¿Lo fundamental? El desarrollo interior

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‘‘Si uno no sabe quién es, qué busca, qué quiere de la vida, todo es mucho más complicado”, afirma Emma Gómez, de 68 años, viuda, con dos hijas y cuatro nietos. Dedicada por completo a la música y a su familia, está convencida de que las personas tienen una misión. “Creo que la vida nos enseña a elegir un camino, nos guía. Tenemos un destino escrito, pero también libre albedrío. Lo difícil es descubrir cuál es nuestra misión y aprovechar las oportunidades para llevarla a cabo.”

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Emma ingresó al Conservatorio Nacional de Música en el año de 1977 y actualmente es titular de las cátedras de conjuntos de cámara del periodo barroco, música antigua y clavecín, instrumento del que, junto con el piano, también imparte clases privadas. “Ahora mismo yo no podría retirarme, no sólo por la cuestión económica, sino porque mi actividad me mantiene viva, alerta, con energía. Más aún, necesito de mi carrera para ser feliz; si dejara de ejercerla en algún momento, con seguridad me deprimiría mucho.”

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Emma goza de las fuerzas suficientes para continuar con su labor durante un tiempo muy largo. “Tuve la fortuna de encontrar mi misión desde muy chica y hasta ahora me llena por completo. Nunca dudé que este era mi camino y jamás me he dado por vencida.” Y lo dice con conocimiento de causa: durante varios años, Emma viajaba semanalmente desde Tepeji del Río –ahí vivía– hasta la Ciudad de México, donde recibía las lecciones de piano. Debía tomar un autovía, un tren y un camión para llegar a tiempo a sus clases.

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“Estoy segura que muchas personas, retiradas o no, se sienten vacías. Desde mi punto de vista, el verdadero problema no radica en el mero hecho de jubilarse, sino en el poco conocimiento de uno mismo. Si alguien sabe exactamente qué quiere, siempre encontrará la forma para alcanzarlo, retirado o no. Es posible que, con la edad, pierda muchas de sus capacidades y no pueda realizar lo que desea, pero el mundo está lleno de alternativas. Es cuestión de encontrar la que mejor se adapte a nuestros gustos y aficiones. Es justamente lo que le da sentido a mi vida: la identificación de mi destino, de mis capacidades y potencial, y su realización.”

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Pero, ¿cómo reconocer esa misión? La mayoría crecemos con la idea fija de realizar alguna labor invariablemente productiva, sin importar su naturaleza. Una actividad que genere éxitos, prestigio social y sobre todo, billetes. Muchos. Y ese es un gran problema. Cuando la persona se ve imposibilitada para llevar a cabo aquella labor útil, siente que es perfectamente incapaz para cualquier otra. Quizás tenga algún don para la pintura, la escritura o la jardinería, por ejemplo, pero nunca se ha dado el tiempo para descubrirlo. “En mi caso particular, la música es lo más importante, después de mi familia –agrega Emma–, tocar un instrumento, estudiarlo, enseñarlo, dar conciertos, tener contacto con otras personas… es justamente lo que da sentido a mi existencia.”

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