Una princesa llamada México y su prínc

Un cuento de hadas, 10 años después.
Adina Chelminsky

Había una vez una princesa con un futuro prometedor, que vivía a la merced de la bruja de las “crisis económicas recurrentes”. Un día llegó a su auxilio un apuesto príncipe, montado en el corcel de las reformas estructurales y le prometió convertir sus sueños de riqueza y estabilidad en realidad... ¿Vivieron felices para siempre?

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La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el 17 de diciembre de 1992, selló el destino de México. Fue una declaración de independencia económica, que al grito de Trade, not aid, y bajo el doble estandarte de las reformas estructurales y la fuerza de la globalización, pretendía dejar atrás el yugo de la deuda y formar una relación interdependiente con el resto del mundo.

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A una década de haber sido signado (y ocho años de entrar en vigor), sus resultados no se pueden juzgar en términos de bueno o malo. Del convenio y de la apertura comercial que siguió, resultó una dualidad: beneficios macroeconómicos / sacrificios microeconómicos.

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Un cuento de hadas
Quien lee el libro que relata el desempeño macroeconómico de México, puede afirmar que los sueños se convierten en realidad. A pesar de que han existido años difíciles (1995 y 2001), el cambio es radical.

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Las exportaciones del país han aumentado más de 200%, a la vez que se ha acotado significativamente la dependencia en el petróleo; la inversión extranjera directa proveniente de Estados Unidos y Canadá se ha triplicado.

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La interdependencia comercial con el resto del mundo ha sido benéfica para el país. Hoy se maneja una balanza superavitaria con Norteamérica, a la vez que el déficit con el resto del mundo ha disminuido.

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Por otro lado, la apertura fortaleció el eje de estabilidad en inflación, tasas de interés y tipo de cambio.

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Puros Cuentos
Sin embargo, para quien vive dentro del cuento, la realidad dista de la fantasía. Los éxitos del país no se han traducido en beneficios tangibles para el grueso de la población. A pesar de que, en papel, el PIB per cápita ha duplicado su nivel, la disparidad del ingreso alcanza niveles no observados desde la década de los 80.

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Sería muy simplista atribuir esta situación a la falta de éxito en la apertura comercial. Factores exógenos, como rezagos en educación, crisis mundiales, etcétera, juegan un papel determinante.

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No obstante, la lógica detrás del TLCAN que pretendía una convergencia entre la riqueza de los mexicanos y la de sus poderosos socios no se ha dado.

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Colorín colorado, este cuento no se ha acabado
Así como las princesas no “viven felices por el resto de sus días” (el palacio probablemente estaba hipotecado y las joyas se tuvieron que vender), el acuerdo tampoco cumplió con todo lo esperado; no por falta de éxito, sino por las falsas expectativas creadas.

La apertura comercial es una condición necesaria, más no suficiente, para el desarrollo integral. Permite, simplemente, cimentar un escenario de mayores posibilidades y estabilidad.

En este ambiente se debe ahora trabajar para fortalecer mecanismos económicos y extraeconómicos (reformas estructurales, corrupción, inequidad, fallas en el Estado de derecho) que permitan crear convergencia entre las cifras que nos describen como México y el bienestar que gozamos como mexicanos.
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