Un programita más

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Por décadas el gobierno mexicano ha desdeñado las llamadas de atención de los distintos sectores sobre la necesidad de diseñar una efectiva política industrial de largo plazo. Utiliza el pretexto de que eso es equivalente a volver a las prácticas proteccionistas. “La mejor política industrial es no tenerla”, suele decirse en los pasillos de las oficinas gubernamentales.

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Con un sector productivo paralizado, el apoyo financiero se está dirigiendo a la banca. Entre Fobaproas, Procaptes y demás programas de rescate, los intermediarios financieros ya tomaron bastante más dinero del que pagaron por los bancos en la reprivatización. El saldo de esta estrategia, que únicamente busca recuperar la confianza perdida, está a la vista: la tasa de mortalidad de la planta fabril mexicana se encuentra en el momento más crítico de la historia contemporánea del país.

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Ante la reciente racha alcista de las tasas de interés, resultado de las expectativas inflacionarias de la banca, muy discrepantes del pronóstico oficial, el sector industrial tiene cerradas las puertas al crédito. Sin financiamiento no es posible la inversión, y sin ésta no habrá empleos.

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El desenlace de esta cadena de carencias es en extremo preocupante, porque sin empleo no hay mercado, y sin mercado no hay crecimiento. En otras palabras, pareciera que estamos parados exactamente en el mismo punto de diciembre de 1994, con la diferencia de que ya se agotó la poca confianza que había entonces.

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En este contexto, la nueva ola de cuestionamientos empresariales a los -programitas coyunturales que sigue diseñando al vapor un gobierno de bomberos, que intenta apagar incendios políticos, económicos y sociales a cubetazos, no sorprende a nadie.

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El Programa de Política Industrial y de Comercio Exterior 1995-2000 es uno más. Esta “nueva política industrial” nació vieja, dice apoyarse en la consolidación de un mercado interno gravemente deteriorado y es ambigua en cuanto a los términos y los plazos de su aplicación.

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En estas circunstancias, el empresario mexicano difícilmente podrá complacer las demandas de que actúe con creatividad, que corra riesgos, sea global y moderno, es decir, que -apueste por México. Las escasas expectativas lo invitan a jugar el mismo juego de planes cortoplacistas y frágiles, que dependen más de eventualidades que de estrategias objetivas. ¿Quién se puede atrever a invertir en una aventura productiva cuando no existe un plan industrial rector, claro, realista y transexenal?

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Es curioso: el nuevo Programa de Política Industrial apunta a que sean las micro y pequeñas empresas las artífices del crecimiento económico. La pregunta es: ¿cuántas sobrevivirán para cuando llegue su aplicación?

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