¿De mendigo a millonario?

En esta era tan moderna -y más allá de las telenovelas- ¿es posible encontrar la historia del ni?
Luis Hernández Martínez

Desde el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) –cuando la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) estaba abierta y, entre otras cosas, se valía estudiar– Fabián Bustamante trabajó siempre por su cuenta.

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Sus ocupaciones laborales de adolescente fueron varias: desde repartidor de revistas, hasta organizador de carreras de maratón, pasando por animador de fiestas para niños, cargador de bolsas en el supermercado y vendedor de navajas de afeitar.

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Ya como licenciado intentó cursar una maestría en alguna prestigiosa institución educativa. Pero su corta edad, así como sus posibilidades económicas, le pintaron el primer obstáculo y tuvo que guardar sus pretensiones académicas para una ocasión mejor. Meses más tarde, y no antes de tocar varias puertas, consiguió emplearse en una compañía multinacional. En esa época, cuando su horizonte lucía prometedor, su padre enfermó y murió. Con la responsabilidad de sostener la alimentación y educación de cinco hermanos, y con la tarea de velar por su madre viuda, Bustamante se esforzó por conservar su empleo, comprar un auto usado y ahorrar para la maestría.

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Al mismo tiempo, desde su puesto de analista, conoció el área de fusiones y adquisiciones. Aprendió las técnicas de la negociación y, durante su tercer año como empleado, descubrió los secretos de las operaciones financieras de venta y compra con apalancamiento. Si antes de ingresar a la maestría estaba decidido a formar su empresa, con la experiencia laboral conseguida empujó su destino.

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Bustamante, ahora, tiene 33 años y es director general –y dueño al 25%– de una fábrica de autopartes que vendió $550 millones de pesos en 1998. Sin embargo, existe un acontecimiento que puede cambiar su vida. Una empresa competidora, varias veces más grande, tiene una oferta tentadora para él y sus tres socios: quiere comprar la compañía. Es muy posible que los cuatro codueños vendan, así que Bustamante pensará, desde este momento, cómo administrar su patrimonio que, una vez concretada la transacción, estará líquido.

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Pero tan sólo es un caso. ¿Qué pasa con las personas que no pretenden, ni por mucho, ser dueños o directores generales de una empresa? ¿Qué pasa con los estudiantes promedio, con las amas de casa o con los ejecutivos de talla mediana? ¿Qué pasa con el resto de los mortales que, para acabar pronto, no son como Fabián Bustamante?

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“Deben ahorrar. Es cierto, con las crisis y los problemas de inflación que enfrenta el país es difícil. Además, por lo regular, la gente tiende a gastar para satisfacer sus necesidades más básicas o compra artículos que, según sus cálculos, estarán más caros el día de mañana. Pero, si quieren formar un patrimonio, como tal, no hay otra opción cuando se comienza de cero. La gente tiene que prever las cosas; planear la educación de los hijos, por ejemplo, o preguntarse cómo será su vida al momento del retiro. Esas son inversiones en tiempo y planeación que ayudan a formar un patrimonio”, expresa Ángel Valle Yrusteta, profesor del área de Dirección Financiera del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE).

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El consejo de ahorrar y prever se repite incesante. Es más, las historias que se tejen alrededor de los verbos guardar y economizar son miles. Y en los terrenos corporativos, los testimonios se multiplican varias veces. ¿Cuántos ejecutivos entrevistados por Expansión no expresan que parte del éxito de su estrategia la consiguieron gracias a la disminución de costos en su empresa, al bajo índice de apalancamiento o su adecuado manejo de los ingresos para crecer con recursos propios?

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Más aún, hablando en términos de flujo de efectivo personal, ¿recuerda aquellas vacaciones tan merecidas y la forma en la que recortó sus gastos para acumular el capital suficiente y regalárselas? ¿Inolvidables, verdad? Sobre todo porque, entre otras cosas, utilizó la tarjeta de crédito como si nunca le fueran a cobrar. Eso, usted comprenderá, no protege sus ingresos. Tampoco promueve la creación de un patrimonio, en la mayoría de los casos. Pero esa, nuevamente, es sólo una parte de la realidad (un fragmento muy cruel, por cierto; sobre todo al momento de pagar).

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El otro bloque de la historia está conformado por personas que gustan de guardar algunos pesos y jugarlos en la bolsa de valores, por ejemplo. Son los menos, sí. No obstante, sus experiencias –buenas o malas– sirven para explicar cómo podemos hacer un patrimonio. Carlos Slim, Roberto Hernández o José Madariaga, entre otros, posarían para la fotografía testimonial.

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“Pero la bolsa no es para invertir a corto plazo –acota Valle–. Aquél que diga que cuando subió la bolsa vendió y que cuando bajo la bolsa compró está mintiendo. Esa es una estrategia de lotería. ¿Qué es la inversión en bolsa? Es invertir, a largo plazo, dinero que no se necesita urgentemente; la tendencia del mercado, en el largo plazo, es lo que arroja las ganancias en bolsa. Existió un hombre muy gordo que impulsó mucho el mercado accionario y decía que, para invertir en bolsa, la gente tenía que ser como él; es decir, ‘tener grandes petacas’ para poder sentarse en las acciones y recoger las ganancias, quizás, después de cinco años.”

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Vale la pena recordar que para invertir en bolsa, en el mejor de los casos, usted debe desembolsar –por lo menos y en algunas sociedades de inversión– $25,000 pesos y no sacarlos hasta que su “apuesta” cumpla cuatro o cinco años; pase lo que pase, lea lo que lea. Es más, ignore las noticias bursátiles, desconozca la influencia de los efectos Tequila, Dragón o Samba y, si resiste el deseo de recuperar su dinero, felicidades.

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En México, claro está, la gran mayoría de las personas no tiene recursos para soltar, de un solo golpe, los miles de pesos. ¿Qué puede hacer? Aprovechar los intermediarios financieros formales que están a su alcance. Por ejemplo, las Administradoras de Fondos de Ahorro para el Retiro (Afore), a través de las Sociedades de Inversión Especializadas en Fondos de Ahorro para el Retiro (Siefore), ofrecen la opción de las aportaciones voluntarias. Desde $50 pesos, por ejemplo, los trabajadores registrados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tienen la posibilidad de ganar rendimientos similares a los que pagan instrumentos como los Certificados de la Tesorería de la Federación (Cete). El requisito es que mantengan su depósito, por lo menos, seis meses.

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El paso siguiente, rumbo a la conformación de un patrimonio, es no colocar los huevos en una sola canasta; hay que encomendarse a más de dos santitos; prender varias veladoras; sembrar en distintas macetas; abrir el abanico; apostarle a diferentes caballos; en una palabra, diversificar: comprar joyas, arte, metales, títulos de deuda, acciones, terrenos, autos usados (para revenderlos)…

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“La edad del inversionista es muy determinante. Para una persona joven que todavía le queda bastante tiempo (en teoría) para seguir ganando dinero con su trabajo, lo lógico es que tenga, por ejemplo, mucho más en acciones que en renta fija y, conforme se va acercando la fecha de su retiro, es probable que tome todo su dinero de renta variable y lo deje en renta fija. Pensando en que de verdad ahorró para su jubilación”, interviene Pablo Fernández, profesor de la Universidad de Navarra, España.

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“Ahora –añade el académico– lo que no puede esperar uno son milagros. La gente debe tener invertido el dinero más o menos lógico. Si la gente invierte con la idea de hacerse rica, mejor que ponga un negocio y trabaje más. Es muy importante no tener expectativas ilógicas. Pretender ganar más con el mínimo esfuerzo es la típica idea errónea. Un pensamiento que no aplica ni funciona para la gran mayoría.”

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Sentido común, más que suerte, sería el tercer paso para crear un patrimonio. En este punto, usted es la única persona capacitada para prestarse ayuda. Sería oportuno que empezara por derrumbar algunos mitos sobre la riqueza y su relación con el sistema financiero formal.

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Catherine Mansel, en Las finanzas populares en México, estiliza algunas ideas sobre la utilización de los servicios financieros informales:

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El crédito en el sector informal, generalmente, está amarrado a una relación personal, a una operación comercial o situación de trabajo. Amarrar los créditos reduce los costos de transacción (investigación, supervisión y cumplimiento) y sustituye el aval físico o financiero.

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Los agiotistas son una fuente de crédito importante, pero menos utilizada. Los agiotistas son notoriamente impopulares: Jesús los arrojó del templo, Mahoma los comparó con el diablo, Shakespeare los vilipendió en El mercader de Venecia y, en fechas más recientes, las películas y las telenovelas los presentan como unos verdaderos criminales (en el mejor de los casos sólo se remiten a exponerlos como beneficiarios de cierto fideicomiso de protección al ahorro).

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Por lo general, los créditos son muy pequeños y por plazos muy cortos. No podría esperarse otra cosa en una economía al día, como es la de los “pobres”, quienes compran cigarros por pieza y no por cajetilla; el azúcar y la harina por taza y no por bolsa. Sin embargo, los créditos pequeños y de muy corto plazo tienen menor riesgo de incumplimiento.

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Las tasas anuales de interés tienden a ser muy altas . La sabiduría común insiste en que las altas tasas que cobran los agiotistas son evidencia de explotación y usura. No obstante, los réditos suelen ser elevados porque los riesgos también lo son (¿imagina el nombre del fideicomiso que entraría a rescatarlos?).

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La mayoría de los préstamos no estipulan una tasa de interés explícita . Los amigos, parientes y patrones suelen prestar dinero a tasa de interés cero. Sin embargo, los primeros pueden cargar un “interés” al pedir posteriormente un préstamo o favor a cambio. Los patrones pueden cobrar un “interés” ampliando el horario de trabajo y los tenderos pueden vender sus productos por encima del precio de mercado.

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Aunque relativamente barato, el empeño es una fuente importante de crédito. Es un mecanismo que proporciona liquidez inmediata para ahorros en forma de metales preciosos y bienes de consumo duradero.

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Los pobres, incluso los severamente pobres, tienen mucho interés en ahorrar…y lo hacen . El ahorro no debería definirse tan sólo como la acumulación de recursos para consumo futuro en la forma de instrumentos financieros (efectivo, pagarés y depósitos bancarios) porque también incluye la conservación de cualquier bien mueble (ganado, aves de corral, monedas de oro y plata, alhajas, árboles frutales, láminas de asbesto corrugado, televisores, radios…) por un individuo o grupo para su disponibilidad financiera posterior.

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La intermediación financiera, bien entendida, es sumamente limitada. La intermediación financiera informal puede definirse como la movilización del capital de los ahorradores y su transformación y asignación simultáneas para cubrir las necesidades de los prestatarios. En otras palabras, justamente lo que hacen los bancos (sólo que sin la sofisticación tecnológica y sin el gusto por las estructuras elegantes de sus sucursales y oficinas).

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La creación de un patrimonio, así como su administración, no son joyas exclusivas de ricos o jerarcas empresariales. Su construcción está sumamente cerca de aquellas personas que apuestan al trabajo, a la creatividad y al ahorro; sin lamentos o comentarios que sólo justifican y alimentan una particular y caduca idiosincrasia nacional. Nada nuevo, sólo sentido común.

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