¿Con quién hablo?

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Ricardo Medina Macías

A pesar de su empaque de yuppie (lo que, obviamente, incluye teléfono celular), Eugenio Pacheco, -el Yuyín (onomatopeya mexicanísima del inglés Eugene), tiene una relación tormentosa con la telefonía.

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Por esta vez, podemos dejar descansar las memorias del querido Aníbal Basurto (el Gordo) para relatar las desventuras del -Yuyín, quien se define a sí mismo como guapo, rico y distinguido. Esto incluye una tendencia irrefrenable a considerarse deseado por las mujeres, especialmente por las jóvenes y atractivas. No obstante que una investigación empírica demostraría que Eugenio Pacheco dista de ser el prototipo de la belleza masculina, la distinción y la riqueza y que, asimismo, escasas veces ha hecho suspirar a las mujeres, -el Yuyín cree a pie juntillas que despierta fantasías y pasiones voluptuosas en cuanta mujer tiene la fortuna de conocerle.

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Aquí empiezan las desventuras telefónicas del Yuyín.

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—Licenciado Pacheco, le ha llamado dos veces la señorita Penélope Garralda, dice que su asunto es personal.

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Esta inocente frase de la secretaria del Yuyín (una señora altamente respetable de unos 67 años de edad), despierta algún mecanismo de gran eficacia en la corteza cerebral de mi amigo quien de inmediato empieza a hacer conjeturas. No recuerda a nadie de ese nombre, pero sospecha que se trata de una admiradora. ¿Qué otra cosa querrá decir el enigmático mensaje que ha dejado con su secretaria: -asunto personal?

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El Yuyín, quien se precia de ser un hombre sereno y poco menos que inaccesible a las solicitaciones femeninas (otro inexplicable mito arraigado en el subconsciente del -Yuyín), deja transcurrir unos quince segundos y dice a su secretaria con gran tranquilidad:

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—Me temo que no recuerdo a esa persona, pero de cualquier forma, comuníqueme al número que le ha dejado.

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En los siguientes minutos, mientras la señora Domínguez (es decir, la secretaria del -Yuyín) logra hacer comunicación con la enigmática Penélope, por la mente del -Yuyín desfilan a toda velocidad imágenes, hipótesis, planes de acción. Justo cuando el -Yuyín ensaya cómo resistir los acosos de una guapísima Penélope, suena el teléfono:

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—Señor, está en la línea la señorita Penélope -Garralda.
-—Ah sí, lo había olvidado, muy bien, gracias, tomo la llamada.
-—¿Licenciado Pacheco?
-—A sus órdenes, señorita.

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—Me llamo Penélope Garralda, el motivo de mi llamada es invitarle a unirse a nuestro exclusivo Club Ejecutivo -Al final del día, un revolucionario concepto de seguridad total para usted y su familia. Por desgracia, personas como usted, que no disponen de tiempo, suelen olvidar que para todos y cada uno de nosotros llegará ese momento definitivo en el que dejaremos este mundo...

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—Perdón señorita —dice con voz temblorosa el Yuyín—, pero yo..., cómo le diré, por el momento no tengo pensado dar ese paso definitivo y bueno, en fin, no sé..., una gente de mi edad...

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—Justamente don Eugenio —insiste Penélope, quien a estas alturas ya tiene, en la imaginación del -Yuyín, el aspecto de una bruja repugnante—, es ahora, cuando no pensamos en ello ni aparentemente lo necesitamos, cuando tenemos que recordar que esta vida se acaba y hay que prevenir que en ese trance inevitable los servicios de despedida, como nosotros les llamamos, sean de inmejorable calidad, confortables, a la altura de lo que ha sido una vida exitosa como es la suya, don Eugenio.

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—Se lo agradezco muchísimo, pero fíjese que ya tenemos una cripta familiar para esos menesteres, un tío sacerdote con todo e iglesia y hasta un primo carpintero especialista en ataúdes, así que le agradezco su llamada pero por el momento no requiero de sus servicios, señorita Garra...

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—Garralda, señor Pacheco, Garralda.
-—Pues, muchas gracias, concluye el Yuyín colgando la bocina del teléfono.

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Reflexiona unos segundos y se comunica con su secretaria:
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—Señora Domínguez, por favor si en el futuro volviese a hablar la señorita Garralda, diga que no estoy disponible.
-—Como usted diga, licenciado.

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Sin embargo, la escena se repite cuando menos una vez a la semana. En cada ocasión, el -Yuyín sueña que la llamada telefónica corresponde a su fantasía de hombre joven, guapo, rico y distinguido y en cada ocasión el resultado es similar: cuando no le ofrecen boletos para el sorteo anual de alguna universidad, se trata de un tiempo compartido en Huatulco o de un condominio en el Terregal de San Hilario.

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