Un extranjero en Chiapas (I)

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Ricardo Medina

“Eran las nueve y media de la mañana; estábamos en Chiapas, y nadie hablaba una palabra de inglés.” Es 1938 y “un gringo” se interna en la selva, tratando de llegar a Las Casas, la antigua capital de Chiapas. La persecución anticatólica, encabezada por Calles, suavizada pero persistente bajo la égida de Lázaro Cárdenas, ha tratado de borrar todo vestigio de Dios en Tabasco y en Chiapas. Las antiguas iglesias son cárceles, cuarteles, oficinas de gobierno o meras ruinas en las que se refugian los animales. Ese “gringo” es un escritor británico, converso al catolicismo; se llama Graham Greene. Apenas hace unos días Cárdenas ha decidido la expropiación petrolera.

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En una finca cerca de Palenque, Greene conoce a Herr R. Un alemán que escapó de su país y de su familia cuando trataron de enviarlo a un colegio militar. “Aunque R. era luterano, no podía decir una sola palabra contra ninguno de los curas que había conocido en la región, en otros tiempos”. Más tarde en Yajalón, conoce a una viuda noruega que vive con sus dos hijas. “Era luterana, como mi anfitrión anterior, el alemán de Palenque, pero también ella había visto con malos ojos el saqueo de la iglesia.”

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Allí todos eran católicos… salvo el maestro de escuela. Como todos los maestros de escuela de ahora, era un político (…) y pronunció un discurso apasionado sobre las expropiaciones del petróleo. Aconsejó al pueblo: ‘Eliminen a los gringos’.”

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Varado en Yajalón, Greene se desespera. Un día, “un hato de mulas trajo el correo con el mensaje del presidente a su pueblo”. El tema es la cuestión petrolera y desde aquel momento Greene ya no podrá eludir al ambiente hostil hacia “los extranjeros” que alienta el discurso gubernamental: “Por suerte yo había llegado antes que el mensaje; ni siquiera un mexicano podía cambiar tan pronto de idea y empezar a considerarme como el Enemigo. Para eso tuve que esperar hasta Las Casas. Pero era imposible no admirar la organización que había permitido que el mensaje (…) penetrara aun en esta olvidada región del norte de Chiapas tan rápidamente”.

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En Las Casas, Greene lee en un pizarrón, en la plaza, esta exhortación escrita con gis: “¡Mexicanos!, prepárense a entregar su óbolo patriótico para la reducción de la deuda petrolera…” Greene reflexiona: “Aun los más simples actos de violencia o de amor, se deforman en la caja de resonancia de las grandes barrancas”.

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Más adelante, cuenta: “El inconveniente era que Chiapas era un estado tan pobre. Los agraristas habían repartido todas las grandes haciendas del sur, y los campos se convertían nuevamente en desiertos.” Y añade líneas más adelante: “Así es la política en México.”

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“La atmósfera de hostilidad se espesó, y se dirigió contra mí.” “En la plaza las mismas miradas insolentes y los insultos velados”, “día tras día se hacía más desagradable mostrarme en la calle”, “los mendigos eran un consuelo, para ellos uno no era gringo”, “ya se veían obligados a evitarme en público. Yo era un paria; no convenía ser visto por ahí conmigo.” Un jovencito, hijo del alemán R. le cuenta una anécdota reveladora: Unos días antes algún pariente de Estados Unidos les había enviado un dólar como regalo. “Estaban tratando de cambiarlo en el banco, cuando entró un hombre. El hombre le dijo al empleado: ‘Yo no aceptaría un pedazo de papel roñoso como ese, todo lleno de microbios’ Y el empleado no quería darles el cambio justo.

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“La baja del peso mexicano, por supuesto, había aumentado el odio: como si creyeran que la diferencia representaba dinero que les robaban los gringos”. (Irresistible añadir: como si leyeran el “Ocosingo News” de hoy).

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Los tiempos cambian, desde luego. Chiapas sigue siendo pobre. La política en México aún sigue siendo así, en buena medida. Lázaro Cárdenas es venerado por los “progres”…, sólo que estos por ahora se han vuelto defensores de los extranjeros en Chiapas, siempre y cuando esos extranjeros no sean “gringos” con dólares roñosos sino “observadores” bendecidos por alguna -ONG. Los curas ya no son perseguidos, ahora muchos de ellos son bien vistos por los “progres” y a los más eminentes se les recibe como parlamentarios en la Secretaría de Gobernación. Sólo que esos curas son como los maestros de aquél entonces: todos políticos con la arenga a flor de labios… (Continuará).

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El autor es colaborador de TV Azteca y de El -Economista.

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