¿El último tratado?

México ofrece más apertura a cambio de inversión y acceso al mercado agrícola japonés. Japón n
Louise Guénette

Si el gobierno mexicano mantiene el alto que ha puesto a toda nueva negociación comercial, Japón podría ser el último país en sumarse al registro de socios internacionales. El avance de las pláticas se ha visto retrasado en gran parte por las reticencias niponas. De hecho, la firma del tratado de libre comercio que iba a coronar en octubre el viaje de Vicente Fox al país asiático se ha aplazado indefinidamente, aunque las pláticas se retomaron tras las elecciones japonesas de noviembre.

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Las diferencias son pocas, pero sustanciales. Tokio pide mucha apertura por parte de México, particularmente en el sector del acero, y ofrece poco en la única área donde el empresariado nacional tiene una oferta de exportación: la agropecuaria.

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El país asiático llegó recientemente al juego de las negociaciones bi y trilaterales, en el que México lleva 10 años de experiencia. Yorizumi Watanabe, director general adjunto de la Secretaría de Asuntos Extranjeros de Japón, comenta que este tipo de acuerdos es un cuchillo de doble filo, “que hace cortes profundos en la liberalización comercial de ambos lados de la negociación”.

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El gobierno nipón resultó muy cauteloso en su manejo de esta arma. La posición precaria del primer ministro Junichiro Koizumi en el Parlamento y en su propio partido, y la división interna del sector privado de ese país, son los motivos.

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En la última década, la economía japonesa ha padecido de bajo o nulo crecimiento, periodos de deflación y un yen fuerte que quita a los productos competitividad en mercados exteriores. Tadayuki Nagashima, director ejecutivo en México de la Japan External Trade Organization, atribuye el estancamiento al retraso de reformas estructurales.

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Capital vital
Las 328 compañías japonesas establecidas en México fueron las primeras en promover la negociación de un acuerdo bilateral, ya que querían condiciones más seguras para hacer negocios. Con garantías de trato nacional estarían al mismo nivel en la región norteamericana que sus principales competidores: Estados Unidos y la Unión Europea.

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La inversión anual de la nación asiática en México fue muy errática en el anterior decenio y disminuyó en los últimos años, pero el país fue el quinto inversionista entre 1994 y marzo de 2003, con $3,323 millones de dólares, según cifras de la Secretaría de Economía.

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Los beneficios de una más fuerte inversión nipona no sólo serían la generación de empleos y más actividad económica, sino también una mayor competitividad de las firmas mexicanas a través de asociaciones estratégicas, según Gerardo Traslosheros, director general de Asuntos Comerciales Multilaterales en la Secretaría de Economía.

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Un ejemplo de esto último es la coinversión con Asahi Glass que Vitro inició en noviembre. La empresa vidriera mexicana aportó una planta de envases en desuso en Mexicali y $28 millones de dólares. La contraparte japonesa, líder mundial en su ramo, contribuyó con $45 millones de dólares para convertir la operación en fabricación de vidrio plano.

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Aunque la presencia de las compañías japonesas en México es la prueba de una larga relación bilateral, sus portavoces reclaman mejores condiciones y más certidumbre.

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“La situación legal es vulnerable porque el gobierno cambia la ley a menudo”, critica Akira Watanabe, de Itochu, una comercializadora que tiene más de 50 años en México y que participa actualmente en dos licitaciones de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

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La apreciación tiene origen en el cambio en la legislación que recortó en julio el acceso de las firmas niponas a los concursos gubernamentales. El nuevo reglamento, impulsado por la Secretaría de Economía, incita a las dependencias y empresas estatales a limitar las licitaciones a participantes nacionales cuando esto no perjudique el resultado final. Los tratados ya firmados protegieron a las firmas de las naciones que son socias comerciales; hoy, cuando el reglamento se aplica, los japoneses quedan fuera.

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“Justamente se están preguntando las compañías si es mejor olvidarse de México y concentrarse en China”, refiere Ikeyama, agregado comercial de la Embajada de Japón en México.

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Mejorar la seguridad en las inversiones aportaría a los japoneses más que cualquier otro beneficio de un acuerdo. Según datos oficiales, unas 110 empresas de ese país en México, la tercera parte del total, son maquiladoras –es decir, no pagan arancel de entrada por su importación de componentes–. Las demás manufactureras se benefician de los programas sectoriales que dan ventajas semejantes a las de la maquila, aun para productos vendidos en el mercado nacional.

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“Si lo vemos fríamente, México no tiene arancel contra Japón”, opina Ramón Suárez, de la Industria Nacional de Autopartes (INA).

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La desgravación de los $3,757 millones de dólares en importaciones japonesas no cambiaría mucho las condiciones actuales, pero sí daría certidumbre. A pesar de todo, los programas pueden cambiar, recela Watanabe.

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El temor a Asia
Una preocupación creciente entre las firmas niponas es el efecto de los aranceles a la importación cuando participan en compras gubernamentales. Itochu, por ejemplo, tiene que achicar su margen de ganancia al absorber el arancel de 16% en promedio sobre la maquinaria que le propone a la CFE en sus sugerencias para la construcción y renovación de plantas. La desgravación mejoraría sus perspectivas.

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Las acereras del país del sol naciente también buscan exportar más a México. Por eso el más fuerte opositor al acuerdo reside en la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero. Alonso Ancira, su presidente, dice que como principal exportador de acero en el mundo, Japón podría acabar con la industria nacional; no con precios sino con las condiciones que puede ofrecer, como 300 días de plazo para pagar un pedido.

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El también director general de Altos Hornos de México (que se mantiene en suspensión de pagos desde 1999) afirma que el acuerdo no le convendría a ningún sector de la planta industrial mexicana. Suárez, del INA, no es tan inquieto. Él sólo se preocupa por la posibilidad de que tengan acceso productos con un fuerte contenido chino. El dragón asiático empieza a ser una potencia en el sector automotriz. Alrededor de las armadoras que se instalan ahí, atraídas por el gigantesco mercado emergente, las proveedoras se desarrollan y empiezan a exportar. Los industriales del ramo pidieron al gobierno negociar reglas de origen, que aseguren suficiente contenido japonés en un producto antes de que se beneficie de las ventajas del tratado.

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Intransigentes
De los $1,786 millones de dólares de exportaciones mexicanas a Japón en 2002, 20% ($357 millones de dólares) corresponde a los productos agropecuarios. México pide al país asiático, que ya ha rebajado los aranceles a los productos industriales del mundo, una tasa preferente para algunos casos.

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Al fin y al cabo, las importaciones del sector procedentes de México representan apenas 1% del flujo de adquisiciones, que oscila entre $35,000 y $60,000 millones de dólares, las cuales inundan el mercado nipón cada año.

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“Dado que compran tanto en el ramo agropecuario, ¿qué les cuesta darnos a nosotros 2% de lo que le están vendiendo otros países, que ni siquiera procede de sus propios productores?”, pregunta Alina Aldape, subcoordinadora de la Coordinadora de Organismos Empresariales del Comercio Exterior (COECE).

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Por supuesto, penetrar el mercado premium del mundo requeriría esfuerzo de parte de las firmas mexicanas. Algunas, como la productora de fruta congelada y mermeladas Frexport, lo han hecho. La empresa michoacana tuvo que incorporar dos equipos más en su sistema de lavado del producto y así mejorar la fresa entera congelada, que ya mandaba a Estados Unidos bajo la categoría grado a, con el fin de entrar al mercado japonés, según cuenta Yolanda Escobar, gerente de Exportaciones.

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“Aún así, año con año [los clientes] nos pasan reportes que dicen ‘en las 200 toneladas que inspeccionamos encontramos 25 hojitas. Quisiéramos que bajara este nivel a 20 o a 15’. Son superespeciales”, comenta la ejecutiva.

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De cualquier modo, estima que vale la pena exportar 2.2% de su producción anual de $70 millones de dólares a Japón, porque los clientes ahí pagan por la calidad que exigen. Esas ventas generan mayor rentabilidad.

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Norson, de Sonora, opera un negocio porcino integrado verticalmente. Cuando la apertura llegó a México, en 1988, construyó una planta para producir y vender porciones individuales de peso controlado y platos cocidos. Japón es su principal mercado después de México.

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El país asiático no sólo protege a sus productores con aranceles. Las autoridades fijan precios mínimos y los elevan según aumente el volumen de importación, explica Iván Villarreal, gerente de Exportación al Mercado Asiático de la firma. Los pisos obligan a mandar sólo los cortes más caros y productos con más valor añadido. Además, cada año hay más productores de cerdo extranjeros que se pelean el mercado. Menos control y menos arancel pondrían sin duda al cerdo mexicano en la delantera.

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Este es, sin embargo, el tema políticamente más difícil para el gobierno japonés. En los últimos 10 años, los porcicultores del país pasaron de 27,000 a 9,000, explica el funcionario Yorizumi Watanabe. Las causas de su desaparición se encuentran en parte en la competencia internacional pero, sobre todo, responden a razones internas: falta de espacio y altos costos de producción. La oposición a la liberalización es fuerte entre ellos.

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Incluso si los negociadores obtuvieran concesiones suficientes de parte de Japón y de los productores agropecuarios que se aferran a la protección, sería difícil que se mejorara sustancialmente el saldo de la balanza comercial, deficitario para México por casi $2,000 millones de dólares en 2002. Pero la entrada a este país puede significar un paso inicial para exportar a otras naciones de la región a través de las grandes comercializadoras, como Itochu, Mitsubishi y Mitsui, según Traslosheros, de la Secretaría de Economía.

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La inversión de Japón, el acceso a su mercado agrícola y la salida al Pacífico beneficiarían a México. Pero con tantos tratados ya firmados, el gobierno de Vicente Fox no está tan ansioso por signar un acuerdo que no da las ventajas que el sector privado mexicano busca en esta parte del mundo.

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