¿Cómo apoyar a 150 niños huicholes?

Así es como Coca-Cola hace la diferencia con un grupo de indígenas mexicanos.
Gabriela Ruiz

La avioneta despega del aeropuerto de Guadalajara para volar sobre la Sierra Madre Occidental. La enorme y espesa superficie boscosa reduce la nave al tamaño de una mosca. No se divisan caminos ni brechas. A la densa vegetación sólo la rompen riachuelos, vestigios de lava y precipicios cuyo fondo no se vislumbra. Este es un México que escapó de la conquista. Fernando Benítez, en Los Indios de México, lo describió como un “paisaje que en 5,000 años no ha sufrido alteraciones… pasamos sin transición al neolítico”. Los únicos compañeros de viaje son las águilas y los zopilotes.

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Es aquí donde los huicholes eligieron refugiarse. Llegar a sus deliberadamente remotos dominios es de por sí muy difícil. Pero el mayor obstáculo para alcanzarlos es hacer a un lado la arrogancia de la cultura occidental, del México que quiere zambullirse en el club de los países que se autodenominan “primer mundo”.

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La avioneta aterriza en la cúspide de una montaña. Ahí empieza el camino de descenso a pie, sin brechas, a merced de una sierra cobijada por el sol riguroso de Jalisco. El contacto con la naturaleza virgen sirve como recordatorio de la vulnerabilidad humana.

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La otra chispa de la vida
El descenso demora aproximadamente 40 minutos; la subida media hora más. Este trayecto es mucho más corto del que realizan los niños huicholes para llegar de sus rancherías a la escuela. En promedio, estos infantes caminan entre tres y cinco horas a fin de recibir instrucción. Ello genera un alto grado de deserción. Prefieren incorporarse al trabajo en el campo. Para combatir el rezago educativo, hace tres décadas el Instituto Nacional Indigenista (INI) lanzó un programa de albergues escolares.

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El proyecto ha consistido desde entonces en proveer techo y comida, de lunes a viernes, en un sitio cercano a las escuelas. Los albergues suelen ser concurridos por niños de más de 30 caseríos aledaños. Los terrenos para su construcción fueron donados por las mismas comunidades indígenas o autoridades municipales. Se edificaron y administraron con el apoyo del INI y de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Pero como muchos otros planes, este comenzó a deteriorarse con el tiempo y no tenía recursos para su mantenimiento.

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La historia, por fortuna, no termina ahí. Hace cinco años, Coca-Cola México quería extender en nuestro país los alcances de The Coca Cola Fundation. La firma realizó una investigación para detectar qué causa era la más apreciada entre la gente. “Las necesidades en México son muchas –explica Vivian Alegría, directora de la Fundación del consorcio–. Se hizo necesario determinar la más relevante. Educación y Coca-Cola era un binomio que se veía fácilmente. El tema de la instrucción es muy amplio, así que los criterios salieron de manera estratégica enfocados a la idea de quiénes somos.”

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Si un refresco de esta compañía se vende en los lugares más recónditos del planeta, ¿por qué no apoyar la enseñanza en los mismos puntos?

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Albergue de esperanzas
A finales de 1998, violentas inundaciones en Puebla, Hidalgo, Tabasco, Veracruz y Oaxaca devastaron todo tipo de construcciones, escuelas incluidas. La directiva explica que a partir de aquel desastre nació un primer plan de edificación de escuelas primarias con sanitarios completos y dignos, centros de cómputo, bibliotecas y canchas para actividades deportivas. Como consecuencia, muy pronto entraron en contacto con el proyecto de albergues escolares indígenas. “Paralelamente habíamos platicado con el INI y nos presentaron el esquema de rehabilitación”, explica la entrevistada. La reapertura de albergues implica también detectar instalaciones derruidas para comenzar a trabajar en ellas. Desde 2000 a la fecha, en colaboración con el gobierno de la república, se han construido o habilitado albergues y escuelas en 20 estados. El compromiso de Coca-Cola desde entonces es aportar un porcentaje para el levantamiento de cinco escuelas anuales por un periodo de seis años.

Con objeto de comprometer a los beneficiarios, se solicitó que los padres de familia donaran materiales y mano de obra. Por su parte, la SEP y el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) respaldaron con capacitación, maestros bilingües y apoyo en la realización de tareas escolares. Ahora este albergue emula un panal de abejas sin zánganos. Todos, incluyendo a los niños, tienen la responsabilidad de mantenerlo en condiciones óptimas. A las 6:30 de la gélida mañana, los estudiantes ya están tendiendo sus camas; después limpian dormitorios, baños, comedor y patios. Los padres están a cargo de construir, pintar y dar mantenimiento a las instalaciones. Las madres cocinan los tres alimentos y confeccionan uniformes y ropa para los niños. Cada unidad tiene un jefe que se encarga de que todo marche correctamente.

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Rosa Rojas, delegada del INI en Jalisco y Colima, explica que para elegir a los líderes de albergue se determinan una serie de perfiles y requisitos, como hablar la lengua de los niños. Se desarrollan cursos de capacitación sobre nutrición y administración, entre otros, y se selecciona al candidato que reúne las mejores condiciones. La comunidad tiene participación en la elección del jefe y lo comisiona. El INI aporta una compensación, pero no establece una relación laboral con los líderes.

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Aparte de dar resguardo y alimento, los albergues cumplen otras funciones. En sus instalaciones se llevan a cabo acalorados debates sobre las necesidades de las comunidades aledañas en cuestión de infraestructura (agua y electricidad, por ejemplo). Alegría señala que las salas de usos múltiples sirven de escenario para cursos, orientados a los padres de familia, sobre nutrición, cuidado de ganado, plagas, uso de fertilizantes y atención de quemaduras en niños. Así, durante los fines de semana y el periodo vacacional los albergues también son aprovechados por la comunidad.

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Se busca gente comprometida
¿Por qué es importante que el sector privado se interese en problemas que se supone debe resolver el gobierno? “Por una razón muy simple y que todos conocen: los pobres no son negocio”, contesta Xóchitl Gálvez, titular de la Oficina para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, no sin antes reprochar: “¿Expansión me quiere entrevistar? Pensé que ya no les interesaba. Cuando era empresaria a cada rato me hablaban para ver cosas como edificios inteligentes… y ahora para nada, ¿eh?” Reclamo expresado, conversa sobre el programa en el que ha trabajado.

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Puede considerarse que esta instancia de labor conjunta entre el sector privado, el gobierno y la sociedad es insuficiente para atacar los problemas de las comunidades indígenas. Sin embargo, Rosa Rojas argumenta a favor: “Esto es un proyecto muy importante. Tenemos datos y cifras que prueban que se ha superado el rezago educativo. Es una gran aportación y esperamos que sea la punta de lanza para que se unan más compañías.”

Xóchitl Gálvez identifica la doble función de este tipo de planes. Por un lado, beneficia a grupos con grandes necesidades que el gobierno no puede satisfacer. Por otro, crea conciencia de las diversas culturas en México. “Para nosotros es un extraordinario marketing llevar algunos conceptos a otros sectores de la sociedad que no conocen este México, que no tienen la sensibilidad para darse cuenta que los niños en el país se mueren de hambre, que no estudian en las condiciones mínimas adecuadas, que no tienen aula, ni el equipo indispensable. Si la empresa privada puede hacer algo para que estos 150 niños estén mejor, estamos empezando a contribuir a un cambio en la nación.”

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Ayuda con interés
En cuanto al cinismo de las corporaciones que para echarse confeti usan la responsabilidad social empresarial (RSE), Gálvez aclara que quienes lo ven como un compromiso interesado lo ven adecuadamente, porque así debe ser. ¿Para qué pensar que las firmas son damas de la caridad? Las compañías están diseñadas para hacer negocios y su primer compromiso es ser rentables, generar empleos, pagar impuestos y ser respetuosas localmente. Si además de eso pueden entrar en programas que mejoren su imagen, que tengan un beneficio directo en la comunidad y, posteriormente, les permitan generar consumidores, están en lo correcto. Las organizaciones ya se dieron cuenta de que si quieren seguir haciendo negocio tendrán que revertir la polarización de la pobreza.

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La funcionaria tiene una visión clara de lo que implica la RSE:
Frente a los consumidores: vender productos de calidad con las advertencias necesarias sobre las consecuencias que pueden acarrear.
Frente a sus empleados: estar pendiente de cómo los trata, cómo se compromete con sus familias.
Frente a su entorno comunitario: observar si no contamina el medio ambiente, si no envía desechos tóxicos a los mantos acuíferos, si trata adecuadamente sus aguas residuales, si paga sus impuestos.
Frente a la sociedad: en este caso específico se proporciona a las comunidades lo que piden, no lo que a la empresa se le ocurre que puedan querer.

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Integrarse o desintegrarse
Los indígenas viven en un mundo distinto al de la mayoría de los mexicanos. No les interesa pagar un automóvil último modelo. El aseo no es tan riguroso. Las ambiciones materiales del ciudadano común y corriente no existen. Tampoco les interesa la comodidad. En una noche helada prefieren encender una fogata y entrar en comunión con sus deidades –con ayuda del peyote, que están dispuestos a compartir con la fuereña que escribe esta nota–.

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Al darles herramientas, los indígenas tienen mayor contacto con el México del que fueron rezagados y decidir hasta dónde quieren adoptar sus costumbres y valores. Tal actitud se manifestó durante una junta de los Cora, en la cual uno de sus numerosos participantes expresó: “No queremos integrarnos al resto de México.

No queremos perder nuestros valores, nuestra lengua, nuestros dioses y nuestra cultura. Lo que sí necesitamos es electricidad unas horas al día y una presa.”

El primer contacto con los mexicanos urbanos provoca una mirada que mezcla extrañeza, miedo, resentimiento, curiosidad, pena, admiración; nunca hostilidad… esa se queda en la ciudad. Son individuos con rostros cuyas expresiones y sonrisas no se borran en la muchedumbre metropolitana. Lo más importante: son sociedades civilizadas que respetan el rumbo que el otro México tomó. Toca al resto de la población no indígena hacer un lado la altanería de pensar que estos mundos tan distintos quieren integrarse a su forma de vida.
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