Un destino manifiesto

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Hay justicias tardías y esta retrospectiva que hoy alberga el Museo de Arte Moderno –generada en el Marco de Monterrey– era una cuenta pendiente con Enrique Guzmán, un gran pintor mexicano que, infortunadamente, truncó su vida cuando aún tenía mucho que dar.

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Pocas veces se ha tenido oportunidad de ver reunidas más de un puñado de obras de Guzmán (1952-1986), por eso se agradece aún más esta acertada muestra de 109 piezas –dibujos y pinturas– con la curaduría de Luis Carlos Emerich y el guión museográfico de Guillermo Sepúlveda. Y un aspecto que cabe resaltar es que en este testimonio de su quehacer plástico no se ponga el acento en los quebrantos psicológicos del pintor, aunque tampoco se reviste de un falso pudor para ocultarlos.

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Es, sin duda, una obra inquietante por su simbología que si bien en una primera lectura remite a códigos conocidos y manejados en los años 70 y 80 –no en vano Guzmán fue miembro de Peyote y la Compañía, grupo de avanzada que sirviera de punta de lanza–, un análisis más atento muestra una urdimbre compleja de nuevas lecturas, muchas de ellas crípticas en su intrincada relación. Pero, sin duda, lo que más sorprende, y que siempre resulta revelador en la obra de Guzmán, es su soberbio manejo del espacio que hoy, revisado a finales del siglo, no puede ser calificado sino de exordio de propuestas que vendrían después.

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La muestra se mantendrá en exhibición hasta el 17 de octubre; bien vale la pena una reflexión en torno a quien Raquel Tibol llamara “productor que en pocos años realizó una obra espléndida y única”.

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