¿Mucha política y poca economía en 19

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Alonso Lujambio

Un recuento de la política mexicana de 1995 no puede sino arrojar un saldo positivo. Mientras la economía se hunde y las políticas gubernamentales no atinan en el manejo de la nueva y profundísima crisis, la política va, con trabajos si se quiere, avanzando hacia mejores escenarios.

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El primer evento de primerísima importancia fue, sin duda, el berrinche del ex presidente Carlos Salinas quien, después de utilizar efímeramente el recurso de la huelga de hambre (recurso de los desprotegidos y de los marginados nunca de los potentados) convirtió su esperada lucha por conquistar la presidencia de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en una ópera bufa.

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El joven de ambición proteica, el hombre calculador, el político que decide con precisión quirúrgica, acaba perdiendo la brújula y provocando hilaridad y/o lástima.

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Vino la ruptura del ex presidente, inusual por lo inmediata y sobre todo por su carácter público, con el presidente en funciones. Los reacomodos políticos producto de esa ruptura, al interior de la élite gobernante y aún dentro de algún sector del alto empresariado, no han terminado.

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El sexenio comenzaba así con un error grave, con el manejo equívoco de un problema acumulado. Total: para julio de 1995, el desempleo más que se duplica en relación al último dato de 1994, la inflación repunta, la devaluación nos trae de vuelta la desconfianza en la economía mexicana. A principios de 1995 parecía urgente fortalecer la confianza en la evolución política del país.

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Con esa perspectiva en mente, el presidente Ernesto Zedillo logró lo que ningún presidente pudo hacer en la historia posrevolucionaria mexicana: sentar a la mesa a todos los actores políticos, al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y a sus oposiciones todas, y firmar juntos el Pacto de los Pinos, el 19 de enero de 1995. Los compromisos centrales: otra ley electoral federal -("la definitiva"), nuevas leyes electorales estatales para evitar la repetición de conflictos postelectorales y solución a problemas postelectorales pendientes (léase Tabasco).

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Frente a tan inequívoca voluntad presidencial de llevar hasta sus últimas consecuencias la transición política, el PRI tabasqueño se niega a jugar con las viejas reglas. Cosa inaudita, una novedad que agrega elementos de complejidad al cambio político mexicano.

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Otro asunto inaudito: se documenta, por primera vez en nuestra historia reciente, un fraude electoral de dimensiones astronómicas. Entre la espada y la pared, Zedillo ya no es el árbitro de todo conflicto. Se apela a la Constitución: la Suprema Corte empieza a jugar un papel relevante. Ya era hora.

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En el frente electoral, el PRI sufre reveses de consideración: de cinco gubernaturas en disputa, el Partido Acción Nacional (PAN) se lleva tres (Jalisco, Guanajuato y Baja California), y el partido oficial triunfa en dos (una por las buenas, Michoacán, y otra utilizando sin límites, y con dudosa legitimidad democrática, recursos para el patronazgo: Yucatán).

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Mientras el Partido de la Revolución Democrática (PRD) se pierde en un laberinto de soledad sin electores, la contabilidad panista registra números negros: excluido el DF once de los doce municipios más grandes del país (Guadalajara, Monterrey, Puebla, León, Ciudad Juárez, Tijuana, Zapopan, Mexicali, Culiacán, Mérida. Guadalupe) son gobernadas por el PAN, la probabilidad de que una ciudad de más de 600,000 habitantes sea gobernada por el PAN pasa a ser del 100%.

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Con todo, algo positivo es el hecho de que, excluido el de Yucatán, el resto de los procesos electorales hayan transcurrido de manera pacífica. Otro signo alentador es el hecho de que todos los partidos hayan regresado a la mesa de negociación para definir los términos de la reforma del Estado, empezando por la ley electoral federal. Sin duda el proceso de transición política se ha acelerado en 1995. Y con institucionalidad. Dejo otros temas en el tintero: Chiapas se pacifica; el PRI del DF pone sus barbas a remojar con la Ley de Participación Ciudadana; Raúl Salinas hunde su cabeza en un pozo y Manuel Camacho saca la suya del PRI, con singular gozo.

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Para 1996, los partidos compiten en siete estados por Congreso y Ayuntamientos (Baja California Sur, Quintana Roo, Nayarit, Coahuila, Guerrero, Hidalgo y México) y en San Luis Potosí por el congreso. El PRI irá nervioso a su XVII Asamblea; PAN y PRD renovarán sus comités ejecutivos nacionales. El Congreso discutirá la reforma del Estado. Nos espera otro año de febril actividad política.

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El autores maestro y candidato a doctoren Ciencia Política por la Universidad de Yale. director de la licenciatura en esa disciplina en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y editorialista del diario -Reforma.

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