¿El trabajo destruye su hogar?

El empresario Norman Spencer trabajó 12 años para lograr el éxito de una compañía y el bienesta
Suzy Wetlaufer

‘‘Tiene usted 18 mensajes." Norman Spencer vio su reloj, sacudió la cabeza, y dejó escapar un intenso suspiro. ¿Era posible que hubiera recibido 18 mensajes de voz mientras comía y estaba en el gimnasio? Sólo se había ausentado dos horas. Se dejó caer en la silla de su escritorio y desconsoladamente presionó la tecla del número uno para escuchar los mensajes.

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El primero era de Tim Carson, el negociador en jefe de Arrowhead Capital Management, la firma de inversión en San Francisco que Norman había fundado y donde era propietario, presidente y director general. Después de 22 años en el negocio, Arrowhead tenía alrededor de $25,000 millones de dólares de activos en administración y era bien conocida en Wall Street como una firma especializada en el análisis cuantitativo de acciones de tecnología de empresas de pequeño y mediano capital.

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"Hola Norm, soy yo —dijo Tim en su mensaje— "marco sólo para darte la noticia de mediodía". Estamos por tener un gran inicio hoy —un punto y medio arriba en contra del mercado—. Otra semana fantástica para nosotros. Eso tiene que alegrarte —y escucha, volveré a verificarlo en el cierre—."

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Norman presionó la tecla borrar y se recargó en la silla. Como todo lo demás últimamente, la noticia de Tim lo había dejado aturdido. Contempló la Bahía de San Francisco desde su oficina en el piso 34 y se preguntó por qué a cualquiera podía importarle cómo se desempeñaba su empresa en un momento dado. El mercado subía y bajaba. La misma historia, año tras año.

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Segundo mensaje. "Hola Norm. Aquí te llama Frank Keller. Quería recordarte que hay una junta del Comité de Fondos Permanentes de Ayuda el próximo lunes a las 7:30 de la noche. Norm, en verdad necesitamos que estés ahí esta vez... tu liderazgo, eso es lo que hace una gran diferencia…" Norman golpeó la tecla borrar para cortar a Keller. Estaba harto del Comité de Fondos Permanentes de Ayuda.

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"Tercer mensaje, enviado a las 12:08 horas." Primero hubo un silencio. Luego alguien del otro lado de la línea respiraba en forma irregular. Finalmente: "Uy, papá, habla Danny. Son más de las 12 del día. Tenías que alcanzarnos a mi mamá y a mí en el consultorio del doctor Blanton a las 11:30. Seguiremos esperándote". Más silencio, después Dan otra vez, pero ahora murmurando: "Papá, creo que se te olvidó. Se te han estado olvidando muchas cosas últimamente. Estoy preocupado por ti…"

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Nuevamente, Norman presionó la tecla borrar. Lo último que necesitaba era a un niño de 13 años preocupándose por él. ¿Y qué diablos hacían su hijo y su madre en el consultorio del doctor Blanton a mediodía? Nunca le mencionaron ninguna cita. ¿O sí?

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Norman interrumpió los mensajes y de mala gana marcó a su casa. Primero tenía que enfrentarse a la irritación de Dan, después a los gritos de Nancy. Mientras esto sucedía, los tenía a ambos al mismo tiempo —en líneas separadas—. El ruido que le llegaba le recordó a Norman por todo lo que había pasado en los últimos meses —medio mundo cuchicheando a su alrededor, retorciéndose las manos y presionándolo para "conseguir ayuda"—.

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En silencio, Norman colgó el teléfono. No tenía que escuchar. La verdad, no podía hacer nada más. Por donde se viera, Arrowhead era un éxito absoluto. Sí, había sido complicado al principio. Todo negocio que arranca tiene sus momentos de dificultad, incluso sus instantes de mirar directo a los reflectores del fracaso. Pero ahora, Arrowhead podía vanagloriarse de 15 años seguidos de sólido crecimiento. La firma estaba ganando tanto dinero que ya se sentía ilegal. No es de sorprender por qué tantos compradores pasmados lo cortejaban, y docenas de clientes institucionales potenciales —algunos de ellos muy importantes— se formaban en la puerta, vociferando para que los dejaran entrar.

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En cuanto a su familia, Norman tampoco tenía que hacer nada. No quedaba algo por comprar. Lo tenían todo: la mansión en Pacific Heights, el yate, y para colmo, la nueva "cabaña" en Nantucket. Su hija Julie, de 17 años, manejaba un BMW; su hijo Dan tomaba clases de vuelo en su pequeño avión y, recientemente, su esposa había encontrado una nueva forma de gastar el dinero: un consultor personal de feng shui para ayudarla a redecorar la casa (otra vez).

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Norman miró a través de su ventana y sintió una extraña mezcla de desafío y tristeza. "Tengo 48 años —se dijo— y finalmente me gané el derecho de decir lo que en realidad estoy pensando y de actuar de la manera en que en verdad estoy sintiendo. Finalmente me gané el derecho de no responder a todos los mensajes, presentarme en todas las juntas, o recordar cada pequeño detalle de la pequeña vida de todos. Ya no tengo que probarme más a mí mismo. Ni siquiera tengo que venir más a la oficina. Pero no sé qué más hacer. Sólo sigo haciendo las mismas cosas que siempre he hecho; sólo que ahora las hago sin que me importen un comino. Quisiera que el mundo desapareciera".

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Por otra parte, su vida hogareña se tornaba cada vez más insostenible (el peor insulto familiar que recibió fue cuando Julie le envió un correo electrónico al trabajo que decía: "Te deseo un feliz día del padre hoy, pero tú no eres un padre, eres un proveedor. Qué gracioso, no hay día del proveedor ¿o sí?"). Los paganos fueron sus empleados.

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Norman era alternativamente severo y distante con su personal. Su gerente senior, Maryanne Fletcher, le pidió —con mucha gentileza— que por favor se mantuviera lejos de los analistas. Estaba estropeando los trabajos. Y así, cuando Norman no estaba consintiendo a los clientes, pasaba mucho tiempo en su oficina navegando en la web, buscando principalmente bienes raíces en lugares distantes. Investigó tarifas aéreas a Tahití. Intercambió correos electrónicos con un granjero que vendía 4,000 acres de tierra en Nueva Zelanda.

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También había consultado sitios en la web sobre personas perdidas. Una parte de él buscaba a su hermana, Samantha. No la había visto ni había sabido de ella desde que huyó de su casa —tendría 41 años ahora—. Por alguna absurda razón, Norman había empezado a extrañarla, de la misma manera en que comenzaba a echar de menos a su madre, diez años después de su muerte.

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Norman visitaba los sitios de personas perdidas porque quería saber algo con desesperación: ¿cómo lo habían logrado?, ¿cómo se las habían arreglado para escapar de sus vidas sin dejar rastro? Después de media hora de estar sentado en su escritorio en silencio, Norman regresó a sus mensajes en la grabadora.

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Uno tras otro, los mensajes imploraban su tiempo, su energía, su dinero, su corazón. Los clientes lo querían en las juntas. Sus compañeros del consejo querían que formara parte de subcomités. Había tres mensajes más de Dan y uno de Nancy. El doctor Blanton resultó ser un siquiatra. Dan había empezado a verlo por problemas de depresión, y se supone que Norman tenía que ir a una sesión ese día. Según la insinuación del mensaje de Nancy, él era la causa de su depresión. Norman cerró los ojos y se echó a reír:

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"Todos deberíamos ser tan, tan felices —se murmuró roncamente—. Pero en lugar de eso, todos nos estamos ahogando. Yo me estoy ahogando".

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¿Qué está fallando con Norman Spencer, y cómo puede arreglarlo? Aquí, cuatro comentaristas ofrecen su consejo.

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Edward M. Hallowell
Es siquiatra que practica en Concord, Massachusetts, e imparte en la Escuela Médica de Harvard.

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La historia de Norman Spencer, la que un observador casual podría descartar como el gemido autoindulgente del exceso de éxito, va mucho más allá de eso. Norman Spencer es como el Willy Loman moderno, el personaje desesperado de Death of a Salesman (La muerte de un vendedor). El ascenso —y posible caída— de Norman puede ser más imponente en alcance que el de la mayoría de las personas, pero los temas centrales no son poco frecuentes.

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La gente como Norman nunca se apacigua. Vive como si un ser humano pudiera ser un juguete de cuerda: "Pídanme que haga el trabajo y, lo que sea, lo haré. Guarden las tareas más difíciles para mí. Mándenme a las alturas a cerrar los tratos. Utilícenme para infundir energía en el siguiente grupo moribundo o para mover mi varita mágica sobre el siguiente proyecto irremediable. Entregaré los bienes sin falta. Cumpliré mis plazos. Realizaré mis metas. Y me aseguraré que todos en mi equipo lo hagan también. Incluso me presentaré en las funciones familiares en las que se supone que debo estar. Cualquier cosa que se necesite hacer, yo la haré".

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Ahora, permítanme agrupar la historia de Norman en términos más generales: las verdaderas cosas que salvaron a Norman —su talento y oportunidad de brillar— están empezando a destruirlo. No pudo dejar de brillar. No pudo regularse. No pudo decir no. No tenía idea de qué hacer, excepto más de lo mismo. Dejó que el trabajo se apoderara de su vida, no porque fuera codicioso o egoísta, sino porque no era lo suficientemente codicioso o egoísta de las formas adecuadas. No practicaba lo básico del cuidado personal. Nadie le enseñó cómo.

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La gran ironía es que si Norman continúa en el camino en el que ha viajado durante 20 años, se arriesga a perderlo todo. Necesita confirmar sus derechos de una vida equilibrada. "Se debe poner atención", dijo Willy Loman. Atención a lo que importa.

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Scott Neely
Es presidente de Lotus Capital Group, compañía privada de administración de inversiones en Los Altos, California.

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Creo que siempre hay un precio qué pagar a largo plazo por este tipo de comportamiento. Lo sé. Yo lo pagué. Durante muchos años no hacía nada más, excepto trabajar. Viendo hacia atrás, es como si hubiera rociado un poco de veneno de hormiga en mi cereal cada mañana. Al principio no noté nada, pero después de un tiempo me enfermé bastante.

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No creo que la gente tan orientada como Norman Spencer cambie fácilmente. La mayoría de nosotros sólo hacemos modificaciones cuando nos vemos forzados a ello. Eso es definitivamente verdadero en mi caso: no cambié porque haya visto la luz, modifiqué mi conducta porque sentí que me quemaba.

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Fue necesaria una verdadera tragedia para despertarme. Hace 12 años mi hijo, estudiante de primer año de universidad, se suicidó. La vida que yo había vivido los 18 años previos se interrumpió abruptamente. Fue imposible para mí regresar a la forma en que las cosas eran antes. Me tomó cuatro o cinco años arreglar mi vida otra vez.

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Pero la vida que he construido ahora es completamente diferente —y mejor— que la anterior. Eso no quiere decir que ya no me aflija por mi hijo. Me sucede, y a veces también me lamento por mi viejo estilo de vida. Pero en general la calidad de mi vida es mucho mejor. De una manera extraña, su muerte me puso en un camino que me permitió construir una vida mejor. Todavía trabajo: administro una cartera de inversiones para mí y para otras personas. Estoy activo —muy ocupado, de hecho— pero el trabajo se da en un contexto diferente al de antes. Ahora, si un negocio está en la categoría de "la vida es demasiado corta" —si se va a tratar de veneno de hormiga durante dos años— no lo hago.

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Norman necesitará poner atención en cosas que nunca había atendido antes. Aparentemente, siempre ha utilizado su lado analítico —la parte izquierda de su cerebro— para darle sentido al mundo. Necesita desarrollar otras partes de él.

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Es triste escucharlo hablar de cuántas posesiones materiales le ha dado a su familia y cuánto resiente su falta de aprecio. Sin embargo, las cosas que más necesitaban sus seres queridos —las emocionales y espirituales— son las que no fue capaz de darles.

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Jean Hollands
Es fundadora y directora general del Centro de Crecimiento & Liderazgo en Mountain View, California. Es autora de The Silicon Syndrome: A Survival Handbook for Couples (El Síndrome Silicio: un manual de supervivencia para parejas).

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Norman Spencer está a punto de perder a su familia, su carrera, y su vida. Se encuentra en la peligrosa encrucijada conocida como crisis existencial, cuando lo que importaba, ya no importa más. También puede estar clínicamente deprimido. La investigación de Norman sobre el escape es una manera disfrazada de contemplar el suicidio. Norman está desesperadamente preocupado.

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Norman, un hombre orientado, siempre ha trabajado hacia un reto. En un nivel de su inconsciente creyó que nunca habría suficiente dinero, amor, respeto, o crédito. Ni un solo éxito —incluso el logro de la riqueza independiente— podía satisfacerlo. De hecho, se volvió adicto a conseguir el siguiente objetivo, y el siguiente, y el siguiente después de ese. Esta lucha febril continuó hasta que finalmente ya no había nada que tuviera que lograr. El problema es que el precio del éxito fue su familia.

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Lo que Norman necesita hacer ahora es crear un objetivo nuevo y diferente para sí mismo: la restauración de la familia. Si pone la misma energía para esa meta que la que puso en las anteriores, tiene una buena oportunidad de triunfo. El recuperar a su familia sucederá sólo si él lo quiere: tendrá que hacer mucha labor de ventas con su esposa y su familia, además de contar con sensibilidad y perseverancia.

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Manfred F.R. Kets de Vries
Es psicoanalista; profesor Raoul de Vitry d’Avaucourt en Administración de Recursos Humanos en insead en Fontainebleau, Francia.

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Oscar Wilde dijo una vez que hay dos tragedias en la vida: una es no ser exitoso, y la otra es ser exitoso. Norman Spencer parece sufrir del segundo problema, Atrapado en el Síndrome de Fausto —la melancolía que puede resultar cuando se ha logrado todo lo que se soñó— tiene que enfrentar la cuestión existencial de si todos sus intentos valieron la pena el esfuerzo.

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La depresión de Norman, con su relativo y repentino comienzo, puede tener raíces en lo que los siquiatras llaman una "reacción de aniversario" quizá esté llegando a la edad que su padre tenía cuando murió. Este aniversario con frecuencia desata (a veces de manera inconsciente) el miedo de que la propia muerte está rondando, junto con las reacciones depresivas que acompañan dicho sentimiento.

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Por otra parte, Norman podría tener una crisis de mediana edad. Aunque las personas en esta etapa en general están en las alturas de sus poderes —como lo está Norman— con frecuencia pasan por un periodo inquietante de autoduda. Expresan su incomodidad con ellos mismos y sus vidas de muchas maneras. Algunos, incluyendo a Norman, pierden su interés, energía y enfoque. Y por último, puede estar sufriendo de lo que se conoce, en el lenguaje clínico, como cuasi-anhedonia —una pérdida temporal de interés y repliegue de la actividad placentera, que a menudo destaca en la mediana edad—.

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En el pasado, Norman se sentía útil sólo a través de sus logros, lo que revela una profunda necesidad de afirmación. Aunque ahora, en la mitad de su vida, se ha dado cuenta de que la búsqueda de afirmación nunca termina y, como resultado, es crecientemente tediosa. Además, ha exigido un precio muy alto: ha intercambiado un hogar cálido y amoroso por un castillo de hielo.

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Ese es el punto culminante. Puede que tenga posesiones materiales en abundancia, pero a menos que haya actividades que le den placer, no tiene nada. A no ser que tenga personas con quienes pueda compartir su placer, no tiene nada. A menos que tenga buenos amigos con quienes pueda hablar de cosas significativas, no tiene nada. Estas posesiones "intangibles" —actividad significativa, placer, y amigos cercanos— son inestimables para la salud mental. Pero a todo esto, ¿usted no quiere ser Norman Spencer? ¿O sí?

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