Universidades, bajo la lupa ejecutiva

La inversión gubernamental para formar a la población es todavía pobre (apenas 5.3 % del Producto
Briseida Lavielle

México necesita ampliar el acceso a la educación media superior y superior, y ofrecer opciones técnicas y profesionales que atiendan las necesidades reales del país. El desarrollo nacional reclama una mejora radical en el tema educativo. Pero cabe preguntarse si acaso la educación es, en efecto, una preocupación prioritaria para el gobierno. Si bien el gasto educativo ahora representa una proporción mayor del Producto Interno Bruto –pasó de 3.9% en 1986 a 5.3% en 1996–, éste es insuficiente comparado con el 8% recomendado por la ONU.

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Así, una cosa es clara: la inversión realizada para formar a la población resulta escasa si se consideran las urgencias productivas del país.

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En Japón, 100% de la población escolar termina la secundaria, mientras que 75% ingresa al bachillerato. En México, 40 de cada 100 que inician la primaria concluyen la educación secundaria; 25 ingresan al bachillerato y finalmente sólo dos obtienen la licenciatura. “Estas cifras producen vértigo y no parecen estar suficientemente presentes en la conciencia de los maestros ni de los responsables de la educación”, se afirma en el Examen de la Política Nacional de Educación, estudio reciente hecho por la OCDE a solicitud de México.

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Sin embargo, el país y las empresas “funcionan” hasta ahora con los escasos técnicos, profesionistas y aún menos abundantes posgraduados egresados del sistema educativo nacional.

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¿Cuál es el perfil educativo de los ejecutivos?, ¿qué universidades nutren a los cuadros directivos de las empresas?, ¿cuáles son las mejores universidades? Para responder a estas y otras interrogantes, el Departamento de Investigación y Desarrollo de EXPANSIÓN realizó dos encuestas: una directamente con los ejecutivos de alta dirección y mandos medios, otra con el área de recursos humanos de las empresas. Los resultados de ambas son ilustrativos y reveladores.

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¿Qué estudian y en dónde? Contaduría, administración e ingeniería son las principales carreras que cursaron los ejecutivos. Y no es extraño; de hecho, estos resultados se aproximan a la estructura de la matrícula nacional, donde 35% del alumnado se concentra en estas carreras. Los que estudiaron diplomados o maestrías lo hicieron principalmente en las áreas de finanzas y administración, y los pocos que realizaron doctorado también se abocaron a estas áreas o a economía.

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Sin duda, las más grandes universidades del país son los principales semilleros de ejecutivos y, dentro de éstas, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es la institución que más cuadros ha proporcionado a las empresas. Le siguen el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y, más lejos, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de México (ITESM) y la Universidad Iberoamericana (UIA).

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En las empresas de mayor tamaño, la UNAM mantiene su presencia, mientras que aumenta la participación del ITESM. En posgrado, éste último cobra mayor relevancia. En términos generales, son las instituciones privadas las que principalmente forman a los ejecutivos posgraduados, pese a que las instituciones públicas tienen la mayor oferta del país.

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¿Es adecuada la formación universitaria? En opinión de los ejecutivos consultados, las necesidades de formación no son satisfechas a plenitud por las universidades. Una tercera parte está en desacuerdo con que la universidad le haya dotado de los elementos básicos para desempeñar las funciones ejecutivas. Por supuesto, como se revela en las gráficas de la derecha, la opinión varía de acuerdo con la universidad de la cual egresaron. Entre los egresados de la UIA y del ITESM el porcentaje de satisfacción es mucho mayor que entre los egresados de la UNAM y del IPN.

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POR UN ENFOQUE MÁS PRÁCTICO
Independientemente de la universidad de origen, los ejecutivos coinciden en que la formación universitaria debería tener un enfoque “más práctico”. Resulta ilustrativo que un ejecutivo de una empresa con ventas anuales hasta por $100 millones de pesos, de 33 años y egresado del ITESM, proponga “el involucramiento del estudiante en las empresas”, de la misma forma que otro de una empresa que factura anualmente más de $500 millones de pesos, de 35 años de edad y egresado de la UNAM, sugiera incluir “estudios de caso”, o que uno más, de 48 años, egresado de la UIA, aconseje realizar “trabajo de campo”. Y en la misma dirección apuntan un egresado del IPN, de 53 años, quien propone “trabajo en equipo en casos prácticos” y otro graduado del ITESM, que exige “maestros con experiencia práctica real”.

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Además de la propuesta de cerrar la brecha entre teoría y práctica, los consultados sugieren incluir (o en su caso, reforzar) dentro de los programas de formación profesional, temas o materias tales como: toma de decisiones, visión de negocios y estrategias; liderazgo, trabajo en equipo, habilidades gerenciales; manejo de los recursos humanos y calidad; ética; entorno económico, social y político de la empresa y algunos aspectos puntuales como finanzas, administración, idiomas y computación.

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Algunas de las propuestas debieran incluirse en la curricula de todas las carreras, mientras que otras representan las habilidades y conocimientos específicos con los que deben contar quienes dirigen las empresas, pues son herramientas para enfrentar la realidad cotidiana. Actualmente, no son las universidades las que proporcionan estas armas, sino que son los propios ejecutivos quienes las adquieren en la práctica, aún cuando, en última instancia, son éstas las que cuentan al momento de decidir un ascenso a puestos de mayor responsabilidad.

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Llama la atención el énfasis que los consultados han puesto en la ética. Se antoja que debiera formar parte de los valores de todo individuo, sea funcionario público, secretaria, docente, campesino, empresario o ciudadano cualquiera. Sin embargo, la reiterada preocupación de los ejecutivos revela su inquietud por la ausencia de ética. No es para menos: en el contexto actual del país, una serie de acontecimientos ha puesto en evidencia el grado alarmante de corrupción que existe en los más altos niveles de la sociedad. (Carlos Fuentes, por citar un comentario al respecto, apunta que la realidad de México está dejando a los escritores sin temas de ficción.)

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¿Educación privada contra pública? Aunque las instituciones públicas de educación superior atienden 77% de la matrícula de licenciatura; 84% de la de especialización; 65% de la de maestría y 90% de la del doctorado, su crecimiento en términos absolutos se ha desacelerado principalmente por razones presupuestales. Por otra parte, la importancia de las instituciones privadas de educación superior se ha acentuado en años recientes.

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En cualquier caso, sin embargo, la oferta de educación superior en México, tanto en términos de cantidad como de calidad, muestra dramáticas insuficiencias.

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A juicio de los ejecutivos consultados, los factores que debilitan a las universidades públicas son: el bajo nivel académico, el gran número de alumnos que atienden, así como la “politización” en este tipo de instituciones. Respecto de la calidad del personal docente no existe consenso, aunque la mayoría se inclina a pensar que es un punto frágil.

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En contraparte, el alto costo, el “elitismo”, el enfoque de la formación falto de visión social, el acceso limitado y el mercantilismo constituyen las debilidades de las universidades privadas.

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En el otro lado de la moneda, las fortalezas de las universidades públicas se centran, según los consultados, en la facilidad de acceso dado su bajo costo (prácticamente nulo en lo que hace a colegiatura), la diversidad de corrientes de opinión y su infraestructura. Se reconoce, además, el esfuerzo de los estudiantes, el enfoque social de la enseñanza, así como los niveles relativamente altos de investigación.

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De las universidades privadas valoran el nivel académico, la calidad de su personal docente, la infraestructura y la actualización de los programas de estudio, además de la disciplina y el número reducido de estudiantes, factores que permiten una atención más personalizada.

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Si se toma el conjunto de estas opiniones, se deduce que las fortalezas de la educación superior en México estarían expresadas en un alto nivel académico, la calidad de la cátedra, la infraestructura de punta, una atención personalizada a los estudiantes, programas de estudio actualizados, diversidad de pensamiento y enfoque social, en tanto que sus debilidades serían el alto costo –que deriva en acceso limitado y elitista–, así como la masificación, que dificulta el proceso de enseñanza-aprendizaje.

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¿Quién debe ofrecer este tipo de educación? La enseñanza superior en México está principalmente en manos del sector público, lo que hasta ahora ha permitido un acceso más amplio de la población. Sin embargo, son evidentes las carencias que han contribuido a una exacerbada pérdida de confianza en las instituciones públicas.

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¿La privatización de la educación solucionaría el problema de la educación? En México, como en muchos países, se ha pretendido resolver algunos problemas económicos mediante la mayor participación del sector privado. Esto tentaría a proponer la misma receta al abordar el problema educativo. Sin embargo, en un país donde sólo dos de cada 100 personas que ingresan a la primaria logran obtener un título universitario y 71% de la población total percibe a lo sumo cinco salarios mínimos, la solución de los problemas en materia educativa, al igual que en otros ámbitos de la vida social, no es tarea sencilla. Un eventual retiro del Estado probablemente no solucionaría las cosas.

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Tendría que ser la sociedad mexicana en su conjunto quien propusiese, con carácter de urgente, las posibles soluciones al problema de la educación en el país. De entrada, para lograr niveles superiores es necesario que la educación se constituya en una prioridad nacional, lo que en términos financieros tendría que traducirse en un aumento relevante de la inversión educativa hasta alcanzar, mínima-mente, el 8% del PIB recomendado por la ONU.

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Exige, además y entre otras cosas, la participación de los docentes y las autoridades académicas, así como la adecuación de los programas de estudio para elevar el nivel académico de los estudiantes. Todo ello se resume en un solo propósito: mejorar la conducción del sistema educativo. ¿Suena a utopía?

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