¿Es el egoísmo la mejor opción ?

El autor es miembro del Consejo Editorial, de Expansión. Además, es presidente fundador del Consej
Carlos Llano Cifuentes

Es necesario introducir en la cultura contemporánea dos nociones que han sido confundidas por nosotros inconscientemente. Estas dos nociones darán la pauta del cambio que podría operarse en el proceder de un hombre típicamente egoísta hacia otro de carácter generoso, y sirven de criterio para definir la posibilidad, la conveniencia y el momento de ese cambio.

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Hablamos de egoísmo y generosidad dentro del ambiente de las empresas. Pensar que el hombre es de hecho constitutivamente egoísta es un error; pero mayor equivocación sería pensar que el hombre de empresa debe ser egoísta para que le vaya bien en la vida.

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Antiguamente se distinguían dos especies de tendencias naturales en el hombre. Una, la del deseo, representaba la propensión humana a la adquisición de aquello de lo que se carece; otra, la de la efusión, significaba la tendencia a compartir lo que se posee. Ambas tendencias están presentes en todo hombre, porque es propio de ellos adquirir lo que no poseen y compartir lo que tienen. El perfil que se ha prefabricado del hombre contemporáneo nos hace pensar en un sujeto en el que predomina la tendencia desiderativa, pues su atención a las necesidades personales que siente, la preocupación porque su persona sobresalga y su afán de inmediata seguridad indican que se trata de un individuo que busca principalmente adquirir lo que no tiene.

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Pero todos conocemos personas valiosas y eficaces que, en cambio, muestran más bien el predominio de la tendencia efusiva: están pendientes de la necesidad ajena, y no de la propia; buscan fuera de sí a quien mejor cumpla una tarea, o persiguen el logro no en cuanto que reditúe prestigio a su propia persona, sino por el valor del logro mismo, procurando el desarrollo de quienes han de realizarlo; y es precisamente esta disposición a la entrega la que fundamenta su conducta.

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Por mucho tiempo se nos ha querido hacer creer que la tendencia más poderosa en el hombre es la desiderativa, mientras que la efusiva vendría a ser un débil impulso que sólo afloraría en ocasiones excepcionales y en personas excelentes. Este mito ha sido proliferado por la empresa mercantil no siempre con éxito. La empresa mercantil requiere, incluso para su propio éxito económico, más personas generosas que egoístas. Al hombre le es tan natural dar lo que posee o lo que sabe, como procurarse lo que le falta. Más falsa es aún la consigna contemporánea que nos induce, de modo preponderante y casi exclusivo, a la adquisición  de lo que carecemos, en perjuicio del movimiento, igualmente natural y necesario, de participar al otro lo que es nuestro.

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¿Cómo pasar de hombres preponderantemente egoístas a hombres generosos? ¿Cómo convertir a esas personas obsesionadas por su propio trabajo (al punto de que creen que la organización existe para apuntalarlo) en individuos propensos a institucionalizar su labor y preocupados por la formación de otros? La interrogante tiene respuesta considerando la naturaleza del ámbito en el que obran uno y otro, pues sólo así tendremos una idea completa de los móviles de su acción y del sentido que ella tiene, así como lo que es necesario para que esa acción y ese sentido cambien de carácter. El egoísta obra sobre todo en un ámbito de índole material, en donde lo que se entrega se pierde y no puede ser recuperado. El deseo de que su trabajo crezca de modo inmediato para poder medir su valía, la seguridad directa que desea tener del crecimiento de ese trabajo, dan a su acción una dimensión cuantitativa, próxima necesariamente a lo material, que se aprecia con cifras comparables. En virtud de ello, muestra cierta resistencia a la efusividad porque los bienes que pudiera ofrecer son materiales y cuantitativamente limitados, quedándose de algún modo sin ellos en la medida en que los comparte.

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Pero el ámbito en el que obra el hombre generoso no está sujeto a la limitación material y le permite la amplitud propia del espíritu, al ser de tal naturaleza el terreno en que de modo principal se mueve. Aquí la entrega de lo que se posee no significa pérdida, pues lo ofrecido, siendo espiritual, no se agota al compartirse. La amistad y la sabiduría son dos bienes espirituales personales cuya entrega no provoca su agotamiento, sino al contrario, a medida en que la amistad es ofrecida y la sabiduría es comunicada, ambas crecen en quien las da y hacen crecer a quien las recibe.

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Lo material y lo espiritual no se distinguen entre sí sólo mediante razones filosóficas religiosas complejas. Al contrario: se llama material aquello que al compartirse disminuye o se empobrece; y se llama espiritual a todas aquellas realidades que se amplían y agrandan cuando se comparten.

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No vamos a discutir ahora si hay en nuestra sociedad más egoístas que generosos o al revés. Tampoco si es más difícil la generosidad que el egoísmo.

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Nos limitaremos a tres afirmaciones que nuestra cultura contemporánea necesita conocer.

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1. Que la alternativa entre el egoísmo y la generosidad es posible. Nadie está indefectiblemente destinado a pensar sólo en sí mismo. Tan congénito es el egoísmo como la generosidad. Se trata de una opción libre: diríamos que, de entre las opciones libres, es la más emblemática.

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2. Que optar por la generosidad no es exclusivo de personas de rara nobleza. En el mundo de la familia puede brotar con naturalidad el talante generoso, y de ahí transminarse al mundo de la empresa y del gobierno. Quien no ha aprendido a ser generoso en el ámbito familiar es difícil, decía Hegel, que logre serlo en el mercantil y gubernamental.

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3. Que no está demostrado que optar por el egoísmo sea mejor para quien hace la opción. Hay muchas conjeturas que nos hacen pensar más bien al revés. Entre los egoístas proliferan los neurasténicos. Lo que se gana con la mano del procurar por sí se pierde con la que paga la factura del psiquiatra.

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Sobre todo, no está demostrado –más bien al revés– que con un conjunto de egoístas se puede hacer una buena empresa y no un avispero.

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A partir de Adam Smith suele admitirse que si cada uno se preocupa por su bien propio, se logra el bien de los demás gracias a un mecanismo desconocido.

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Es el momento, ahora, de decir que si te preocupas por el bien de los demás, de una manera misteriosa, pero igualmente necesaria, alcanzarás el bien propio.

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