Una transición sin sobresaltos

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Carlos Sámano

El “fantasma” de la crisis sexenal se hace presente en las mentes de todos. Hemos vivido experiencias por demás dolorosas, aún en circunstancias aparentemente estables.  Resulta natural preguntarnos si esta vez será diferente. Es imposible dar una respuesta contundente, pero se puede elaborar un panorama general:

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La lucha contra la inflación ha dado frutos. La meta para 1999, de 13%, se da como un hecho por prácticamente todos los analistas. Estos niveles se dan dentro de un ambiente de estricto control de gasto, de manera que el déficit fiscal se espera en sólo 1.5% del PIB. La meta oficial para el año 2000 es de un crecimiento de 10% en la inflación, con un déficit fiscal de 1%. A pesar del control inflacionario, la economía ha logrado crecer por arriba de la población.

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El gobierno no ejercerá un mayor nivel de gasto con fines electorales, como lo hemos visto en el pasado.

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Después de atravesar por una seria crisis en los precios del petróleo en 1998, la mezcla mexicana supera los $21 dólares por barril, nivel que si bien es muy difícil de sostener, ha brindado una entrada de divisas por arriba de lo esperado (el presupuesto de ingresos se elaboró con un precio promedio de $9.25 dólares por barril). Este hecho ha permitido mantener a la paridad en niveles muy atractivos, sin intervención del banco central. La paridad de nuestra moneda frente al dólar está siendo fijada por el mercado.

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El “blindaje financiero” ha reforzado el nivel de reservas, ampliando los plazos de vencimiento de deuda, de manera que no hay presiones de este tipo al menos en tres años.

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Todo esto ha traído como resultado mayor certidumbre y confianza para el inversionista, como lo demuestra la mejoría a la calificación de riesgo-país. En el primer semestre se acumuló inversión extranjera en el país por más de $5,000 millones de dólares, de la cual más de 90% es inversión directa.

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Estos grandes capitales saben bien que por primera vez en la historia las elecciones presidenciales se darán en un ambiente de franca competencia entre partidos y que la pluralidad del Congreso es irreversible. Con todo, sus expectativas apuntan hacia una transición sin sobresaltos económicos.

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Entonces, ¿por qué pensar en otra devaluación? La respuesta parece ser entonces más de tipo psicológico que económico. Siempre hay elementos de riesgo para cualquier economía, los que, con ánimo fatalista, cobran relevancia. Por ejemplo, una eventual contracción económica en Estados Unidos, pondría en serios problemas al sector exportador.

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Aún queda  mucho por hacer para permear la sana evolución de los indicadores macroeconómicos a la microeconomía. Pero los grandes capitales, capaces de generar una devaluación, basan su confianza en el comportamiento macro.

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Existe un indicador definitivo para evitar devaluaciones, y no es de índole económica. Se llama confianza. Hay que otorgarla.

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El autor es director de análisisi de la Casa de Bolsa Bancomer

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