¿Deuda condonada?

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Arturo Huerta G.

Los presidentes del G-7 han acordado que en los próximos meses condonarán la deuda externa a los países más pobres de África, Centroamérica y el Caribe, que suma alrededor de $70,000 millones de dólares. Si bien se trata de un acto positivo, para que los países vean disminuidas las presiones sobre sus finanzas públicas y el sector externo –y puedan así impulsar una dinámica económica–, el problema es que de seguir predominando el actual esquema de liberalización y desregulación económica, continuarán las presiones sobre los fundamentos económicos que revertirán de nuevo en mayor deuda externa y en incapacidad de pago por tales economías.

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En las últimas dos décadas los países pobres han caído en constantes crisis de pagos, y los países acreedores han establecido condonaciones a la deuda de algunos de ellos, y sin embargo, el problema sigue repitiéndose. Al cabo de poco tiempo, se presentan nuevamente problemas en el sector externo y la consecuente incapacidad de pago. Esto evidencia que las políticas económicas predominantes no han superado los problemas productivos y financieros de tales países.

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Mientras continúen las desigualdades productivas, competitivas y financieras entre países desarrollados y subdesarrollados, estos últimos no configurarán condiciones endógenas y autosostenidas de crecimiento. Las políticas de apertura comercial y financiera han acentuado los problemas de las economías más débiles, lo que las ha hecho más dependientes y vulnerables a la entrada de capitales. Por tal motivo, la mera condonación de deuda que hará el G-7 a los países más pobres del mundo sólo mitigará su problemática pero no la resuelve.

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Si el G-7 se pronuncia por la condonación de la deuda de los más pobres, es porque esto le resulta menos costoso de lo que implicaría revisar la política económica predominante y las relaciones económicas entre desarrollados y subdesarrollados. Es preferible para ellos condonarles la deuda, para así evitar mayores cuestionamientos al desorden económico internacional derivado de las políticas de liberalización económica por ellos impuesta, que proceder a modificar la política económica y otorgar mejores tratos comerciales, financieros y tecnológicos. Esto sólo postergará la manifestación de mayores crisis en los más pobres.

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Los desarrollados no transfieren tecnología y financiamiento barato y de largo plazo hacia los más pobres, debido a que ello comprometería su poder económico y político, así como la propia lógica de acumulación y expansión del capital.

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En consecuencia, el mundo se encamina a mayor desigualdad, a  mayores crisis y conflictos políticos y sociales como resultado de la falta de voluntad política del G-7 de replantear y modificar el desorden económico mundial, y de aceptar revertir parte de los excedentes que se han apropiado de los países más pobres.

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El autor es investigador económico en la UNAM

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