¿Edificio inteligente?

¿Cómo un inmueble puede ser más o menos tonto?
Ángel malo Rencillas

Ahora resulta que trabajo en un edificio inteligente. Me mata de risa porque nuestro edificio sigue siendo el mismo idiota de siempre. Su inteligencia consiste tan sólo en un acomodo distinto de nuestros lugares de trabajo, tener puertas que se abren con mayor dificultad y accesos restringidos. Pero la estructura y grietas siguen siendo las mismas. Esto me lleva a pensar que no por ponerle nuevos senos, glúteos y labios a una tarada, va a obtener un doctorado.

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En este remodelado inmueble ya no quedan oficinas cerradas, decentes, aptas para la franja gerencial de la compañía. Solamente los directores tienen oficina enorme, como de dictador latinoamericano o presidente municipal. Los demás estamos hacinados en cubículos divididos por mamparas delgaditas, que no impiden oír cómo Adrianita se pelea todo el día con su novio por teléfono.

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Ahora que el edificio es el listo, los idiotas son los que ahí trabajan (trabajamos, aunque desee excluirme). Todos están encantados abriendo y cerrando puertas con su gafete mágico. Se sienten como atrapados en uno de los episodios de La guerra de las galaxias. A mí no me parece divertido y mucho menos inteligente. Además, debemos portar el gafete-llave-credencial todo el tiempo, y ahí ves a todos los tontos comprándose resortitos y portagafetes, y a las señoritas dibujándoles cursilerías en la parte trasera. Nos vemos patéticos, como kínder en excursión a Chapultepec, con nuestros nombres y fotos a la vista. Cualquier niño menso de mercadotecnia que te topas en elevador te dice “Qué onda, Ángel”, mientras mira tu nombre en tu estúpido gafete.

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La copiadora está en un cuartucho al que no puedo entrar porque mi gafete no me da tal privilegio. A los inteligentes –y rateros y asquerosos– consultores que hicieron inteligente a nuestro edificio, se les ocurrió que solamente las secretarias, los mensajeros y los office boys usaban la copiadora, y entonces sólo ellos pueden acceder a ella. ¡Brillante!

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Pero debemos sentirnos agradecidos por estos cambios, por lo menos eso pretende el reciente memorándum que envió nuestro director general: “Todo esto es por y para ustedes: el mayor recurso de la compañía, el humano… Bla, bla, bla.”

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Pero la inteligencia de mi edificio sólo llega hasta la zona de las escaleras, donde están los baños. Pasando ese umbral, el edificio sigue siendo el mismo imbécil de siempre. Para entrar ahí sigues necesitando la misma llave dorada con el llavero de rana de peluche que Rosy, la nefasta asistente del director general de Ventas, guarda en su escritorio. Pero, como en videojuego, debes abrir tres puertas –con tu gafetito– para conseguir la maldita llave dorada para el tocador, y luego acceder al baño. Un día, llegué hasta ahí y no traía la rana de peluche. Me enojé tanto que incrusté el gafete entre la chapa y el marco de la puerta. Cuál fue mi sorpresa cuando la puerta del baño se abrió. ¡Con mi credencial, como los ladrones de las películas! ¡Me sentí tan bien!

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Ya nunca tengo que ir al escritorio de Rosy, y mientras todos tienen su gafete-credencial-llave intacto, decorado y acompañado de 1,000 accesorios, yo porto el mío con orgullo, desgastado y medio roto de la parte inferior. No hay edificios inteligentes, sólo trabajadores menos estúpidos.

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