Universidades-empresas. Un romance incip

De que existen proyectos de vinculación tecnológica, los hay. Pero aún la academia puede y debe c
Valentín Fuentes Muñoz-Ledo

Todavía está flojo el lazo que debería unir, estrechamente, el sector industrial con las universidades. Los proyectos avanzan, se multiplican en algunas casas de estudio, sólo falta que industriales y academias acepten su indisoluble “affair”.

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Las tareas de investigación aplicada en desarrollo tecnológico por parte de las universidades son muy recientes; por lo tanto, su vinculación con el sector productivo es todavía muy joven. Así opina Sergio Reyes Luján, coordinador de Vinculación de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa (UAM-I), cuando calcula el tiempo que tienen trabajando las empresas e instituciones de educación superior mexicanas en proyectos de investigación científica y tecnológica.

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De acuerdo con un análisis publicado por Nacional Financiera (Nafin), hasta los años 80 el modelo económico del país no hizo mucho caso al desarrollo tecnológico local como medio para fortalecer la industria. La demanda de conocimientos a las universidades fue nula y los procesos de cambio eran traídos del exterior. “Ni siquiera había una área que reconociera a la investigación tecnológica aplicada –agrega Reyes Luján–; la inmensa mayoría fuimos formados con poca aplicación y vinculación.”

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A finales de esa década, recuerda la investigadora Giovanna Valenti de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco (UAM-X), emergió un modelo de ciencia y tecnología orientado a la integración con el mercado, en el que la producción de conocimientos era dirigida por las demandas de las empresas. Así, a partir de los años 90 el interés de las instituciones de educación superior aumentó, lo que dio como resultado que adecuaran sus programas de estudio a los requerimientos de formación del capital humano de las compañías, fomentaran el desarrollo de la investigación aplicada y promovieran la creación de tecnología nacional.

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María Dolores Sánchez Soler, secretaria Académica de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), coincide en que hasta el último decenio se puso en la mesa el tema de la vinculación universidad-sector productivo. “Es una actividad que se da constantemente, pero por mucho tiempo careció de reglas de operación al interior de las universidades. En los años 90 se institucionalizó en prácticamente todas las escuelas afiliadas.”

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La ANUIES realizó un diagnóstico, junto con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), para conocer el funcionamiento de la relación entre los dos sectores. Conformó grupos de trabajo en seis regiones del país, en los que especialistas y expertos investigadores se dieron a la tarea de diseñar cursos. Destaca el que se hizo para identificar áreas de oportunidad del sector productivo con su entorno, curso que se realiza desde hace un lustro con la Agencia Española de Cooperación Internacional. “En el momento en que Conacyt diseñó sus programas, nosotros los difundimos para que los responsables de vinculación tuvieran el  know how respecto de la forma de presentar proyectos con el sector productivo”, señala Sánchez Soler.

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Subraya que la ANUIES cuenta con una larga relación con el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y la Cámara Nacional de la Industria del Acero (Canacero), organismos con los que ha tenido programas de colaboración. “Hemos impartido, junto con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) y el Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa (ILCE) un diplomado en derechos de autor y propiedad industrial, porque hay muchas negociaciones entre las instituciones de educación superior y el sector productivo en las que es preciso dejar claro a quién le pertenece qué, cuando desarrollan algo”.

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Estas condiciones no se dieron por casualidad. Para especialistas de la UNAM como Rosalba Casas y Mónica Luna fueron más bien resultado de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), así como de un programa de modernización educativa que integró criterios como competitividad, productividad y diversificación del financiamiento de las universidades.

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Hoy, las colaboraciones entre universidades y empresas se orientan generalmente a actividades que van desde la prestación de servicios especializados, hasta el desarrollo de investigación básica y de tecnología. De acuerdo con Mónica Casalet, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), la existencia de infraestructura especializada –laboratorios y equipos– es una condición para que las instituciones de educación superior puedan responder a las demandas de las empresas.

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Ejemplos de la vinculación

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Aún es limitada la demanda de conocimientos de las compañías a las universidades del país. Sin embargo, empresas multinacionales establecidas en México como AT&T, Basf Group, Bayer, Ciba-Geigy, Hoechst, Motorola y Procter & Gamble mantienen convenios formales con las más importantes instituciones de educación superior.

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De acuerdo con la secretaria Académica de la ANUIES, existe un programa de apoyo a microempresas de base social con las universidades autónomas de Baja California y Nayarit, en el que 80 prestadores de servicio social y 12 investigadores trabajan en la mejora de sus indicadores microeconómicos (costos, contabilidad, producción, etcétera). Destaca la labor de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) que, en conjunto con indígenas ñañús, exporta a Europa productos naturales, cosméticos, champús y enjuagues.

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Otro caso que destaca del matrimonio universidad-empresa es el proyecto de biotecnología ambiental de la UNAM; consiste en establecer un sistema de tratamiento anaerobio de residuos orgánicos, líquidos o semisólidos en diversas industrias del país. La ventaja de las empresas al utilizar este sistema es, entre otras cosas, no necesitar de energía externa para su funcionamiento y la posibilidad de generar metano, elemento susceptible de ser aprovechado para diversos fines industriales. La técnica nació de la capacidad científica del Instituto de Ingeniería de la UNAM, complementada con la de la UAM y la de la Agencia Francesa de Cooperación Internacional (ORSTOM).

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La UAM elaboró un sistema parecido que consiste en el desarrollo de un tratamiento biológico de aire para Grupo CYDSA, firma dedicada a la fabricación de productos para los sectores químico, ambiental y textil, entre otros. En sus instalaciones de Nuevo León produce fibra de rayón y celofán que requieren de pulpa de celulosa. Una parte del solvente para el tratamiento de esa celulosa origina emisiones de compuestos de azufre. Por esta razón, después de muchas horas de investigación en laboratorio y en la planta, los investigadores universitarios diseñaron un biolavador industrial que purifica el aire contaminado. Más tarde se pusieron en operación otras dos plantas para tratar emisiones gaseosas en la producción de esponjas, diseñadas y construidas en Estados Unidos bajo la dirección de CYDSA.

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La UAM también encabezó, en sus laboratorios, la investigación que condujo al desarrollo tecnológico para el tratamiento de aguas residuales. Asunto que le dio a los profesores puntos en el escalafón académico, temas para tesis a los estudiantes y un reconocimiento a escala nacional.

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Otro ejemplo es el del “Centro Piloto del Semidesierto para el Desarrollo Sustentable”, en el ejido Jagüey de Ferniza, en Saltillo, que inició como servicio social con productores, maestros y estudiantes de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro; sirvió para identificar los cuellos de botella en los procesos de desarrollo agropecuario. Los recursos financieros fueron aportados por la Fundación Kellogg’s, y se destinaron principalmente a la compra de vehículos, equipo y salarios de técnicos.

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Hay más experiencias como la del desarrollo y transferencia de tecnología orientados a solucionar el problema ecológico, ocasionado por la presencia de cianuro de sodio en efluentes de la industria minera, realizado por el Instituto Tecnológico de Durango a solicitud de Minas de San Luis. El centro de estudios propuso diseñar biotecnológicos para la recuperación de oro y plata, capaces de evitar la contaminación por cianuro de sodio en los efluentes de la industria. Los resultados llevaron a la creación de una patente.

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Un caso más: el Modelo Hidráulico del Cárcamo de Bombeo, que consiste en el desarrollo de un estudio tecnológico para la operación de dos centrales termoeléctricas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), con la finalidad de suministrar agua fría al sistema de condensación para cerrar el ciclo de vapor-agua en la generación de energía eléctrica. Participaron alumnos e investigadores de la carrera de Ingeniería Civil, con especialidad en Hidráulica, de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, Unidad Zacatenco, del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y la empresa Bufete Industrial como firma contratada por la CFE.

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El Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Campus Oaxaca (ITESM-O), a través de su centro de Agronegocios (CIAG), a petición de Industrias Alen, realizó un estudio estratégico sobre las principales oportunidades de las comunidades indígenas de Zezontepec, Oaxaca, para explotar la resina de pino, materia prima para la producción de brea y aguarrás, utilizados en la fabricación de cosméticos, perfumes, adhesivos, tintas, alimentos y limpiadores, entre otros productos. Con esto, Industrias Alen estableció una política de vinculación más estrecha en las comunidades propietarias del recurso forestal con el ITESM-O, a fin de fortalecer la provisión de la materia prima para elaborar el producto de limpieza Pinol. Se realizaron pruebas de laboratorio, exploraciones del bosque y un estudio de factibilidad. Así, Industrias Alen garantiza el abasto de materias primas estratégicas para mantener su posición en el mercado.

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También unieron sus destinos el Instituto Tecnológico de Veracruz y la empresa Compañía Mexicana de Terminales, dedicada al almacenamiento y manejo de productos líquidos a granel (petroquímicos, químicos, aceites comestibles y lubricantes de exportación).

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El centro de estudios ayudó, a solicitud de la empresa, a instaurar un ambiente de trabajo ordenado, limpio, cómodo y organizado, además de un sistema de clasificación de procedimientos de trabajo en sus diferentes áreas.

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Educación permanente

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La Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Autónoma de Yucatán (UAY) se vincula al sector productivo por medio de cursos especiales, a través de su Promotora de Asesoría, Investigación y Tecnología (Printec). Este organismo se dedica a involucrar a las empresas innovadoras de la región que buscan actualizarse o aprovechar oportunidades tecnológicas, con el fin de iniciar o mejorar sus procesos productivos. Agroindusrias Terol, dedicada a la producción, procesamiento y comercialización de frutas tropicales exóticas, trabajó conjuntamente con la facultad yucateca en cursos de actualización sobre diseño de envases, normatividad para el etiquetado y en prácticas de higiene y sanidad en la corporación.

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Con ayuda del Conacyt, a través del Sistema Regional de Investigación Justo Sierra Méndez, que financió la adquisición de un predio para experimentos, se impulsó la producción de maracuyá. Más tarde se dio paso al diseño, proyección y puesta en marcha de una procesadora de jugo concentrado, con participación de alumnos de la Facultad de Ingeniería de la UAY, que les valió el reconocimiento como la mejor empresa del año por empresarios afiliados a la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex). “Hicieron una maquinita que facilita el pelado y la extracción de la pulpa del fruto”, explica Lizbeth Estrada Osorio, jefa del departamento de Vinculación Institucional de la UAY.

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El proyecto fue enlazado a las acciones de Desarrollo Empresarial Mexicano (DESEM), organización de fomento al emprendedor. Se agrupó un equipo de universitarios que, bajo la tutoría empresarial de Terol, formuló, manufacturó y comercializó líquido con base en jugo de maracuyá. “Se determinó la presentación de la bebida como jarabes y refrescos”, señala Estrada, y comenta que el producto, que llegó a los anaqueles del mercado envasado en polietileno, también se distribuyó para exportación.

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La funcionaria universitaria explica que este no es el único caso exitoso. “En la rama de la construcción se desarrolló un software que funciona como cuaderno de anotaciones y facilita el proceso de supervisión de las obras, especialmente las de interés social”. La Facultad de Ingeniería se encargó del prototipo utilizado en la práctica por “Promotora Residencial. Micro, pequeñas y medianas empresas en la mira universitaria”.

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“De las empresas en México, 93% son pequeñas y micro. Por convenio, las universidades les dan acceso a estudios de caracterización, análisis y medición”, dice Sergio Reyes, de la UAM-I. Sin embargo, hay otras formas de acercamiento, como la establecida por la Universidad Anáhuac del Sur que ayuda a este tipo de industria, vía financiamiento a microcréditos. “Nosotros no damos dinero, orientamos al empresario y le ayudamos a acercarse a los organismos de apoyo; además, brindamos capacitación y asistencia a las instituciones financieras dedicadas a dar crédito popular”, señala Fernando Fabre, titular del Consorcio Latinoamericano para Capacitación en Microfinanciamiento (Colcami), organismo establecido por esta universidad, que cuenta con la asociación del Banco Sol de Bolivia, Bandesarrollo de Chile, y Fenacoac (cajas de ahorro de Guatemala), entre otros. El sector de las pequeñas y medianas empresas trabajan en conjunto con Banca Di Roma.

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Para Sergio Estrada Orihuela, director de Desarrollo de la Investigación de la UNAM, en esta institución existe un interés particular por apoyar empresas mexicanas, en especial a las pequeñas y medianas, y también ha iniciado esta labor con compañías grandes como Grupo Modelo, “a la que le ayudamos en la implantación de sistemas de mejora continua para el desarrollo de sus tecnologías”. Entre otras firmas con las que han trabajado figuran Aceros Anglo, Egon Meyer, Wilson-Troy de México e INAMEX.

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Sánchez, de la ANUIES, señala que la vinculación entre empresas e instituciones de educación superior es un factor clave en el despegue del país; considera que el desarrollo productivo depende, en gran medida, del conocimiento y la capacidad instalada de las universidades. Por lo pronto en la UNAM, de acuerdo con Estrada, existen en proceso más de 70 laboratorios de investigación y docencia para orientar su capacidad organizacional futura –próximos 20 años– y fortalecer los lazos con el sector productivo. “La tendencia mundial es normalizar, certificar y acreditar procesos y productos en laboratorios reconocidos.” En esta tarea debe involucrarse a los investigadores con suficientes incentivos, como explica Reyes Luján. “Tenemos que mostrar a los profesores que quienes han trabajado en vinculación son reconocidos por el Sistema Nacional de Investigación (SNI); no perdieron sus clases y han llevado recursos económicos a las universidades, con lo que se han equipado mejor los laboratorios”.

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Reconoce que en México todavía falta mucho camino por recorrer en el ámbito de la relación universidad-empresa y cita, como ejemplos a seguir, a Estados Unidos y Francia, donde las grandes instituciones de investigación “cuentan con la presencia cotidiana de industriales en sus grupos de trabajo”.

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