Una certeza en la incertidumbre

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La incertidumbre respecto del futuro inmediato de la economía mundial continuará. Y hay que aprender a vivir con eso. Sobre todo ahora que la mayor parte de los analistas coincide en que los países desarrollados enfrentarán severos problemas para mantener tasas elevadas de crecimiento.

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¿Cómo impactará esto a los países emergentes? De entrada, hay que considerar que los estornudos del primer mundo rápidamente se traducen en gripe, o pulmonía, en el tercero. Si en Estados Unidos se mete el freno –y la situación política de ese país, tras la votación en el Congreso a favor del proceso de juicio al presidente William Clinton, sólo agrava el panorama–, en México la situación se complicará, sobre todo cuando no existen tendencias positivas en los precios internacionales del petróleo y el déficit fiscal de la federación propende a empeorar.

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Todas las señales apuntan hacia esta dirección: 1999 será el año en que México resentirá con mayor intensidad los efectos negativos de la crisis asiática.

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La verdad es que nadie sabe a ciencia cierta hasta dónde llegará la contracción económica en el corto y mediano plazos. Tanto el Fondo Monetario Internacional como las casas de análisis económico sólo parecen dedicarse, hoy por hoy, a actualizar a la baja sus proyecciones de crecimiento. Pero lo que sí sabemos –y, por ende, es donde hay que actuar en consecuencia– es que, en México, las altas tasas de interés afectarán al consumo y a la inversión. Y como no es esperable que fluyan muchos recursos financieros al país (por ahora, seguirán en sus guaridas), la presión sobre los réditos continuará. Por si fuera poco, a este clima de incertidumbre hay que añadir los tiempos políticos, que siempre contaminan las decisiones de política económica. O sea: se asoma un año bastante complejo.

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¿Cuál es el mejor antídoto contra este desalentador panorama? La respuesta está contenida en tres palabras mágicas: inversión extranjera directa. Nos encontramos en el momento preciso para intensificar los esfuerzos de promoción con el fin de atraer capital productivo al país, ese que no huye despavorido a la menor señal de tormenta. La estrategia no puede ser otra: el gobierno mexicano debe intensificar su apuesta hacia este tipo de inversión, que reporta mayores beneficios económicos que la de los capitales especulativos.

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En esta misma edición, justamente, abordamos el caso de Ford Motor Company, que ha hallado en México una excelente plataforma de producción, ya indispensable en sus planes globales. La industria automotriz en su conjunto es un ejemplo, perfectible por supuesto, del círculo virtuoso generado por la inversión productiva: inyección de capital fresco, creación de empleos, capacitación de mano de obra, generación de cadenas de proveeduría y economías de escala.

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Es decir: competitividad, palabra que si bien ya ha permeado en muchas empresas mexicanas, es imprescindible que involucre a todos los ámbitos productivos.

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