Xavier Velasco y su radiografía de la n

Irse de antro y pervertirse en el camino fue uno de los cometidos del polémico autor de Diablo guar
Blanca Granados

Libro de crónicas sobre la vida nocturna en la Ciudad de México que –corregido y aumentado– reedita bajo el sello Alfaguara.

- Xavier Velasco se considera a sí mismo un outsider, un bicho raro que antes de saltar a la fama con su exitosísima novela, Diablo guardián, se ganaba la vida escribiendo crónicas de rock o tugurios, trabajando en agencias de publicidad y pasándosela muy bien siendo un perfecto desconocido.

- Ha publicado varios libros, pero sigue sintiendo un cariño especial por Luna llena en las rocas, un panorama acucioso y divertido sobre las noches de la Ciudad de México, que le dio permiso de autonombrarse escritor y al mismo tiempo “doctorarse en vida nocturna”.

- ¿Por qué dices que Luna llena en las rocas fue una preparación para escribir Diablo guardián?
Como yo fui hijo de familia en ambientes protegidos, sentía que así no iba a tener la fuerza para hacer una novela. Necesitaba educación callejera; arriesgarme, jugármela... Desde niño tuve ese gusto por los callejones y los lugares “peligrosos”. De pronto vino la posibilidad de publicar crónicas de tugurios, en una época en que todavía decía uno antro y sonaba subversivo; ahora ya se le quitó todo el veneno a la palabra. Yo necesitaba doctorarme en vida nocturna, en vida crápula.

- ¿Y te fuiste de antro?
Sí, sabía que en cada tugurio tenía que estar pasando una historia, a lo mejor con las señoritas que laboraban en el lugar o con los clientes que estaban en el baño. Lo más divertido es que el “narrador” de las crónicas se va pervirtiendo. En las primeras crónicas hay muchas cosas que le asustan, sus pasos son tímidos, no sabe muy bien qué hacer... Poco a poco se va echando a perder, hasta que de pronto se siente como en casa en lugares que le habrían puesto los pelos de punta. Entonces dije: “Cuando termine mi proyecto de los antros ahí viene una novela”, que es lo que quería hacer toda mi vida.

- ¿Quién es el narrador, eres tú o creaste un personaje?
Soy yo y no soy yo. No puedo ser completamente yo porque tendría que responsabilizarme de todas las barbaridades que digo y no estoy de acuerdo, de ninguna manera. Entonces el “narrador” no tiene esa presión; se va a emborrachar y se va con los lectores de parranda. En lugar de tratar de juzgar lo que está viendo trata de comprenderlo.

- ¿Hay algunos cambios entre ésta y la primera versión?
Cuando vino la posibilidad de reeditarlo me dio la manía de querer corregir un par de cosas y acabé rehaciéndolo; le añadí un par de crónicas y un epígrafe, que es un proverbio que funciona como una moraleja: “A cada puta le llega su botellazo”. Así empieza y termina el libro, partiendo de esa filosofía elemental.

- Entre la primera y segunda edición de Luna llena en las rocas publicaste Diablo guardián, que se convirtió en un suceso y obtuvo el premio Alfaguara...
Y la peor locura de mi vida... A partir de ahí me la paso tratando de perseguir el exilio, de volver a perderme entre las calles. No ser nadie, que es una prerrogativa del novelista. He tratado de enconcharme y recuperar esa calidad de anónimo y si es posible de clandestino.

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- ¿Realmente te consideras un outsider?
Sí, sí. Siempre lo he sido, toda la vida. No sé si es uno bicho raro, si se comporta como bicho raro o si se lleva con bichos raros y acaba convirtiéndose en bicho raro. El punto es que me he acostumbrado a ser extranjero en todas partes. Encuentro muy difícil entender la noción de patria, me cuesta un trabajo espantoso formar parte de cualquier tipo de club o colectividad, no me sale. Siempre he estado acostumbrado a estar afuera, pero ése es un gran privilegio, porque la posibilidad de estar fuera es también la de ver al mundo de otro color, verlo distinto; y te lo voy a ejemplificar con los tugurios. Este libro de Luna llena en las rocas lo escribí casi todo yendo solo a los tugurios, porque cuando iba con alguien veía las cosas de otro color y no me integraba al lugar; entonces me di cuenta que necesitaba ir solo, como un outsider y fingir que era un insider. Me gusta hacer cosas raras, meterme en líos. Dicen que tengo un conflicto de autoridad y pues sí, me encanta hacer lo que se me pega la gana y no lo negocio, y eso también te mete en problemas con las colectividades.

- ¿La palabra escritor te sigue dando pánico escénico?
(Risas) Ya no tanto. Te digo que me exigí tener un par de libros por ahí terminados y verlos para decir “bueno eso es un escritor”. Pero antes de eso yo no puedo ser tan petulante para afirmar que soy un escritor cuando no tengo nada con qué probármelo a mí mismo; deja tú probárselo a otra persona. Yo recuerdo que Carlos Fuentes escribió un artículo sobre el periodista Gastón García Cantú, muy fuerte. García Cantú acababa de regresar a Excélsior de donde había salido indignado junto con el grupo de Julio Scherer, y de repente ya estaba pidiéndole chamba al “usurpador” Regino Díaz Redondo. Entonces Carlos Fuentes escribe sobre el tema y lo llama “novelista sin novela”. A mí me aterró ver ese insulto –pensé: “Yo soy ése pero algún día dejaré de serlo”–. Era algo que realmente me torturaba. Llevaba 20 años señalando: “Eso no va a poder ser, pero puede que algún día sea”, y cuando me vi a 20 páginas de terminar Diablo guardián pensé “pues sí, siempre quise ser carpintero y ya casi está lista la silla”. Antes de eso siempre tuve miedo de ser un charlatán... Por todo esto es que me cuesta tanto ponerme el título, imagínate. Me costó mucho trabajo no ser licenciado, pero sentía que era uno de los requerimientos para ser escritor. En mi caso muy concreto.

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