Viernes casual

¿Cómo fue que el código de vestimenta en las empresas terminó&#34patas arriba&#34?
Max Clip

Nuestra conspicua formalidad nos ha dado fama mundial. Ya sea cuando nos toca cobrar una factura, ya en el doloroso momento en que despedimos a un empleado, ya a la hora de pedir disculpas, la boca se nos llena de circunloquios y eufemismos. Hasta hace poco, esta (falsa) rectitud se traducía a nuestra manera de vestir en el trabajo. Pero llegó el “viernes casual”, ese invento sajón y ahora, el código de vestimenta en las empresas está puesto “patas arriba”, nadie entiende nada y a la distancia es imposible distinguir a un gerente de uno de los vicepresidentes.

- Miren a su alrededor: ¿qué ven? Gente vestida con corbatas, albas camisas, sacos, trajes sastre, medias oscuras, mocasines, zapatos de tacón bajo, en fin: ropa para trabajar como Dios manda. Pues miren bien, porque puede ser los últimos días para tal espectáculo. ¿Recuerdan cuando el único empleado que se atrevía a ir a la oficina portando unos jeans, zapatos tenis y una orgullosa camiseta del Cruz Azul era el mensajero? Pues acostúmbrense a tan triste e informal visión, los días de la chabacanería llegaron para quedarse.

- Cierto que el actual ritmo de vida en una ciudad como ésta desalientan el uso de ropa tan formal. Cierto, también, que los magros sueldos que percibimos nos ponen ante la dramática alternativa de comer o mandar el traje a la tintorería. Cierto que el uso de telas sintéticas de lamentable apariencia como el rayón y la terlenka han desplazado, quizá para siempre, a materiales como el algodón, la seda, la lana. Pero tampoco habría que exagerar.

- Tomen por ejemplo lo que hoy trae puesto mi jefe, que ya es famoso en esta empresa porque se ha comprobado que no le teme al ridículo. Traje de tres piezas, camisa a cuadros –como de leñador– y corbata lisa de “lanita”. Claro, mi jefe es “buena onda”, un tipo afable, más preocupado por la esencia que por la apariencia y, puedo decir, sin exagerar, que le importa sombrilla lo que piensen de él.

- En cambio, el nuevo es una historia muy distinta: traje negro de tres botones de impecable corte, sólo apto para los muy delgados o para los de cuerpo atlético, camisa azul oscuro y corbata de seda de un azul casi negro, el corte de pelo casi de soldado con el imprescindible copetito que se parece a esos techos de lona que colocan en ciertos balcones. Lo miro y me digo que el tipo se escapó de una portada de GG o de Eres, si no es que de plano equivocó la profesión.

- Ya entrados en gastos, me voy a permitir mencionar un caso muy especial: se trata de Magdita, la de pagaduría, que todos los días viene vestida como si viniera a una boda: vestidos cortos y muy transparentes acompañados por medias de colores increíbles.

- En el otro extremo, Alejandra se distingue por sus blusas blancas sin mangas, minifaldas de piel, medias negras y tacones altos. El otro día estuve a punto de preguntarle dónde había dejado el látigo, pero me pareció que la broma le iba a caer mal.

- Aunque es muy difícil, los viernes casuales provocan el milagro de que todos se parezcan entre sí: pantalones de mezclilla, zapatos de suela de goma, camisas polo.

- ¿Qué le habrá pasado a la gente que sencillamente se vestía para ir a trabajar? No lo sé, pero cada vez me siento más extraño e incómodamente consciente de lo que traigo puesto; paso horas considerando las opciones de lo que me podría poner y, especialmente, los viernes llego tarde al trabajo, pues de último momento no me gustó el suéter que decidí ponerme. Me da no sé qué preguntarles a los demás si para ellos es igual, pero un día no me voy a aguantar las ganas y de plano voy a soltarlo.

- Por lo pronto, hoy tengo que salir temprano: debo recoger de la tintorería mis trajes y analizar mis opciones de vestuario para el próximo viernes casual. En fin: gajes del oficio.

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