Un pincel enredado en la memoria

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Juan Soriano, Niño de mil años, Elena Poniatowska, México, Plaza y Janés, 1998, 294 páginas.

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Los mil años de un niño llamado Juan Soriano se ensanchan o se angostan, como las aplicaciones de un pincel sobre la tela, para dar, poco a poco, con los recuerdos de un pintor enamorado de su arte. Es una vida resuelta a trazos. Y no porque Soriano olvide pasajes de su historia personal, sino porque el pintor siempre hace trampa; a veces subraya con más colorido los consentimientos de sus tías, de sus hermanas, de ese universo de mujeres que le tocó vivir en Guadalajara, en la primera de sus infancias sin fin. Soriano es interrogado por Elena Poniatowska. Pero no hay preguntas. Por eso parece como si lo hubiera dicho todo de sopetón, sin las cortapisas que se pone uno al hablar de sí mismo.

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Soriano es asediado por las dudas que ya no son de él. Por eso no le cuesta responder acerca de su preferencia sexual, ni de su hermana mayor, que tanto lo impulsó en su carrera, ni de Chucho Reyes, el pintor, que lo puso en una primera órbita, ni de tantos escritores, actores y artistas que lo situaron en el núcleo de la compacta intelectualidad de México. Un desfile de influencias y maestros que le señalan el valor de las cosas marcha en las páginas, todas ilustradas con preciosas viñetas. Así, en una larga respuesta a preguntas invisibles, los casi 80 años del pintor quedan expuestos.

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