¿País sin reglas?

Se multiplican los ejemplos de protagonistas de la vida pública que prefieren saltarse las reglas,
Ricardo Medina Macías

Ponerse de acuerdo en las reglas básicas.

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Sujetarse a esas reglas por encima de intereses personales o de grupo, por encima de la proclividad hacia los caudillos. Parecería ser ese uno de los problemas cruciales de México, en cierta forma “el” problema de México.

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Hoy día, son numerosos los ejemplos de protagonistas de la vida pública de México que se resisten con todo lo que tienen a su alcance a dejar que sean las reglas las que manden. Veamos.

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En el PRD la elección primaria generosamente abierta a todos los simpatizantes ha resultado un fracaso. Es inevitable asociar el largo rosario de irregularidades a los orígenes priístas de varios de los destacados militantes de ese partido, pero también, como ya se ha vuelto habitual en el PRD, la larga sombra del caudillo ha ejercido una influencia perturbadora. Lo fácil sería renunciar a la modernidad, volver a los usos y costumbres arcaicos y dejar que Cuauhtémoc Cárdenas diga abiertamente quién quiere él que sea “el bueno” para dirigir “su” partido y arreglar las cosas para que así suceda. Eso sería dejar a un lado el intento de reglamentar la vida pública, para recuperar las famosas reglas no escritas del dedazo. En descargo del PRD habrá que reconocerle a muchos de sus militantes su pertinaz afán democrático que hasta ahora ha frenado los deseos del caudillismo.

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En el PRI, hay que decirlo, las cosas están peor. El modernizador Ernesto Zedillo, primer priísta del país por alguna regla que está escrita en ninguna parte, nos resultó nostálgico del dedazo y la elección de nuevos dirigentes de ese partido ha sido un ridículo remedo de ejercicio democrático. La tentación de volver a las reglas no escritas (que en alguna época fueron santo y seña del establishment mexicano) aborta cualquier intento de modernización de consolidar reglas e instituciones por encima de las personas.

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No es extraño que un país en el que los líderes suelen ser refractarios a las reglas públicas, abiertas y consensuadas, y en el que el recurso a las reglas no escritas y a la simulación es constante, muestre a sus principales instituciones en crisis.

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Y esta crisis se da en una gran variedad de instituciones. De la policía (cualquiera que sea el nombre que le pongamos) a la banca central, de los medios de comunicación a los partidos políticos. Son instituciones en las que casi nadie cree y a las que día tras día precisamente sus propios dirigentes debilitan. Cualquiera puede citar una gran cantidad de ejemplos.

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Hay policías en simbiosis con la delincuencia. Un banco central que renuncia a defender la estabilidad de la moneda y toma medidas tímidas para cumplir con una obligación prevista en la Carta Magna. Tampoco faltan unos medios de comunicación que arrojan por la borda el profesionalismo y la ética a cambio de unas cuantas monedas, de un favor o de una alianza equívoca.

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Y como ya lo mencionábamos, partidos políticos que se llenan la boca con la palabra democracia para negarla en su práctica cotidiana, con fraudes, engaños, invocaciones al caudillismo.

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La falta de instituciones y de reglas evita que en el país haya en realidad igualdad de oportunidades. Ya no depende de conocer ciertas normas, sino que gana el que sabe las reglas no escritas. O mejor, el que puede darse el lujo de manipularlas.

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De ahí la sensación de zozobra, de estar lidiando con una materia gelatinosa amorfa.

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¡Pobre país sin columna vertebral!

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