Un mundo (casi) perfecto

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Jaime Septién Crespo

Imaginemos un día del futuro, dominado por la realidad virtual. Usted podría levantarse tarde, saborear un desayuno proteico a base de concentrados con sabores virtuales; podrá entrar de inmediato en comunicación con la computadora maestra de su trabajo, cruzar llamadas y mensajes con multitud de personas virtuales y cerrar pronto, para tener el tiempo suficiente de echar una partida de cartas con el "interactivo" o dialogar con la televisión de ida y vuelta, añadiéndole finales a su serie predilecta.

- Más tarde, después de un refrigerio ligero de fibra virtual, entrará de lleno en la noche virtual (porque la real no habrá caído todavía, y aunque eso ocurre "afuera", no tendrá la menor importancia) y para relajarse se colocará los audífonos y los lentes de pantalla, en los cuales podrá proyectarse a sí mismo una buena película virtual, en la cual es el actor principal; las escenas y los otros personajes caminarán a su antojo, con sólo mover controles o los dedos (enfundados en un guante con sensores). El sueño pronto llegará, reparador y vacío, poniendo final a una exhaustiva jornada de vida virtual.

- Un paraíso deshabitado. Para los agorafóbicos, quizá estamos describiendo el paraíso. ¿Te imaginas -dirá el que le tiene horror a los otros- un día sin tráfico, sin jefe, sin subalternos, sin suegra, sin marido (o mujer), sin colas y sin esa constante molestia que produce en la piel la mirada de los demás? En efecto, se ha insistido hasta el cansancio que esto es posible. La nueva técnica de la realidad virtual -con todo y sus alcances benéficos, por ejemplo en la medicina, donde ya no será necesario destazar a un cristiano para investigarle las vísceras- pone al alcance de la imaginación un mundo desolador y autosuficiente, en el que un sujeto aislado será capaz de "comunicarse" con todo el mundo.

- Estamos en los albores de una revolución en las muy normales concepciones que, heredadas de nuestros antepasados, cabalgan en cada uno de nosotros. El espacio, en el cual vivimos, nos movemos y somos podrá transformarse en lo que William Gibson, novelista inglés de ciencia ficción, llamó el "ciberespacio", es decir: el espacio cibernético, aquél que se produce dentro de una pantalla y que en el futuro, para muchos condensará el mundo. El mismo Gibson inventó el término ciberpunk para hablar de un individuo desarraigado, en perpetua rebeldía con la presencia, sólo habilitado para entablar relaciones con la ausencia, con lo que no es, con lo virtual.

- Cierto o no, el ciberpunk vale como posibilidad. Es más: hay ya un par de generaciones de niños que viven a partir de relaciones virtuales, dictadas por la televisión; y muchos adultos han aprendido a interactuar solamente a través de ese "tercero" que es la televisión (varios estudios demuestran que la pareja de hoy sufriría serios resquebrajamientos de no tener el árbitro catódico de por medio; y sucede lo mismo en el caso de la interacción sexual). Una novela de Nino Aldani, Sofía (1975), habla de un piloto de helicóptero, adicto a las películas porno, que por azar del destino debe transportar a su actriz predilecta. El helicóptero se descompone. Pasan la noche en una cueva. Mientras él permanece enchufado a su video, ella mira las estrellas.

- De complicidades. Aunque los técnicos se empecinen en mostrar los avances de la realidad virtual, uno no puede sino experimentar un novedoso escalofrío, un rayo macabro que cruza lo bueno y viejo que poseemos; es decir, nuestra complicidad con el prójimo.

- En Los anales de los hechos (1988), otro autor de ciencia ficción, Frederick Pohl, habla de una sociedad tan avanzada que los cerebros de los muertos pueden ser transcritos a lenguaje de computadora. Así, los muertos "sobrevivirían" a su fallecimiento y serian capaces de "hacer cosas" sin tener que moverse: amar sin tocar; preferir sin desgastarse, poseer sin destruir y, en fin, llorar sin corromperse. Un mundo ideal... o casi ideal, porque dondequiera que haya hombre, habrá vocación de ternura. Y ésta, por más transcripción virtual que se pretenda, no ejerce su influencia sino en el ahora real (no virtual) del abrazo.

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- Nos encaminamos, pues, hacia un modelo de futuro que muy poco tendrá que ver con los valores de comunicación y realidad que aún persisten entre nosotros como insignias de la humanidad. Tan sólo podemos atisbar las ventajas y las desventajas desde el presente de la realidad virtual. Pero a las razones técnicas tenemos derecho a oponer, como decía Pascal, "las razones del corazón". Si la posmodernidad, según algunos de sus gurúes, era pensar en que somos islas y mediante "el pensamiento débil" había que tender a crear un archipiélago, hoy la ultramodernidad nos coloca en la atomizada condición de islas.

- El autor es egresado de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y realizó su doctorado en Madrid. Es editor y articulista de temas de medios.

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