Un sistema financiero renovado

Ya están aquí, con ambiciosas estrategias en marcha. Los bancos extranjeros pueden dotar de compet

Desde 1995, cuando los primeros bancos extranjeros aterrizaron en México, se ha insistido sobre la manera en que estas instituciones podrían apoderarse del mercado mexicano. El mejor argumento que amparaba estas afirmaciones era la crisis de ese año, que puso en virtual jaque mate a los bancos nacionales, cargados todos de cuentas incobrables y, por ende, ocupados en su propia sobrevivencia. Fue cuando surgió el Fobaproa, con el fin de ahuyentar al fantasma de la quiebra y asegurar los recursos de los ahorradores.

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Fue, también, cuando aparecieron en escena las instituciones bancarias españolas, estadounidenses y canadienses, principalmente, quienes encontraron en el maltrecho sistema financiero mexicano la oportunidad de comprar barato y expandir sus territorios de un plumazo. Al final de cuentas, pensaron entonces, siempre vendrán tiempos mejores.

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Y esos tiempos están llegando. Con una economía que ha librado bien las balas recesivas que vienen de otras latitudes y un dinamismo mayor al esperado –ya todos registramos el incremento del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre del año–, bancos como Santander, Citibank y BBV –por mencionar a los más aguerridos– tienen listas sus tácticas de ataque con el fin de transformar su operación mexicana en algo importante. No llegaron aquí para manejar bancos pequeños, insisten.

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¿Qué implica esto? Los pocos bancos mexicanos que mantienen una estructura de capital mayoritario nacional, saben bien que competirán contra instituciones de escala global y amplia experiencia en toda la gama de servicios financieros, por lo que tendrán que terminar muy pronto sus procesos de saneamiento para incrementar notablemente su competitividad, si es que acaso aspiran a por lo menos mantener su actual participación de mercado. Debido a ello, estas firmas extranjeras contribuirán al desarrollo de un sistema financiero más sólido, el cual es reclamado con urgencia por el aparato productivo mexicano, que sigue sin encontrar vías eficaces de acceso al crédito –las mejores alternativas están en otras latitudes– y, por tanto, pocas rutas para crecer al ritmo deseado.

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La mayor profesionalización de los servicios financieros podrá implicar que, en un plazo razonable, la ineficiencia de la banca –visible en el amplio margen de intermediación, o spread, muy lejos aún de los estándares internacionales– disminuya y abra oportunidades de créditos competitivos a los empresarios de este país. México requiere de un sistema financiero renovado, que presione a la baja el todavía ridículamente elevado costo del dinero. Si la mayor competencia que trae consigo la banca extranjera puede contribuir a ello, bienvenida.

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