¿Cómo encontrar a su candidato?

El pueblo de México no tiene ideas políticas definidas, ideas traducibles en palabras y generadora
Alfonso Zárate

Uno de los datos más importantes del nuevo tiempo mexicano es la aparición del ciudadano. Secuestrada durante el porfiriato, expropiada durante los gobiernos de la posrevolución, la ciudadanía parecía una figuración, una entelequia. A partir de los años 20 y por más de medio siglo, gobiernos y partido cumplieron eficazmente la tarea de proveer de lo indispensable a una sociedad que asumía, conformista, esa capitis diminutio que la privaba por igual de derechos y responsabilidades en la vida pública. En el ámbito de lo electoral, el voto “i” –inercial, inducido, inventado o impuesto–, hacía innecesaria la facultad de escoger.

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Hoy, cuando tímidamente el ciudadano empieza a asomarse como actor a la política, su libertad de elegir se inscribe en un contexto de anemia cívica marcado por la irrupción de instrumentos cada vez más sofisticados para inducir comportamientos en grandes conglomerados sociales, para generar percepciones en un mundo en el que sólo parece existir lo que se muestra en la pantalla.

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El reto para los especialistas en ingeniería de imagen es construir realidades virtuales, a través de candidatos transfigurados en productos que son “ofertados” a la masa de ciudadanos-consumidores. La magia del marketing en toda su plenitud, convirtiendo en “fortaleza” las debilidades; haciendo de un oscuro burócrata, un personaje reflexivo y maduro; de un “chivo en cristalería”, un hombre de acción, y de una triste figura, la encarnación del reclamo colectivo...

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No debe extrañar, empero, que el voto tenga que ver muchas veces con el click del elector, con un candidato: las imágenes que transmite y que son leídas de cierta manera por los votantes; el impacto que genera ese halo indescifrable que llamamos carisma.

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Por eso vale la pena escudriñar más allá de las máscaras, los perfiles y los mensajes diseñados por los image makers. Tener presente que detrás de lo que aparentan ser las figuras públicas, hay otra historia... Que las ofertas programáticas son construidas a partir de estudios de opinión que identifican deseos y aspiraciones de un universo electoral fragmentado en “nichos” de mercado –al cliente lo que pida– y que, por lo tanto, implican más que compromisos de gobierno “tiros de precisión” para inducir el sufragio.

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Otro factor distorsionante del voto es la tendencia a pensar en los contendientes como candidatos y no como potenciales gobernantes. El paso siguiente, por supuesto, no puede ser otro que exigir del líder político características propias del ámbito espectacular, del show business en que se ha convertido la contienda, debate televisado incluido: elocuencia, humor o capacidad de seducción, presencia, frescura, fotogenia y/o atractivo ante las cámaras. (Si a Lincoln le hubiera tocado contender con Reagan en los tiempos de la imagen, su semblante lúgubre no habría favorecido su ascenso político; lo mismo habría ocurrido con Juárez, el impasible.)

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El comportamiento electoral responde a la manera concreta –el individuo en la multitud– en que se articule una constelación de factores, y parece estar más en la esfera de lo biológico-cultural que de lo racional. En los tiempos del rating, más importante que ser buen político es parecerlo. Esto explica de alguna manera esa suerte de blindaje, para citar a un clásico, que acompaña en ciertos momentos a algunos contendientes (por ejemplo, el que le permitió a Cuauhtémoc Cárdenas resistir todo en 1997).

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Qué buscar en los candidatos
Tratar de descubrir el verdadero yo de quienes aspiran al poder (muchas veces oculto por la mercadotecnia) se convierte en imperativo de una elección racional, responsable, democrática. A riesgo de quedarme corto, creo que a la hora de analizar y contrastar a los candidatos habría que tomar en cuenta por lo menos los siguientes datos:

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Su perfil psicológico, asumiendo que no sólo tiene rasgos patológicos una personalidad que se niega (fatalista, resignada, estoica) sino también aquella excesivamente asertiva (el que “se traga a buches el océano”).

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Su trayectoria: los saldos reales, no virtuales, de su acción de gobierno. O lo que pueda ofrecer en ausencia de experiencia burocrática: programa, equipo, honorabilidad, éxito en otros campos.

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Su oferta, lo que dice sí, pero también lo que calla o soslaya: su postura en torno a los temas cruciales que elude porque una definición le significaría pérdida de votos potenciales. No sólo el discurso político o las frases-cohete para toda ocasión fabricadas por los speech writers, sino su capacidad de argumentar sin la ayuda del apuntador electrónico.

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Su círculo de colaboradores. “Dime con quién andas y te diré quién eres.” El análisis del perfil, trayectoria y perspectivas de los hombres –y mujeres– del candidato. ¿Qué sabemos de aquellos que, con toda seguridad, ocuparían puestos relevantes? Importa valorar la composición, solidez, diversificación y desempeño de quienes rodean al aspirante; pero, sobre todo, analizar si se trata de un equipo, de una camarilla, de un cártel o de una pandilla.

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Al respecto, un indicador relevante es el que ofrece el análisis de sus redes de aliados y antagonistas. ¿Qué intereses o complicidades hay detrás de los aliados o “amigos” del candidato? ¿Cuáles son sus vínculos con los factores reales de poder nacionales y extranjeros?

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El aspirante siempre se presentará como un hombre honesto, buen esposo, hijo y padre ejemplar (en estos días proliferan imágenes de los aspirantes cargando y besando niños). Pero ¿cómo es realmente su vida familiar? Los hombres del poder corren el riesgo de “descubrir” no sólo a un hermano incómodo; pueden tener papás, esposas, hijos o yernos incómodos. En los días de don Adolfo Ruiz Cortines algunos recitaban esta cuarteta cruel:

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Ya te vas, “El Taimado”,
te vas para no volver.
Presumiste de muy honrado,
pero qué tal tu mujer.

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Mucho se ha cifrado en el 2000. Su carga milenarista parece anunciar momentos de quiebre. En México coincide, además, con las elecciones presidenciales y la expectativa de cambio de régimen. Para el primer gobierno del nuevo siglo los mexicanos esperamos liderazgo, es decir, excepcionalidad; legitimidad derivada de un triunfo en condiciones equitativas y comicios transparentes; honestidad (han sido muy altos los costos de la corrupción y el manejo patrimonialista del poder); eficacia (de poco servirían honradez y democracia si van acompañados de ineptitud); capacidad para innovar y encontrar respuestas inteligentes a desafíos antiguos e inéditos.

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Sin embargo, no aparece en el menú semejante guiso. Quizá debamos conformarnos con elegir a un hombre cabal que sepa convocar a los mejores mexicanos; sereno y equilibrado en momentos difíciles; que asuma sus errores en lugar de trasladar las culpas propias a enemigos o ambientes adversos; que esté dispuesto a rendir cuentas a la ciudadanía y no se conforme con el juicio divino; que entienda la autoridad como servicio y sea capaz de moderar la obsesión que producen los símbolos del poder; que quiera a México y tenga la valentía para defender aquello en lo que cree y no dejarse someter por los poderes fácticos. ¿Demasiado pedir?

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El autor es director de Carta Política Mexicana

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