Un plan sin metas

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Emilio Zebadúa

Justo cuando acabábamos de apuntar (EXPANSION 657, enero 18, 1995) la inmensa influencia acumulada en el nuevo gobierno por el secretario de Hacienda, Jaime Serra, éste se vio obligado a renunciar a su puesto.

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Paradójicamente, una y la otra cosa no están desvinculadas de¡ todo, pues ambas tienen que ver con la estrategia (o, más bien dicho, la falta de ella) en el proyecto político de Ernesto Zedillo. La premura con la que los asuntos fundamentales para la estabilidad y el desarrollo del país han sido tratados en los primeros días del gobierno sólo confirma lo anterior y obliga a seguir aún más de cerca la efectividad de sus próximas iniciativas.

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Después de haber contado con varios meses -desde el 22 de agosto hasta el 1º de diciembre- para elaborar un plan de acción que permitiera enfrentar la delicada situación por la que atraviesa el país a partir de los sucesos de 1994, ahora resulta que, al menos, los objetivos de la política macroeconómica han tenido que ser replanteados radicalmente, mientras que las propuestas de paz para Chiapas han tenido que ser modificadas una y otra vez en cuestión de días.

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En ninguno de estos dos temas estratégicos para el bienestar de México hubo al parecer algún tipo de análisis previo a la toma de posesión de Zedillo, por lo que no es extraño que la dinámica de la doble crisis -económica y política- haya rebasado a su gobierno tan rápidamente.

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Antes de que concluyera 1994, amenos de un mes de haber tomado el poder, Zedillo debió dejar ir a su secretario de Hacienda y ver cómo al menos otros dos, tres o hasta cuatro funcionarios de alto nivel han sido dañados públicamente por acusaciones sobre su integridad moral. El nuevo gobierno comienza, pues, con un déficit difícil de remontar.

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Y todo ello sin considerar siquiera la nueva situación económica, que a diferencia de la estrategia del anterior sexenio, no presenta un panorama favorable al cual poder aspirar y que permita ordenar las acciones del gobierno en una forma en que inspire unidad y trabajo.

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No, en la actual coyuntura, el nuevo plan es más bien de carácter defensivo: "reducir" el déficit en cuenta corriente y "controlar" la inflación son las metas principales, si es que así se les puede considerar a medidas que pretenden fundamentalmente evitar que el gobierno pierda el manejo mínimo de la crisis.

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Como parte de esta última revisión del plan del gobierno no sólo se dejaron a un lado objetivos tan ambiciosos como el bienestar de la familia y, por supuesto, la modernización del país, sino que ahora parece ser suficiente si se logra que la economía no entre en una profunda recesión en los primeros meses de 1995 o, del mismo modo, no se disparen los precios sin control.

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¿Cómo pudo pasarse del manejo de los escenarios más optimistas sobre el futuro de México a una desesperada búsqueda por evitar el colapso total del modelo, donde lo que se tiene es un plan sin metas? Las claves se encuentran en parte en la economía, evidentemente, pero de manera principal en la política. Y, en particular, en la política de los últimos meses del gobierno del presidente Carlos Salinas, cuando Zedillo fue incapaz de articular un proyecto eficaz para la transición.

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Sin propuestas contundentes que respondieran de manera inmediata a las presiones sobre el peso y a la paz en Chiapas, el nuevo gobierno inauguró sus funciones el lo de diciembre ocupado en otros asuntos de menor importancia (como la reforma al sistema judicial), por lo que se quedó sin instrumentos para evitar la devaluación o, en el mejor de los casos, conducir a la moneda hacia un régimen cambiario distinto sin mayores desequilibrios.

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Queda ahora por saber, ¿cómo, si no pudo hacerlo con tanto tiempo de anticipación, va a poder Zedillo llevar a cabo un plan efectivo de gobierno, ahora que la economía se encuentra sumida en una situación de extrema gravedad?

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El autor trabaja actualmente en un libro sobre La reforma del Banco de México.

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