre con la angustia de que se acerca el viernes y hay que pagarle a todo el equipo que trabaja con nosotros", relata Jiménez.

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El éxito depende en gran medida de la mercadotecnia y cada uno busca la forma de autopromoverse en los medios de comunicación sin que le cueste.

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En el caso de Sarah Bustani, fue la televisión la que le permitió adquirir popularidad, y a la vez determinó su estrategia comercial. El programa matutino de modas "hizo que mi nombre se conociera a nivel masivo, pero también hizo que nos buscara gente con menos recursos que es la que ve la televisión en las mañanas".

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Su marca inició en el mercado hace cuatro años, pero antes ya confeccionaba ropa que vendía en tiendas de autoservicio, como Comercial Mexicana; después desarrolló otras líneas para Suburbia. Pero en esa tienda "te hacen manejar mucho volumen y poca utilidad, por eso decidí en 1997 hacer una línea más exclusiva para El Palacio de Hierro y Liverpool". Con el repunte de sus ventas en 1999 abrió dos boutiques y luego vendió 14 franquicias.

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Las cosas cambiaron nuevamente; el éxito llevó a Bustani a crear vestimenta más barata para aprovechar a sus nuevos clientes. "Ser pobre no tiene por qué obligarte a vestir mal, puedes ser pobre pero eso no quiere decir que tengas mal gusto."

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A través de la compañía Interdiseño Inteligente, la diseñadora y empresaria produce su línea de ropa que comercializa a través de sus 16 tiendas en todo el país. Para promover esas prendas realiza desfiles de moda en cada una de las ciudades donde hay una tienda.

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El siguiente paso fue vender su marca para zapatos y bolsas, ropa de mezclilla, ropa de piel, trajes de baño y una línea de lentes, productos hechos con su asesoramiento pero no de su creación. "Es algo que ningún diseñador había hecho en México, explotar el nombre, la marca, sin tener que invertir." - -

Estos progresos de los creadores de moda también les plantean un dilema, porque al incrementar significativamente las ventas la frontera que los separa de los confeccionistas se adelgaza demasiado. Bustani tomó su camino frente a la contradicción: "No hay que negarse al éxito, finalmente eso es lo que todos buscamos. Lo que debemos hacer es atacar los nichos que permitan nuestro desarrollo tanto creativo como económico."

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Si se eligiera el mercado de mayor poder adquisitivo, más pequeña será la clientela y además se deberán utilizar telas importadas, exclusivas y por tanto más costosas.

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"Lo que yo hago –continúa– es aterrizar mi línea a la materia prima que hay en México y eso me reduce costos; manejo tendencias internacionales en telas buenas pero no exageradamente caras, finalmente la moda pasa y no tiene caso invertir mucho en algo que te vas a poner cuatro o cinco veces."

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Trabajar con tejidos nacionales, sin embargo, no es sencillo. Los pocos diseñadores que los utilizan tienen una lucha constante con la industria textil para lograr que produzcan cuando menos los colores de temporada, algo que, se quejan, no ha cambiado en las últimas tres décadas.

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No hay de dónde cortar

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Según Méndez, decano de la moda en México, una de las razones por las cuales su sector no prospera es que la mayoría de los géneros que se fabrican en el país –con excepción de los casimires, que son muy buenos– son tiesos y de mala calidad.

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"La industria textil sigue igual desde hace 30 años: los textileros creen que a la gente se le puede seguir ocultando la información como en aquellos tiempos en los que más que utilizar los colores de moda trabajábamos con lo que había; ahora el flujo de información es más rápido, la televisión e internet permiten ver las colecciones europeas el mismo día que las presentan."

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Para poder usar sus telas y ser competitivos, los industriales deberían tener los muestrarios por lo menos un año antes de la presentación de la colección. Cuando la marca de ropa española Zara, por ejemplo, expone sus nuevas líneas en vitrina, los creadores de moda locales apenas reciben los tejidos.

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Bustani no se ha resignado. "Les insisto mucho a los textileros para que me den los colores de temporada en los tiempos adecuados y esa lucha ha ido dando algunos resultados."

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Nora Ambriz, directora de la Cámara Nacional de la Industria Textil (Canaintex), defiende al sector: "La percepción de los diseñadores puede deberse a una imagen del pasado y a la falta de acercamiento." Reconoce que cuando la economía mexicana estaba cerrada no había incentivos para que las empresas del ramo innovaran sus productos pues tenían un consumidor cautivo, pero asegura que eso ha cambiado desde 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN).

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Méndez recuerda que en alguna ocasión le propuso a un textilero desarrollar una colección con sus telas, "pero no les interesó. Para qué iban a gastar en una colección mía si tenían toda su producción vendida."

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"Es muy difícil que accedan, que inviertan en una propuesta –refuerza Jiménez–; si yo le planteo a un textilero desarrollar juntos una tela de buena calidad, con el color de temporada, para que lo use en mi colección, la respuesta es: ‘no puedo, porque necesito que consumas 500 ó 1,000 metros de producción’, y eso yo no se los puedo comprar, es demasiado. En cambio, con los europeos es más fácil, porque les pides determinada tela y color y la fabrican, hay una respuesta inmediata."

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En México los colores son los mismos que hace 30 años, se queja Méndez, mientras en Europa una fábrica de telas puede manejar una carta de hasta 144 colores y cada uno puede tener más de 25 tonos diferentes. También en Brasil y Argentina tienen una industria textil muy moderna, y por eso sus diseñadores tienen más posibilidades de desarrollo.

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Por lo pronto, las dos instituciones que representan a las industrias textil y del vestido se encuentran en pláticas para lograr un mayor acercamiento que permita a las empresas del ramo atender ágilmente el mercado y aumentar el valor agregado de los productos que fabrican en México. La cámara del vestido ha invitado a Jiménez y a un colega suyo, Ernesto Hernández, a integrarse como consejeros para que participen activamente en sus reuniones.

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Se están dando algunas puntadas, pero pocas todavía para consolidar el diseño como negocio.

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