Venezuela <br>Un socio con esperanzas

Pese a que el actual intercambio comercial entre México y la nación sudamericana es aún raquític

Entre México y Venezuela todo es relativamente nuevo en relaciones comerciales. Sólo a partir -de 1980, cuando ambas naciones suscribieron el Pacto de San José a fin de suministrar petróleo en condiciones preferenciales a los países centroamericanos y del Caribe, el intercambio creció de manera considerable.

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Luego, en 1983, aunque con otro propósito, junto a Colombia y Panamá formaron el Grupo Contadora cuyo papel fue servir como mediadores en los conflictos de Centroamérica.

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No fue sino hasta 1989 cuando, con el afán de establecer una zona de libre comercio, ambas naciones, junto con Colombia, decidieron formar el Grupo de los -Tres (G-3). Éste —que representa un mercado potencial de aproximadamente 140 millones de consumidores y cuyo valor conjunto de producción equivale a casi 40% del PIB total de América Latina— entró en vigor el -1° de enero de 1995.

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El G-3 ha realizado esfuerzos por impulsar la cooperación e integración de las tres naciones en áreas como energía, comercio, finanzas, comunicaciones, turismo y cultura. Concretamente, el compromiso fue eliminar en forma gradual las barreras arancelarias y no arancelarias que existían hasta ese momento entre los tres países.

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Entre México y Venezuela, el intercambio comercial fluctúa actualmente entre $200 y $450 millones de dólares. Este dato proporcionado por fuentes oficiales venezolanas refiere una diferencia tan grande que no permite dimensionar exactamente la relación comercial entre ambas naciones.

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Intercambio diversificado
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Los productos aztecas más demandados por los venezolanos componen un enorme abanico, lo que no significa necesariamente que el volumen sea sustancial en la mayoría de los casos. Estos van desde automóviles y autopartes, aluminio, acero, alimentos, bebidas, artículos para el hogar y prendas de vestir, hasta electrónicos y libros. Y, curiosamente -—ya que ambas naciones son petroleras—, México también destaca como abastecedor de derivados del petróleo, en especial petroquímicos.

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En cuanto a vehículos, sólo en 1992 (último periodo que en este rubro maneja la embajada de aquella nación) México exportó a Venezuela un volumen equivalente a $44 millones de dólares especialmente Volkswagen y Nissan, cifra que se estima ha mantenido un continuo crecimiento en los últimos años.

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México, además, provee de productos especializados a la Compañía Nacional de Teléfonos de Venezuela.

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Por su parte, los venezolanos venden al país aluminio, hierro y sus manufacturas que, en promedio, representan cerca de $121 millones de dólares. México también importa subproductos del petróleo, como combustibles y aceites, cuyo valor representa poco más de 10% de sus importaciones totales de Venezuela.

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Vía libre para la inversión
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El plan de desarrollo de la actual administración venezolana incluye diversos estímulos para la inversión privada, nacional o extranjera.

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Entre ellos destacan la eliminación del impuesto a las ventas para las nuevas inversiones; garantía legal de repatriación de capitales y dividendos para las inversiones extranjeras, y agilización de los trámites burocráticos.

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En cuanto a esto último, el gobierno, a través del Fondo de Inversiones de Venezuela (FIV), eliminó el precio base para la apertura del registro de los inversionistas. Gracias a ello, los interesados pueden hacer, en su totalidad, su propio estudio del negocio al precio que más les convenga. Antes debían completar el precio que fijaba públicamente el FIV. Asimismo, el proceso de registro es anunciado a través de avisos en diarios y revistas nacionales e internacionales.

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En otro orden, el Fondo estableció tres modalidades de privatización: venta de activos, venta de acciones y concesiones. En las ventas de activos, además de que se privatiza sólo un bien o una instalación, no hay participación laboral; en la de acciones, los trabajadores tienen opción de comprar entre 10 y 20% del paquete accionario de la empresa privatizada.

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Aunque Venezuela cuenta con infraestructura adecuada, ubicación geográfica estratégica y diversos recursos naturales, invertir allí implica riesgos diversos: el control del tipo de cambio, una inflación galopante, inseguridad jurídica y problemas políticos y económicos locales. Debido a todo esto se ha reducido considerablemente el flujo de inversiones extranjeras.

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Aún así, en 1994 diversos empresarios foráneos adquirieron acciones de compañías manufactureras, cementeras, eléctricas y elaboradoras de cartón. Estos sectores, además del financiero, del transporte, comunicaciones, turismo y servicios, están abiertos al capital externo.

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Entre las inversiones latinoamericanas radicadas en Venezuela destacan dos mexicanas, una de Brasil y otra de Colombia. Las aztecas son de Cemex, que con una inversión de $100 millones de dólares compró la cementera local Vencemos, y de Grupo Posadas, que construye cuatro hoteles en tierras venezolanas, que serán inaugurados este año con una inversión superior a $40 millones de dólares. Dicho proyecto creará más de 1,300 empleos y aspira a captar 45% de la demanda hotelera local y foránea.

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Por su parte, la cervecera carioca Brahma compró, por $90 millones de dólares, una planta local y lanzó una agresiva campaña de comercialización destinada a captar, en dos años, hasta 20% del mercado doméstico. El grupo colombiano Ciamsa, por último, lanzó sus dardos y, con $2.9 millones de dólares, ganó la subasta para adquirir la Central Azucarera Ureña.

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Dentro del G-3
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Gracias a la conformación del Grupo de los Tres, se tiene previsto un repunte de los flujos de inversión, los cuales hasta ahora han sido muy bajos.

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Según el embajador venezolano Fernando Ochoa Antichi hay que observar que, a pesar de que existe cierta semejanza en los programas de ajuste y liberalización económica de los tres países que realizaron el tránsito desde un modelo de sustitución de importaciones hacia otro de inserción más dinámica en los mercados internacionales, sin concluir previamente la transformación estructural de sus economías, no han tenido los mismos resultados.

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Para el diplomático esto no es obstáculo para un futuro económico más optimista. El G-3, opina, representa la oportunidad de elevar y diversificar la producción en las naciones que lo integran, generar empleos y aprovechar las economías de escala. Adicionalmente, el acuerdo ofrece la posibilidad de participar en un mercado más amplio, como es el de Norteamérica, dada su cláusula de adhesión a terceros países.

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Colombia y Venezuela, por ejemplo, tienen un acuerdo comercial desde 1992, que les permite establecer un arancel externo común para más de 6,000 productos y elevar así su intercambio de mercancías. Éste aumentó de $325 millones de dólares en 1988 a $1,150 millones en 1993.

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Ahora sólo cabe esperar que México también intensifique su intercambio, ya sea por la vía del G-3 o quizá a través de un acuerdo bilateral con Venezuela, que vaya más allá del Pacto de San José.

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