Un mundo imperfecto

La cosa empezó por los vecinos del piso de abajo, que aseguran que el olor a cigarro &#34ha penetra
Max Clip

Los he visto cómo se van juntando en las entradas de los edificios corporativos en Nueva York. Lo he visto caminar de prisa, encender sigilosamente sus cigarrillos y mirarse apenas, como si les avergonzara estar ahí, como si no desearan reconocerse, como si el simple hecho de una charla casual los comprometiera y, sobre todo, pusiera en peligro su trabajo. Y ahora comienzan a aparecer en las entradas de nuestros edificios corporativos: parias de una política que se aprovecha de la ilusión de una vida saludable, chivos expiatorios de los miedos colectivos a terminar desahuciado, víctimas de la intolerancia fácil. Yo soy uno de ellos; lo admito: soy un fumador. Y de unas semanas para acá parece que ya no tengo cabida en los planes de la empresa.

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La cosa empezó por los vecinos del piso de abajo. En mis clases de física, aprendí que las cosas más ligeras que el aire tienden a subir, principio fundamental que explica la tendencia de los globos de gas a elevarse. Lo mismo se aplica para el humo del cigarrillo (y otros gases más o menos tóxicos). Pero los vecinos de abajo, empleados todos ellos de una “multinacional” –así les dicen ahora a las empresas de capital mayoritariamente estadounidense pero que, al parecer, se avergüenzan de ello–, aseguran que el olor a cigarro “ha penetrado” sus oficinas. Al parecer, entre las políticas corporativas de la mencionada “multinacional” está que sus oficinas son “ambientes limpios” (seguramente, al redactar sus políticas no tomaron muy en serio la naturaleza misma de sus negocios) y que, por lo tanto, no se puede fumar. De hecho, al rentar el piso se aseguraron de que el edificio fuera uno donde estuviera prohibido fumar.

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Así, cuando con sus largas narices detectaron que en nuestra compañía se puede fumar hasta en los elevadores, pusieron el grito en el cielo. Y ahora nos llega este memorando en el que nuestro presidente y director general nos comunica que, “por disposiciones oficiales”, se nos prohibe fumar en “nuestros espacios de trabajo”. Justo lo que me faltaba...

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Difícil cosa ser fumador en estos tiempos. Cuando me enseñé a fumar nunca imaginé que con los años sería uno de los principales responsables de haber causado tantos enfisemas, insuficiencias y cáncer a gente con la que apenas cruzo palabra. Como si vivir en la ciudad más contaminada del planeta fuese poca cosa.

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Por si fuera poco, los fumadores estamos expuestos al reproche general. Queda claro que el vicio del tabaco es de los fumadores y nadie está obligado a respirar humos que ni quiere ni disfruta. Y todos, desde luego, tienen derecho a expresar sus puntos de vista. Lo que me llama la atención es que, en este asunto, al parecer cuenta más la opinión de los no-fumadores que la de los fumadores. ¿Por qué habrían de contar, si (aunque no lo sepan o lo acepten) están enfermos y su “vicio” hace que su juicio sea errático? Solución: no los tomemos en cuenta y dispongamos “unánimemente” que, a partir de ya, se prohibe fumar en nuestras oficinas corporativas. Para muchos fumadores, lo escandaloso del caso es que el sistema sea tan injusto; para mí, a riesgo de sonar superficial y hasta cínico, lo terrorífico es que nos acercamos al reino eterno de la vida eficiente, organizada y... aburrida.

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Porque si se trata de molestias (y posibles detonadores de padecimientos), ¿qué molesta más: un puro encendido o el celular del ubicuo incivil que deberá sonar al menos tres veces en medio de una película? ¿Qué causa más daño: un fumador o un infante que llora sin pausa en un avión? El mundo es injusto, es imperfecto.

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Alguna vez, alguien me dijo que no entendía cómo tanta gente podía vivir sin darse el tiempo para beber café, fumar y charlar. Algo muy parecido puedo decir del trabajo: ¿qué es eso de revisar un plan de mercadotecnia, medir el desempeño anual de un empleado, hacer los pronósticos de ventas o comentar la última “genialidad” del señor director sin una taza de café y un cigarrillo en las manos? A este paso, pronto lo único que podremos hacer en la oficina será trabajar todas y cada una de nuestras ocho horas. Ese día, renuncio…

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