Urge una Política Cambiaria Predecible

La &#34mini crisis&#34 de junio dejó entrever la necesidad de contar con un tipo de cambio que prop
Alejandro Castillo

La inquietud observada en los mercados de dinero y de capital en la segunda mitad de junio es una llamada de atención sobre la necesidad de establecer una política cambiaria predecible, lo cual no quiere decir que deba fijarse el tipo de cambio. Al contrario, la evolución de la paridad debe ser inducida para evitar incurrir en nuevas crisis, o “minicrisis” —como la que se presentó en junio—, y favorecer el desarrollo de una planta industrial competitiva.

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La visión de los fundamentales
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En los meses recientes ha quedado claro que existe más de una forma de medir la fortaleza o debilidad del peso, así como para evaluar las consecuencias de una u otra situación.

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Hubo quienes consideraron que la apreciación del peso con respecto al dólar era consecuencia natural de la “confianza” que tenían los inversionistas en la recuperación de la -economía nacional, lo que suponía que habría un consecuente ingreso de divisas. Eso ocurría, aunque en realidad los ingresos por inversión extranjera no eran tan importantes: las divisas captadas eran producto de la colocación de valores. Sin embargo, quienes elogiaban la apreciación del peso, llegaron a criticar a los empresarios que, -obligados a exportar, resentían una progresiva pérdida de competitividad internacional conforme se apreciaba el peso.

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De hecho, al mismo tiempo que se fortalecía el peso, comenzaron a advertirse, aunque con retraso, algunos problemas. Cabe señalar que la información más oportuna, la de la balanza comercial, se proporciona casi un mes después de concluido el ejercicio mensual.

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No obstante, conforme se conocían los resultados, mes a mes se fue confirmando una modificación en la dinámica del intercambio con el exterior.

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Aunque las exportaciones sin maquila aumentaban aceleradamente —hasta mayo reportaban un crecimiento -acumulado de 21.6%—, las importaciones se recuperaban y crecían casi a la par —20.2%—. Después de registrar tasas negativas, las importaciones de bienes intermedios comenzaron a crecer -rápidamente, de tal modo que en mayo alcanzaron la cifra récord de $3,600 -millones de dólares, con un crecimiento anual —mayo a mayo— de 37%, tasa que duplicó al incremento de 17.6% observado en las exportaciones -manufactureras sin maquila. Como consecuencia de ello, ese mes el superávit de la -balanza comercial sin maquila fue de sólo $32.9 millones de dólares

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Sin duda, el conocer esas cifras repercutió en los mercados, contribuyendo a la incertidumbre que se presentó durante la segunda quincena de junio. El impacto fue más fuerte cuando día a día los operadores encontraron un dólar demandado por el cierre del periodo trimestral y semestral, además de un panorama incierto por la evolución de las tasas de interés en Estados Unidos.

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Se corrigen o se acumulan compromisos
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Todo indica que, conforme se apreció el peso, los exportadores prefirieron utilizar materias primas importadas antes que integrar insumos nacionales encarecidos por dicho fortalecimiento.

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De acentuarse ese proceso, además de dar al traste con los esfuerzos de integración iniciados en 1995, se provocaría que la industria nacional tu­viera un comportamiento de maquiladora, reduciendo el valor agregado en México. Sin duda se registrarían exportaciones récord, sólo que también las importaciones alcanzarían máximos históricos.

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El problema es que una operación de ese tipo no dejaría margen suficiente para cubrir el costo de las importaciones de insumos que se destinen al mercado nacional, así como de los bienes de consumo y de capital que se requieran para satisfacer las necesidades del país. Cabe recordar que este año se demandarán importantes volúmenes de granos del exterior.

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La situación se complica cuando el saldo comercial se observa inserto en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Al eventual déficit en la balanza comercial se debe añadir el hecho de que la suma algebraica del resto de los renglones tiende a dar un resultado negativo.

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Recuérdese, por ejemplo, lo que su­cedió en el primer trimestre. Entonces, el saldo en los servicios factoriales —intereses, regalías y otros—ascendió a $3,705.3 millones de dólares; dicha cifra no fue compensada por los superávit registrados en los renglones de servicios no factoriales —turismo, fletes y seguros— y en las transferencias —envíos que realizan mexicanos desde el exterior—, que sumaron $1,397.3 millones de dólares. La suma algebraica de esos renglones resulta un egreso de divisas por $2,308 millones de dólares. Así, a pesar de que en ese periodo hubo un superávit comercial de $1,845 millones de dólares, el saldo en cuenta corriente fue un déficit de $462.3 millones de dólares.

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Momento de corregir
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Aunque existe la posibilidad, como ocurrió en el salinismo, de que el déficit en cuenta corriente se financie con el aumento de pasivos en la cuenta de capital —créditos o inversión—, no estaría mal que se aceptara que el país no puede asumir compromisos con el exterior de manera indefinida.

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La opción parece encontrarse en la aplicación de una política cambiaria promotora de las exportaciones, que se complemente con una política de fomento a la inversión extranjera directa y de regulación a la inversión foránea en cartera, puesto que sólo de esa forma podrá incre­mentarse el flujo de dólares que ingresan al país como resultado de la actividad productiva.

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Se argumentará que los niveles de la reserva de divisas dificultan la aplicación de una política diferente a la de flotación cambiaria. Sin embargo, eso podría superarse con la experiencia que ya posee el Banco de México, institución que ha demostrado tener una gran capacidad para “esterilizar” divisas, “ensuciar” la flotación cambiaria o “secar” el mercado, incluso en las condiciones más difíciles, siempre con el propósito de aparentar estabilidad y, en su caso, propiciar una reevaluación del peso.

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En todo caso, habría que esperar que utilizara todo su instrumental para lograr un tipo de cambio competitivo, mientras más competitivo mejor, con el máximo de estabilidad posible en precios.

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