Utopia de clase media

Un grupo de colonos de Guadalajara ensaya una nueva forma de vivir en armonía con la naturaleza. ¿
Guadalupe Rico / Guadalajara

Miguel Aldana encontró la tierra prometida. Después de una temporada en un monasterio de la India y contagiado por los movimientos ecologistas de los años 60, el arquitecto reunió a un grupo de amigos para fundar una especie de comuna, con la intención de vivir en la mayor concordia posible con la naturaleza. El resultado fue el fraccionamiento Los Guayabos, en las afueras de Guadalajara, que ya ha sobrevivido 11 años como un experimento que combina las costumbres de la clase media urbana con una serie de reglas estrictas para el respeto al ambiente.

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Podría ser llamado el primer lugar libre de detergentes e insecticidas del México moderno. Los reglamentos que deben cumplir sus colonos limitan hasta el número de perros o gatos que puede tener cada casa y prohiben el uso de los faros de los autos durante la noche, para no asustar a la fauna nativa. "Era como vivir en el Discovery Channel", se queja uno de sus antiguos pobladores, un director de cine que se mudó al Distrito Federal. "Nos gusta muchísimo por el verde, el espacio, la montaña de al lado, el tipo de arquitectura", dicen Javier Clausen, un consultor ambiental, y su esposa Marcela García, quienes hicieron el recorrido contrario, desde la ciudad de México.

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La tierra prometida no fue, como podría esperarse, un área virgen, sino un terreno que ya tenía un grado promedio de deterioro ambiental, común en los años 80. Esto implicaba un reto de restauración. Para privilegiar las áreas verdes, se definió que dos tercios del territorio debían ser de uso común, con jardines, caballerizas, una especie de casa club, un temazcal y juegos para niños. El resto se destinó a lotes privados, de los cuales, a su vez, sólo la tercera parte sería para construcción. "Todo estaba demasiado depredado, por lo que mucha de la labor inicial consistió en rescatar la poca vegetación que existía", recuerda Aldana. Los primeros pobladores recuperaron la vegetación y los árboles nativos –aún ahora hay un límite para introducir plantas exóticas a la región–. Al estar libre de plaguicidas, pesticidas y fertilizantes químicos, el fraccionamiento se ha convertido en un espacio vital para aves, insectos y otras especies de la fauna silvestre.

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Cada finca debe tener una fosa séptica para tratar el agua del drenaje que se utiliza en labores de riego. Los camiones recolectores de basura son una especie desconocida: los habitantes deben depositar sus desperdicios inorgánicos, previamente clasificados, en unos contenedores para que sean reciclados. Los desperdicios orgánicos se acumulan en un pozo con el fin de elaborar fertilizante.

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La idea del creador de Guayabos, ahora de 57 años, nunca fue empezar un negocio inmobiliario, pese a que antes era la actividad a la que se dedicaba. Al contrario: según dice, el proyecto pecó de idealista al principio. Los amigos fundadores habían acordado pagar una cuota mensual de acuerdo con sus posibilidades para la compra y el mantenimiento de un predio común –120,000 metros cuadrados en 1981–. La fórmula se modificó con la idea de que cada quien pagara de acuerdo al tamaño de su propiedad. Como sea, el fraccionamiento conservó su carácter comunitario, al ser registrado en una escritura mancomunada. Y no sólo por eso: sus habitantes –de los pioneros quedan muy pocos– se organizan en una Asamblea General de Propietarios, para dividirse las tareas de conservación en 26 comités diferentes, que van desde las normas de construcción y de clasificación de desechos, hasta uno que resuelve problemas relacionados con los perros.

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¿Será negocio?

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En el fraccionamiento viven ahora 140 personas, repartidas en 45 casas. La extensión actual es de 131,000 metros cuadrados. No es necesario ser fundador para vivir ahí. Los terrenos se venden a unos $500 pesos el metro cuadrado y la renta de una casa oscila entre los $5,000 y los $8,000 pesos mensuales. Eso sí, quien compre 1,500 metros cuadrados sólo puede usar una tercera parte –los otros 1,000 son comunes– y únicamente se le permitirá construir 175 metros de planta.

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Clausen considera que "el proyecto ya no es tan comunal, aunque sí hay una diferencia con cualquier otro tipo de fraccionamiento, porque la relación entre la gente es más relajada, no hay una indiferencia con el vecino y hay mucha identificación con Los Guayabos". Pero el compromiso con el bien común se ha debilitado, según señalan algunos pobladores. "Creo que estamos peor que como empezamos", comenta Aldana. Por ejemplo, para lavar los platos hay que preparar una mezcla con jabón neutro, un pequeño esfuerzo que hace más complicada esa tarea. "Algunos habitantes meten a escondidas su detergente", dice una guayabense convencida. Eso deteriora las fosas sépticas. Si siguen esas prácticas, advierte Clausen, el sitio corre el riesgo de convertirse en "una zona bonita más". "Cuesta trabajo acostumbrarse al reglamento, porque tratamos de que realmente sea una forma de vida", afirma Martha Ballesteros, quien hace más de cuatro años renta una casa en el lugar.

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Arturo Curiel, jefe de la Unidad de Vinculación y Difusión Científica de la Universidad de Guadalajara (UDG), opina que el gran reto que tiene Los Guayabos es asegurar los mecanismos que garanticen el sentido comunitario. Aldana está desarrollando proyectos similares en Saltillo, Coahuila, y en el Valle de Tesistán, Jalisco. ¿Y son rentables? "Una de las ventajas –contesta– es que no hay competencia, aunque la desventaja es que, al no haber tanta conciencia ecológica, no hay tanto mercado como en el desarrollo de vivienda de interés social."

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Juan Lanzagorta, jefe del departamento de Hábitat y Desarrollo Urbano del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) es menos optimista: "México aún no está preparado, este fue el desarrollo de una elite privilegiada que tenía los recursos… Ya quisiéramos todos vivir ahí, pero es un concepto utópico en los tiempos actuales."

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