Una dulce experiencia

Cuando esta firma jalisciense integró sus actividades y diversificó sus productos apícolas comenz
Guadalupe Rico

La queja que alguna vez emitiera un líder de los apicultores de Jalisco resume la que, a su juicio, ha sido la percepción de las autoridades respecto del gremio. Lamentaba que los productores pecuarios fueran vistos según el tamaño de su “ganado”: “A los que se dedican a las vacas se les da más importancia; en cambio, a nosotros, por nuestras abejas tan chiquitas, nos dejan al último”.

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La historia de Apiarios La Tía Trini derribaría con facilidad un criterio tan rudimentario. Gracias a las abejas, esta firma familiar edificó en Jalisco un sólido e integrado negocio que eslabona la transformación de productos obtenidos en los colmenares con la comercialización.

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Por otro lado, La Tía Trini emerge en momentos en que los alimentos naturales ganan adeptos en forma acelerada. También es heredera de una añeja tradición en México. La explotación de la miel de abeja jugaba un papel fundamental en las actividades económicas de los pueblos prehispánicos. En la actualidad genera una importante cantidad de empleos y se ha constituido en la segunda fuente de divisas del subsector pecuario.

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México es el sexto productor mundial de miel, y el tercer exportador. No obstante, son contados los apicultores que aprovechan integralmente las colmenas, y menos aún los que han logrado eslabonar una cadena productiva en torno a ello.

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Ese es, precisamente, uno de los méritos de La Tía Trini. Esta empresa familiar ha encontrado la fórmula para aprovechar la miel, la cera, el polen, el propóleo (sustancia que segregan las abejas para proteger a la colmena de humedad, bacterias, etcétera) y la jalea real, y transformar los productos naturales derivados de la actividad de las abejas. Su historia remite al carácter paciente y laborioso de las propias abejas. Todo comenzó en 1973, cuando Juan Plascencia instaló tres colmenas en el huerto de su casa en Santa Anita, Jalisco.

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La dedicación con la que este pequeño empresario mueblero atendía su pequeño apiario despertó el interés de su esposa, Trinidad Terrazas, por conocer las propiedades terapéuticas de los productos obtenidos de los colmenares. En libros rusos, rumanos y cubanos de apiterapia encontró algunos métodos para la elaboración de diversos preparados a base de miel. La efectividad de esos remedios caseros, de autoconsumo, pronto trascendió entre familiares y amigos. Ese interés se tradujo en demanda, que luego se extendió por tiendas naturistas, lo que animó a los Plascencia a comprar más colmenas y a decidirse a registrar, etiquetar y comercializar sus productos bajo la marca La Tía Trini. Lo que inició como un pasatiempo estaba en vía de convertirse en una agroindustria familiar. “No iniciamos esto pensando en lo que íbamos a ganar, sino disfrutándolo, y al compartirlo se nos convirtió en un negocio que ahora estamos cosechando”, confiesa Terrazas.

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A la vuelta de 17 años, el mayor activo de esa cosecha lo constituyen 2,500 colmenas, que representan 1.25% del inventario total apícola jalisciense, y que son resultado de un crecimiento anual de 20% en la producción que se registra en el campo, es decir, al margen del obtenido en la planta industrial.

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Los apiarios se encuentran  repartidos en el altiplano y las altas montañas de Jalisco, así como en la región costera de Tecomán, Colima, donde cuentan con una planta de extracción, una bodega y una cuadrilla de trabajadores dedicados a la recolección de miel. La distribución de las instalaciones es estratégica, de acuerdo con Juan Plascencia, pues de esta manera las cosechas se extienden a lo largo del año, además de que el tipo de floración de cada zona permite obtener mieles de distintos colores, aromas y sabores para responder a los diferentes gustos en el mercado.

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También han tecnificado la producción de miel, con lo que han podido lograr un rendimiento anual en cada colmena de entre 30 y 50 kilogramos. En conjunto, su producción alcanza las 120 toneladas anuales.

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Pero ese monto representa apenas 2.3% de las 5,000 toneladas que se producen en Jalisco. “No somos los más grandes –acepta Plascencia–. Aunque sí tratamos de tener una producción más integral.”

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También tienen la necesidad de sortear los fenómenos climatológicos, uno de los enemigos comunes de los productores agropecuarios.

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No sólo miel
Entre los cambios cualitativos hechos por el matrimonio Plascencia Terrazas está el reemplazo de la pequeña procesadora instalada en el domicilio familiar por una planta industrial en forma, localizada en la zona rural de Santa Anita. A partir de la miel y sus derivados, se fabrican ahí más de 50 productos, entre jarabes, extractos, pomadas, caramelos, cosméticos y complementos alimenticios.

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La pasión de doña Trinidad por la medicina natural ha impulsado una mayor diversificación. Utilizando materias primas cultivadas en sus propias parcelas elaboran productos herbolarios, así como una línea de aromaterapia desarrollada con aceites esenciales importados de Europa.

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Y si la variedad es importante, saber venderla no lo es menos. A diferencia de la mayoría de los apicultores mexicanos, que al limitarse a la producción terminan siendo víctimas de los sistemas de comercialización, la pareja  hizo camino también en este terreno. Hace cuatro años abrieron la tienda La Casa de las Abejas, en la Gran Plaza de Guadalajara, la cual contará, en breve, con una sucursal en el fraccionamiento El Palomar, también en la capital del estado. Sus productos llegan igualmente a tiendas naturistas, farmacias homeopáticas y farmacias alópatas de toda la república a través de sus 35 distribuidores mayoristas, explica Terrazas, directora comercial y miembro activo de la Sociedad Americana de Apiterapia. La Casa de las Abejas no sólo es, para ella, un canal de comercialización; es también un espacio para fomentar el conocimiento sobre las bondades de la miel y los productos de la colmena. Convertida en su propia publirrelacionista, ella es la viva imagen de La Tía Trini. Además de sus actividades operativas, se da tiempo para participar en programas de radio, dictar conferencias, escribir folletos y libros y atender el contenido de la página electrónica de la compañía. “Ha sido una labor de mucha saliva, tiempo y dinero invertido, pero ha valido la pena –comenta–. Creo que hemos ayudado a rescatar el prestigio de la miel pura”.

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Esa “labor de saliva” genera resultados. La facturación en 1999, obtenida en 95% en el mercado doméstico, sumó $6 millones de pesos. El extracto y las paletas de propóleo y bacterias, que se embarcan a Japón y Guatemala, respectivamente, son los productos que aportan 5% restante de sus ingresos. “No hemos insistido más en la exportación por la demanda que tenemos en el mercado nacional –argumenta Terrazas–. (Ni siquiera) en lo más duro de la crisis de 1994 dejamos de vender.” Su esposo apunta otra explicación. La entrada de China, que tiene una economía subsidiada, al mercado internacional de la miel ha contraído los precios de los edulcorantes y, por tanto, desalentado las exportaciones –con todo y que la miel producida en Jalisco, conocida como “miel Guadalajara”, tiene un sobreprecio en el extranjero como reconocimiento a su calidad–.

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El ingreso de “mieles baratas” procedentes de China, el primer productor mundial, ha arrastrado al precio internacional a $1.10 dólar por kilogramo, concuerda Antonio López Jaúregui, coordinador estatal para el Programa de Control de la Abeja Africana de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural (Sagar). “Como apicultor –refuerza López–, lo último que haría sería exportar la miel, porque si la envaso la puedo vender en el mercado nacional por lo menos en $25 pesos el kilogramo.”

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Jugoso negocio
Un factor que sí han podido controlar autoridades y apicultores es la invasión de la abeja africana. Después de su arribo a México en 1986, tras de lo cual muchos apicultores abandonaron su actividad, esta especie ha dejado de ser problema. El hecho de contar con su propio criadero de abejas reina le dio a La Tía Trini los medios para poner sus colmenares a buen resguardo.

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López explica que, alertados por las campañas de control de la Sagar, los productores cambian cada año las abejas reinas de la colmena por otras de origen europeo, de tal suerte que cuando éstas se cruzan con zánganos africanos generan un híbrido que reúne la productividad de la especie africana y la mansedumbre de la europea.

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Pero ha surgido otro dolor de cabeza. La varroasis, una enfermedad parasitaria que daña a las abejas, ha afectado los costos de producción de La Tía Trini, admite Plascencia. La respuesta de las autoridades ha sido canalizar recursos a los apicultores, vía el programa Alianza para el Campo, para la adquisición de acaricidas (sustancia para combatir los ácaros, parásitos que producen diversas enfermedades), lo que les ha permitido avanzar en la erradicación del problema sanitario de la varroasis, dice el funcionario de la Sagar. La campaña estatal, que tendrá un costo superior a $1.2 millones de pesos este año y apoyará a 200 productores, incluye de igual modo una aportación para la compra de abejas reina, cambio de colmenas rústicas por tecnificadas, núcleos de fecundación, alimento y equipo apícola.

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José Atanasio Cortés Torres, presidente de la Unión Ganadera Regional de Apicultores de Jalisco, reconoce que los apoyos oficiales están impactando en forma favorable a la apicultura local. Aun así, advierte, “todavía quedan en lista de espera más productores para que se les otorgue el beneficio”.

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Plascencia es uno de ellos, y lo lamenta: “Están tratando de ayudar a los pequeños apicultores, pero a los que no somos tan pequeños nos dejan olvidados, siendo que nosotros somos los que realmente tenemos la empresa”. Por fortuna, acepta, la explotación de las abejas es una actividad rentable. “Si alguien compra 100 colmenas a $600 pesos cada una y obtiene un promedio de 30 kilogramos de miel por colmena, son tres toneladas que, comercializadas a menudeo en el mercado nacional a $25 pesos el kilogramo, dan $750,000 pesos. Con ello se recupera la inversión inicial, aun metiendo $15,000 pesos en gastos”, ilustra.

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Cortés calcula que “en el primer ciclo productivo se recupera de 50 a 80% de la inversión inicial, y que en los siguientes ciclos se obtiene una ganancia de 70 a 80%, si se dan las condiciones climáticas favorables”.

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Alentado por los márgenes, pero también por la consistencia en la demanda de sus productos, Plascencia proyecta un crecimiento sostenido para La Tía Trini. En este año su plan es incrementar el inventario de colmenas a 3,500.

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Con el fin de mantener el control de una calidad homogénea en sus productos, preocupación que sustenta su política de no comprar miel a terceros, el proyecto de expansión del empresario se basa en asociaciones con otros apicultores de la región, ya sea comprándoles la mitad de sus colmenas o aportándoles otro tanto. “Al estar en sociedad, tengo injerencia en el negocio –señala Plascencia–. Yo mismo lo superviso y tomo decisiones, con lo que garantizo que se cosecha una buena miel y que no está adulterada.” La estrategia se ha puesto en práctica con productores de Nayarit y Colima, y están por entablar alianzas con apicultores de Jalisco.

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La meta de los fundadores de La Tía Trini es sumar 20,000 colmenas, lo que la convertiría en la compañía apícola más grande del estado. Cada quien, desde su trinchera, lucha por ese objetivo. Junto a ellos tienen a sus miles de colaboradoras,  las abejas,  el mejor ejemplo de trabajo intenso. La broma de Plascencia es ilustrativa: “Sólo falta cruzarlas con luciérnagas para que también trabajen de noche”. 

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