¿Cómo llegué aquí?

La cultura del self-made man cala tan hondo en el alma de la empresa mexicana, que elimina cualquier
Max Clip

La culpa la debe tener don Julio (el del tequila) y esa maña que tiene de - recetarle a sus incondicionales un promedio de dos caballitos antes de cada - comida “de negocios”; don Julio y el Diablo… el del Casillero.

- A la mitad de aquella comida había aceptado escribir una columna para - Expansión, en la que analizaría el apasionante y ancho mundo corporativo. - Hacia el final, en medio de una espesa bruma alcohólica, Javier Martínez - (editor de esta revista) y un servidor (presunto columnista) hacíamos - catálogos de nuestros escritores preferidos, de los libros que nos “cambiaron” - la vida (o pudieron hacerlo) y, claro, de política. Lo bueno es que todo esto - sucedió un viernes y mi jefe estaba ocupadísimo en una convención en - Cancún.

- Pero avancemos por partes. La comida a la que me refiero ocurrió hace un - par de meses. Cuando me hicieron la invitación, ni imaginaba de lo que se - trataba; supuse que buscaban información sobre la empresa para la que trabajo - o una entrevista con mi jefe. Por eso aclaré que a la comida iría solo. “Si - es contigo con quien quiero platicar”, me dijo Javier. Cómo seré de ingenuo - que justifiqué tantas atenciones con el argumento de que se trataba de meras - relaciones públicas o de un deseo genuino por refrendar los lazos de amistad. - Incluso me dije que el editor de esta revista era sencillamente un tipazo, - incapaz de actuar movido por intereses personales. (A pesar de la negra leyenda - que los persigue, los periodistas no son malos tipos, sólo algo chismosos. - Antes de hablar con ellos, olvida cualquier dato o cifra importante. Por lo - demás, la mayoría come con cubiertos.)

- La verdad, siempre me entusiasmó la idea de escribir y alguna vez - consideré la posibilidad de ser periodista. La bronca fue que me di cuenta - cuando terminé la carrera de administración. Javier sabía de mi frustrada - vocación.

- Le había contado de mis aventuras con la “revista” interna de la - compañía y de las frecuentes bilis que derramo cuando leo los boletines de - prensa que difunde: catálogos de errores ortográficos, monumentos de palabras - que terminan por decir nada, homenajes involuntarios a Cantinflas.

- Aquello no podía quedarse así. Necesitaba aparecer el necio que intentara - corregirlo todo: desde la sintaxis hasta el correcto manejo de las cifras. Cual - Andrés Bello del mundo corporativo, en mis tiempos muertos redacté un breve - artículo para la revista interna. Pero no sirvió para nada.

- Pensé que había equivocado la estrategia y que además de arengar a la - tropa también necesitaba el apoyo del alto mando. “Es increíble que se - hagan estas cosas”, le dije a mi jefe, agitando memoranda, revista y - boletines en su cara, los errores destacados con marcador. “No podremos - alcanzar ni la excelencia ni la calidad mundial si seguimos así”, y con - saña enfaticé mis palabras. Pero mi jefe me miró aburrido y en voz baja me - preguntó si eran ciertos los rumores de que lo trasladarían a Poza Rica y si - la secretaria del director no sabría algo.

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- No me desanimé, insistí con otros directivos. Nada. Comienzo a sospechar - que uno de los secretos objetivos de esta empresa es violar la mayor cantidad - de reglas de gramática en cada documento que produce. Uno de los - vicepresidentes me comentó incluso que “nadie debe perder el sueño si algo - está mal escrito” y que lo que suceda con el idioma no forma parte de “nuestra - misión corporativa”. Me di por vencido.

- Por lo demás, el analfabetismo práctico resulta lo más natural en un - medio que, por lo general, sólo reconoce los fines y poco se preocupa por los - medios. La cultura del self-made man cala tan hondo en el alma de la - empresa mexicana, que elimina cualquier matiz universitario. Bueno, pues ya - estoy aquí. Sirvan esta líneas como tímido saludo de recién llegado. Aún - no sé cuánto me van a pagar. Si molesto, reclámenle a Javier o a don Julio.

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