Una empresa de historias

Empezó barriendo una editorial; hoy produce millones de libros en un negocio propio.
Lolbé Corona

Érase una vez un niño yucateco llamado Alfonso Castillo, que a los ocho años trabajaba en un circo. A los 15 consiguió un puesto en la intendencia de una editorial y en sólo dos años, por tener una memoria de elefante, se convirtió en director comercial. Más tarde llegó a tener un único y particular espectáculo de tres pistas: su propia casa editora.

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Todo comenzó en 1959, cuando Editorial Iztaccíhuatl lanzó una convocatoria para contratar a cinco barrenderos. Castillo estuvo entre los elegidos. La firma manejaba más de 50,000 títulos y él, de tanto andar por los pasillos, se aprendió el color, el número de edición, el precio e incluso el nombre de cada uno de ellos. Esta retentiva privilegiada le valió que, en 1961, lo pasaran al cuerpo directivo y lo animaran a cambiar de residencia a Monterrey. En cinco años logró que la compañía tuviera el liderazgo de la plaza.

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En 1974, con 38 años y cuatro hijos, decidió vender su patrimonio para lanzarse de forma independiente. El 4 de noviembre de ese año, día en que Alfredo García Vicente presentó La princesa del Palacio de Hierro, de Gustavo Sáinz, ante sólo siete personas, nació la Librería Castillo con el lema: “Estamos creando cultura”.

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Aunque su local sólo contaba con 125 metros y 10,000 volúmenes –sus competidores en la región, como la Librería Cosmos, manejaban más de 150,000– la idea del memorioso empresario era competir más que en el fondo, en la forma, así que para llamar la atención de los lectores buscó dar un golpe espectacular: tener los mejores aparadores. “Sólo exhibía 10 libros, pero lo hacía como si fuera la quinta avenida”, recuerda.

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En 1977 decidió experimentar como editor y distribuir su catálogo no sólo en México, sino también en Hispanoamérica. En 1999 Ediciones Castillo produjo cinco millones de libros de texto y colecciones de temas como teoría empresarial, superación personal, análisis político, etcétera.

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Aunque estuvo al borde de la quiebra en 1995, en los últimos años su compañía ha crecido –17% en 2000, 38% en 2001 y 14% en 2002–.

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Su apuesta para 2003 está centrada en crear 150 nuevos títulos de literatura infantil y seguir con su colección Castillo de la Lectura, surgida a raíz del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil que organiza su editorial y que otorga medio millón de pesos en premios.

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 “Después de 45 años en este negocio me gusta tomar riesgos. A lo mejor no funcionan, pero 80% han salido bien. Así que seguiré produciendo la herramienta más querida de la humanidad: el libro”, dice el editor, a quien sus amigos cercanos apodan el crazy.

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Hace seis años Ramdom House Mondadori y McGraw Hill le hicieron una oferta por su negocio, pero él no quiso venderlo: “Los enanos [de su circo] aún no han crecido.”

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