Viaja y verás

Los riesgos de un viajero frecuente de negocios son enormes. Conoce qué es el stress travel y evita
Mariana Pablo Norman

En la llamada aldea global (hija de fusiones, consorcios internacionales y PYMES exportadoras) los ejecutivos deben viajar cada vez con mayor frecuencia.

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Hace unos años, esto sonaba a un privilegio y se pagaba con una fidelidad que echaba leña al fuego. Hoy, los estudios revelan que el exceso de viajes es un polvorín que explota en las venas o los pulmones de los directivos más dedicados.

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Este no es un fenómeno económico menor: según la National Business Travel Association, de Estados Unidos, el sector empresarial gasta anualmente unos $396,000 millones de dólares  en viajes de negocios.

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Pero más allá de su influencia en los presupuestos de las empresas, los viajes de negocios son un enemigo que ataca en silencio. Quienes realizan seis o más viajes de negocios al año (cada uno de por lo menos tres días) experimentan cansancio corporal y mental, desórdenes de sueño y alimenticios, problemas psicosomáticos y diversas afecciones aún no bien clasificadas.

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Con el aumento de los casos de travel stress, como se lo ha bautizado desde hace algunos años, muchas empresas entendieron lo costoso que es perder o desgastar a un ejecutivo sólo por tenerlo maleta en mano sin descanso.

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A fines de los años 90, el Banco Mundial (BM) dio a conocer un estudio con base en 10,000 reclamos médicos presentados por empleados. De entre ellos, la tasa de problemas era 80% más alta entre los ejecutivos varones (y 15% en mujeres) que habían viajado con mayor frecuencia frente a los que no habían salido de su oficina.

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El análisis permitió, también, determinar que las personas que viajaban por negocios cuatro o más veces al año, solicitaban 30% más ayuda psicológica que aquellos que trabajan exclusivamente en su sede local. Las consultas siempre eran por estrés y ansiedad.

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Otro sondeo, también realizado por el BM, donde el universo de investigación fue de 1,200 viajeros de negocios, indicó que a raíz del trabajo fuera de su entorno habitual, 50% tenía problemas familiares, 41% laborales (que iban desde envidia de sus compañeros hasta la idea de no poder defender su plaza entre competidores, estando lejos) y 10% reportó problemas de salud.

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Pasaje al diván
Habituarse a un ambiente de trabajo es condición básica para la estabilidad emocional. Si las pequeñas variaciones en la rutina contribuyen a una sensación de novedad que resulta agradable y hasta tranquilizante, los cambios bruscos y frecuentes se convierten en factores estresantes. Además de generar un sentimiento de desagrado e inestabilidad, afectan a la eficacia de una persona, que tendrá dificultades para concentrarse, estructurar sus actividades y recordar datos relevantes.

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El ejecutivo de una empresa que tiene que viajar continuamente está expuesto a un mayor trabajo para organizar su ambiente, ubicando y relacionando espacios, materiales y personas distintas a la vez. El esfuerzo cerebral que requiere para adaptarse a circunstancias variables es una de las razones que explican porqué los viajes están siempre “cansados”.

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Otro factor psicológico importante es la desvinculación progresiva que sufren los ejecutivos de su familia, amigos y lugares favoritos de la ciudad donde viven.

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Simplemente, no tienen seriedad para sus relaciones sociales. Esto también contribuye a la desorientación emocional y al desapego afectivo, problemas que a la larga derivan en un vacío existencial del cual pueden surgir diferentes patologías que van desde la drogadicción, el tabaquismo y el alcoholismo hasta la neurosis maniaco-depresiva e incluso a la disociación de la personalidad.

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Los directivos en general tienden a desarrollar lo que se conoce como “personalidad tipo A”, que consiste en concentrar responsabilidades y atender múltiples canales de información en paralelo. El estrés que produce este tipo de actitud hace que recurran al tabaco y al alcohol para disminuir la tensión. La combinación de alto estrés con excitantes constituye una fórmula perfecta para producir un infarto.

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Los ejecutivos que viajan con frecuencia manifiestan esta “personalidad tipo A”: se saben requeridos en diferentes lugares por su especialidad y eficacia. Pero mientras están en un lugar atendiendo cierta problemática, suelen recibir llamadas y correos electrónicos para que respondan a las situaciones que ocurren en otros sitios. Ello aumenta los niveles de estrés y los consecuentes riesgos para su salud.

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John Striker, clínico psicólogo del Departamento de Servicios Sanitarios del Banco Mundial, recomienda a los ejecutivos “no más de 90 días de viaje por año, y que ninguno supere 30 días”. Además, aconseja que cuando un traslado lleve más de nueve horas, el empleado tome un día de licencia.

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Es importante tomar en cuenta que el estrés no termina con el traslado ni con el viaje. Muchos investigadores han documentado una suerte de cruda viajera (más allá del conocido jet lag) que produce ciertos síntomas después de trayectos largos: las consecuencias directas son ausentismo, mal desempeño laboral y dificultad para integrarse a la vida familiar. En casos extremos se han registrado casos de celopatía, es decir, la idea obsesiva de ser engañado maritalmente sin que haya motivo para creerlo.

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Del aeropuerto al hospital
La décima edición del UPS European Business Monitor, editada por la casa Taylor-Nelson-Sofris-Harris, arrojó datos interesante acerca de las consecuencias a mediano plazo de los viajeros frecuentes. Con un universo de investigación de 10% de las 15,000 principales empresas del viejo continente, el trabajo llegó a las siguientes conclusiones: mientras que 44% de los encuestados afirmó sufrir estrés por causa de la burocracia, 25% se refirió a la tensión provocada por los desplazamientos de trabajo, arriba de los problemas dentro de la oficina (24%) y de los tecnológicos o informáticos (17%).

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Al margen de las estadísticas, cabe preguntar cuáles son, en rigor, los peligros que corre el ejecutivo que viaja (los números, naturalmente, son diferentes para las personas que viajan por placer).

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De acuerdo con la doctora Martha Patricia Nava, especialista en audiología de la UNAM, ”las travesías afectan básicamente al biorritmo, sobre todo cuando el cambio de horario es notable, de cualquier modo, un vuelo de 40 minutos ya es un impacto significativo para el cuerpo. Si se reproduce en el mismo día, entre poblados de diferente altitud puede ser más peligroso que un trayecto trasatlántico”.

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En segundo lugar está la edad: antes de los 40 años el cuerpo se adapta más rápido a los cambios de locación; después, y conforme avanza el tiempo, le es más difícil. Una vez cumplidos los 65 no conviene hacer más que un par de viajes al año, e incluso éstos, si son evitables, pueden obviarse.

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Hay cambios propios del vuelo como tal. Presurizaciones que afectan la esfera otorrinolaringológica, lo que acarrea sensaciones de orejas tapadas y, eventualmente, dolor de oídos. Padecimientos tales como hiper o hipotensión, alergias, asma, diabetes, gota y otros pueden potenciarse con frecuentes viajes en avión o camión. En este último caso, la cantidad de horas que transcurre el pasajero sentado pueden ser fatales para las personas con problemas circulatorios.

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El estrés y la fatiga son las principales causas de alteraciones. Conviene advertir que físicamente la descarga de adrenalina existe aunque a nivel psicológico la persona no se altere. Problemas relativos a la otorrinolaringología –desviación de tabique, obstrucción nasal, sinusitis– pueden ocasionar, a partir de un largo viaje en avión, enfermedades severas, capaces de producir inestabilidad y náusea, vértigo con gran dolor y pérdida del equilibrio.

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* Con la colaboración de Marco Eduardo Murueta, psicólogo, filósofo y escritor, quién dirige la Asociación Mexicana de Alternativas en Psicología.

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