¿Ese puño sí se ve?

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En la actualidad, la existencia de los sindicatos sólo se justifica si conlleva una aportación concreta al desarrollo económico de la sociedad y, particularmente, de sus representados, los trabajadores. Visto así, cabe la pregunta: ¿cuántos de estos sindicatos tenemos en México?

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Existen algunos que han sido capaces de sostener una voz distinta a la de las grandes centrales abiertamente al servicio del gobierno –CTM, CROC y adláteres–, pero que a fin de cuentas siempre han avalado las políticas oficiales que por décadas han golpeado las condiciones de vida de los trabajadores. Y ese es el primer paso para que los líderes consideren la posibilidad de eternizarse en el puesto al más puro estilo del desaparecido Fidel Velázquez, de Joaquín Hernández Galicia (en su momento), de Leonardo Rodríguez Alcaine o, más recientemente, de Francisco Hernández Juárez, quien no por mantener ciertas posturas críticas se libra de tal acusación.

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No es fortuito que las centrales y sindicatos mexicanos, a diferencia de algunos ejemplos estadounidenses o europeos (que trascienden la sola autonomía y se dirigen con propuestas específicas a mejorar la condición de todos los agentes económicos involucrados), exhiban una aguda debilidad cuando tratan de hacer valer sus demandas. La máscara “nacionalista y revolucionaria” de los gobiernos priístas y sus allegados impidió el crecimiento de un movimiento autónomo y permitió, en cambio, la vergonzosa tiranía del “charrismo”.

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Desde luego que a los gobiernos revolucionarios les tomó tiempo amputar la capacidad organizativa de los trabajadores, pero al final tuvieron mayoritariamente los sindicatos que querían: comparsas para una representación teatral que se repite hasta el cansancio. Se dan votos a cambio de diputaciones, senadurías y gubernaturas. Y todos contentos, o eso aparentan.

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El interés personal de los líderes y sus allegados, pues, ha sido siempre más importante que el beneficio común. Mientras tanto, la productividad de los trabajadores ha ido en descenso y la población se ha empobrecido de forma alarmante.

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¿Y eso en qué afecta los intereses de los empresarios? Habrá quien piense que el actual sindicalismo sumiso y corrupto como el de la CTM es “mejor” para evitar mayores conflictos sociales y no complicar más el ya de por sí intrincado panorama nacional. Nada más falso: los empresarios necesitan de interlocutores independientes y propositivos con los cuales mejorar su capacidad competitiva y a la vez cumplir con su responsabilidad social.

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Está claro que, hoy por hoy, el sindicalismo mexicano imperante es otro obstáculo para la mejora productiva del país. Su anacronismo le impide percatarse de que las empresas, la sociedad y México, en su conjunto, han cambiado. Es lamentable que, en un país de enormes desigualdades sociales y grandes deficiencias educativas, los sindicatos, de los pocos organismos de representación popular, no tengan propuestas concretas para transformar la capacidad de trabajo en riqueza para los propios trabajadores.

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Mientras que la dinámica empresarial rompe las fronteras nacionales y renueva los conceptos de productividad a una velocidad sorprendente, los sindicatos mexicanos siguen repitiendo las mismas consignas revolucionarias de los años 40.

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Podrían empezar por moverse y olvidarse de salir en la foto.

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