¿Por qué el campo no inspira a los ind

Ante el titubeo de los mercados, las compañías mexicanas de alimentos enfrentan la necesidad de co
Zacarías Ramírez Tamayo

Si el campo mexicano, con esa vida relajada que ha inspirado en diferentes épocas a pintores y novelistas, ¿por qué su relación con la industria y los bancos ha dado lugar a una triste historia?

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Los intereses de la industria son desde luego mucho más terrenales que los de los artistas, pero también es cierto que el campo tiene mucho más que buenas estampas para la inspiración. México posee una mezcla prodigiosa de climas y millones de personas buscando en qué ocuparse. La tierra cultivable suma algo así como dos millones de hectáreas, las cuales ahora forman parte del mercado agrícola de América del Norte, el más grande del mundo.

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Por si fuera poco, en 1991 el gobierno mexicano cambió una ley de más de medio siglo de existencia que respondía a un modelo estatista por otra más acorde con los esquemas de mercado, en un intento tardío por contribuir a abonar el terreno para la llegada de una nueva era para la agricultura. Para demostrar la seriedad de sus intenciones, el gobierno desarticuló a una velocidad récord toda una red de empresas estatales encargadas de controlar la producción, los precios y la distribución de productos agrícolas, y luego firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá, el primer acuerdo de amplio alcance entre economías desarrollados y una en desarrollo y que además incluye un capítulo agroalimentario.

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Pero antes que registrar signos positivos, el campo continuó marchitándose. El crecimiento demográfico avanza más rápido que la producción agrícola, en la que aún se emplean métodos y herramientas del siglo XV. En más de la mitad de los cultivos del país, los campesinos utilizan las manos para preparar la tierra ante la falta de mulas o bueyes para hacerlo. La productividad en estos terrenos es de una tonelada de maíz –o su equivalente en frijol, otro de los productos más populares–, apenas suficiente el autoconsumo. En tanto, las empresas industrializadoras de granos continúan importándolos de Estados Unidos, que en calidad de producción y logística de transporte lleva décadas de ventaja sobre México.

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Frente al dinamismo del sector agroindustrial, la agricultura luce obsoleta y carente de rumbo. Los industriales resienten ya los efectos de esta falta de estrategia para el campo. Así como los consumidores quieren tortillas con ciertas características y diferentes tipos de pan, ellos también requieren materia prima diferenciada, algo que la mayoría de los pequeños productores no les pueden dar.

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APRENDER A HACER CADENAS
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A pesar de todo, una vieja iniciativa cobra vida en el campo mexicano: la formación de alianzas entre industriales y productores agrícolas.

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Cuando ya ha quedado claro que el largo periodo de intervención estatal se encuentra en su etapa terminal, un puñado de compañías de alimentos, proveedores de fertilizantes y agroquímicos y uno que otro banco se organizan para volver a enganchar los eslabones perdidos con la salida del gobierno.

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Las compañías de alimentos que dominan el escenario agroindustrial, grandes consumidoras de productos agrícolas como Bimbo, Maseca o Herdez, desarrollan esquemas de colaboración con productores con el fin de contar, en las cercanías de sus plantas y molinos, con materias primas de calidad y en el momento requerido. A través de un agente financiero –un banco que canaliza dinero federal–, esta clase de alianzas, también llamadas clubes de producción, permite al agricultor iniciar la siembra con la certeza de que su cosecha está virtualmente vendida. “La lógica de funcionamiento es que la producción no depende sólo del productor, así como el papel del industrial no es únicamente el de comprar”, dice Enrique Mérigo, director adjunto de Servicios Corporativos Bimbo (Secorbi). “Es una articulación de todos, que se reúnen para establecer una estrategia conjunta.”

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Se trata de revertir una tendencia que funcionó con la intervención estatal, en que se financiaba la siembra sin saber quién compraría la cosecha, explica Jorge Esquer, director de Banca de Negocios y Empresarial de Bital, el banco que ha canalizado cerca de 20% del total del crédito de la banca comercial a proyectos del campo. “Hoy no financiamos nada si no tiene de antemano un compromiso de compra”, dice el directivo, cuyo banco –asegura– ha ganado “buen dinero” con este tipo de proyectos.

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No es irrelevante su afirmación. La crisis de crédito que vino después de 1995 –una suerte de trauma económico colectivo que no se ha podido superar– ha sido más dolorosa en el campo que en el resto de la economía, en la medida en que la agricultura es una de las actividades consideradas entre las más riesgosas.

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Riesgosa pero no imposible, se empeñan en demostrar personas como Arturo Espinosa, quien está a cargo del Club del Maíz de Maseca, la más importante fabricante de tortilla industrializada en el país. Al constatar que sus proveedores padecían la sequía crediticia, “ideamos mecanismos alternativos a los bancos”, aunque apoyados en estos y con responsabilidad compartida.

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“No son créditos ortodoxos”, dice Espinosa, quien antes de ser contratado por Maseca trabajó en distintas oficinas del gobierno vinculadas al campo y dirigió por 20 años la Fundación Mexicana de Desarrollo Rural (FMDR), una reconocida institución de carácter privado creada en 1963 y que tiene la misión de trabajar con las familias campesinas en la mejoría de sus condiciones de vida.

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El que todos corran una parte del riesgo los obliga a estar al pendiente de que sus contrapartes hagan las cosas de manera correcta, dice Esquer. A la compañía compradora le interesan varias cosas: que el banco libere los recursos a tiempo para financiar el paquete de fertilizantes y plaguicidas –que deberán armar los técnicos de las compañías que fabrican estos insumos–, que el paquete sea el adecuado para el producto que está demandando y que llegue a tiempo a manos del productor. Los proveedores, a su vez, vigilan que el campesino aplique este paquete adecuadamente. El banco pone especial atención en que la compañía haga efectiva la compra de la cosecha, porque de eso depende el pago del crédito por parte del productor.

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“Todas las partes tienen una responsabilidad, y eso nos da seguridad”, señala. ¿Se llama a eso convertir en virtuoso un círculo vicioso? Puede ser. Cuando menos cambia el modelo hipotecario de antes, en el que los créditos se respaldaban con tierras y ganado, por uno de riesgo compartido, afirma Esquer sin disimular su optimismo. “Esto nos lleva a un resultado diferente, no digo que perfecto, pero casi.” Asegura que Bital ha tenido una tasa de retorno superior a 97% en los créditos para proyectos que funcionan con este esquema.

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Para la industria alimentaria la ventaja es “la seguridad en el abasto y la calidad requerida”, dice Mérigo, aunque añade que el mejor incentivo para que un industrial desarrolle alianzas está más allá de las necesidades inmediatas.

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Y más allá también de las fronteras nacionales. Con la apertura de los mercados, las fuentes de abastecimiento de materias primas se vuelven todavía más relevantes. De lo contrario se restringe el crecimiento. Tanto Bimbo como Maseca y Herdez están proyectando el desarrollo de alianzas para nuevos productos.

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¿FIN DE LA TRISTE HISTORIA?
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Las alianzas están demostrando ser una manera de darle viabilidad a la agricultura en México, aunque todavía no han logrado un impacto significativo en la proveeduría de la industria ni en el desolado panorama del campo.

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Los casos de desarrollo de proveedores agrícolas son apenas excepciones en medio de la desconfianza que persiste entre productores e industriales. Y aún en las excepciones los esquemas aplicados hasta ahora tienen limitaciones que opacan los casos de éxito. Recientemente, Maseca incumplió su compromiso de compra de cosecha de maíz debido a que el gobierno, quien califica a este grano como producto estratégico, estableció el precio casi tres meses después de lo habitual. Los productores quedaron muy molestos.

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El tema de los precios, que suelen fijarse en el lapso que va de la siembra a la cosecha, dificulta las nuevas alianzas y debilita las existentes; en general están lejos de hacer grandes contribuciones a la proveeduría de la industria. En Bimbo, el programa trigopanadero 2005, que la compañía opera con productores de Sonora, abastecerá en ese año apenas 5% del consumo total de la compañía –si se cumplen las metas propuestas–.

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El mercado libre, nacional o de importación, sigue siendo la fuente de aprovisionamiento más relevante de las compañías de alimentos en México. Pero incluso Herdez, una empresa de verduras y salsas enlatadas con 84 años en el mercado, y que por ahora recurre muy poco a las importaciones, ha tenido serias dificultades para dar con la fórmula más cómoda de asegurarse el aprovisionamiento, a pesar de la vieja relación que la une con los agricultores.

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¿Cuál es la alternativa, entonces? Antes de dejar la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Agropecuario (Sagar), Francisco Labastida Ochoa dijo que el gobierno está llenando el vacío que dejó antes en el sector agrario por medio de créditos baratos para el campo; y agregó que el mayor obstáculo para cambiar las condiciones de vida en el medio rural es la falta de tiempo para inducir un cambio de actitud en los productores.

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Es cierto. Detrás de los clubes en los que Bital actúa como intermediario están los recursos de los Fideicomisos Instituidos en Relación a la Agricultura (FIRA), organismo del Banco de México que destina cerca de $5,500 millones de pesos a proyectos de desarrollo dirigidos a pequeños productores. Lynch Gratttan, consultor privado en temas relacionados con la agroindustria, dice: “Yo no sé si hay otro caso en la historia donde un gobierno haya puesto todo, absolutamente todo, para desarrollar el campo.” El gobierno mexicano no sólo creó una institución de carácter federal para cada paso de la producción y comercialización agrícola, sino que dotó a esta macroestructura de recursos año tras año y sexenio tras sexenio.

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Lo que el funcionario dijo, a pesar de todo, fue una media verdad. Todo eso tomó tiempo y costó mucho dinero, pero finalmente la corrupción se corrompió a sí misma, al llegar al descaro del abuso por parte de burócratas, empresas y de los mismos productores del dinero de los contribuyentes.

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El tiempo no le ha faltado a nadie, ni siquiera a la industria. En los años 60, compañías como Del Monte y Campbell’s sembraron la semilla de las alianzas con productores de hortalizas. “El modelo satisfizo a los productores”, cuenta Horacio Santoyo, investigador en la universidad de Chapingo, pero no a los teóricos de la época. ¿Cómo se iba a permitir, alertaron, que el capital multinacional convirtiera a los agricultores en sus obreros?

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“La satanización ideológica evitó que el concepto de la producción bajo contrato germinara y se expandiera –señala–, y los sigue evitando ahora. Pero se olvida algo: el país ya cambió. Quien salía perdiendo con esa no-integración era el consumidor, pues daba lugar a fluctuaciones en los precios, calidad deficiente e irregularidad en el abasto, además de que era posible gracias a una economía cerrada.”

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Aunque Santoyo está de acuerdo en que las alianzas no son la solución para el golpeado sector agrícola mexicano, destaca un buen motivo para que productores e industriales sigan intentando las alianzas: no hay alternativas.

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Las que hay, tienen altos costos. La otra carta que puede jugar la mayoría de los productores es seguir con sus cultivos tradicionales, pero no generan excedentes, apenas alcanza para el autoconsumo y sólo enriquecen a los intermediarios. Los industriales, a su vez, pueden optar por hacer sus compras en el mercado libre, sólo que depender de él equivale a renunciar al control de la proveeduría, un aspecto cada vez más estratégico en cualquier género de negocio.

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La integración agroindustria, por lo demás, desde hace tiempo probó su eficacia en Estados Unidos y Europa, al grado de que, explica Santoyo, es común encontrar que los representantes de granjeros e industriales monten sus oficinas en un mismo edificio, pues negocian en bloque.

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México tiene el contraste a esa armonía. Las reformas constitucionales, al iniciar los 90, hicieron notar que industriales y productores ni se conocían. A un empresario que trabajaba en el desarrollo de sus proveedores se le preguntó, cuenta Santoyo, cómo había podido juntar leones con corderos.

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Esa mentalidad, dice, “sigue vigente”.

- -LEONES Y CORDEROS, UNÍOS
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La respuesta del empresario fue otra pregunta: “¿Quiénes son los leones y quiénes los corderos?” Se asume que los industriales son los leones, aunque llega a ocurrir que los productores los dejen en el papel de corderos.
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Santoyo es creyente de que el concepto de estrategia puede crear confianza aún entre “enemigos naturales”. Coautor del libro Visión y misión agroempresarial, Santoyo refiere que las alianzas son la fórmula más utilizada por el industrial debido a que no lo obligan a compartir con el productor los mismos derechos y obligaciones –como ocurriría si lo hiciese su socio–, sino sólo algunos de ellos. “En un punto similar a éste es donde fallaron las asociaciones en participación promovidas por el gobierno hace algún tiempo: se trata de asociaciones de capitales para participar en utilidades y no de asociación de personas para participar en las decisiones. En el fondo no eran más que un contrato mercantil con nombre bonito.”

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¿Por qué tendría el industrial que compartir parte de sus derechos con productores que, en su mayoría, no entienden la dinámica del mercado ni sus necesidades específicas? ¿Acaso tiene que volverse filantrópico? No, por cierto. Las compañías mexicanas que más han avanzado en sus modelos de integración aceptan que detrás de sus iniciativas hay estrictas razones de mercado. Maseca no trajo sus proyectos de desarrollo de proveedores a México, que ya aplicaba en Estados Unidos, sino hasta que Conasupo perdió atribuciones, con lo que la -compañía se vio obligada a enfrentarse al tema del abasto. Bimbo, por su parte, inició sus alianzas con productores en la zona donde tenía mayores problemas de calidad con el trigo que llegaba a su molino.

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Pero el caso más claro –o que se acepta con más franqueza– es el de Herdez. Héctor Hernández-Pons, vicepresidente ejecutivo, no sólo reconoce los problemas de abasto que tienen sus plantas, sino que acepta que la compañía ha perdido ventas hasta en 20% por ese motivo en productos para los cuales hay mercado para un crecimiento en ese mismo porcentaje. Empleados de Herdez, por ejemplo, andan en busca de productores que quieran proveer de ajo y cebolla a su planta deshidratadora de Celaya, Guanajuato.

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Hay también una lógica macroeconómica que explica el interés de las compañías de alimentos por las alianzas. Antes de la devaluación de 1994, con las importaciones baratas, muchas alianzas dejaron de ser interesantes.

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Santoyo critica esta actitud coyuntural debido a que, desde su perspectiva, contradictoriamente desestima factores de mercado. “Los gobiernos europeos y estadounidense compensan a sus productores de azúcar, granos, carne y leche, porque de lo contrario se desencadenaría un desajuste en los mercados: sus productores perderían el interés por las actividades agropecuarias, la oferta mundial disminuiría y los precios se irían al cielo. A ellos no les afecta porque no son compradores, pero a nosotros sí; así es como nuestros sistemas agroindustriales quedan integrados a la producción de esos países.”

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Es por eso que las alianzas que se hacen ahora mismo deben pensarse para estar bien en el año 2005. Eso es a lo que Santoyo llama alianzas estratégicas.

- -NO HAY CADENAS SIN BUENOS ESLABONES
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Los entrevistados establecen que el eslabón más débil de la cadena agroindustrial en México son los productores.
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Aunque hay casos, como el de los productores de granos de Sinaloa, para los que formar alianzas es una opción –incluso desdeñable– de dar salida a una producción altamente tecnificada y a tono con los mercados internacionales, a millones de ejidatarios y pequeños propietarios las exigencias de la integración en cadenas les quedan grandes. No sólo por sus limitadas condiciones de vida, sino porque les tomará tiempo cambiar la mecánica de supervivencia a la que fueron acostumbrados: parte de la producción va al autoconsumo y que el gobierno se haga cargo del resto. Conforme a eso, su preocupación nunca fue ser productivos, sino obtener del gobierno los mayores beneficios posibles.

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Esta era la lógica individual, pero también la de sus organizaciones. “Nacen del subsidio y viven del subsidio”, dice Santoyo. Las empresas interesadas en desarrollar a sus proveedores enfrentan hoy la necesidad de cambiar esa actitud, pues la formación de clubes pasa, precisamente, por la organización de los productores. “Ese proceso de cambio lo llamamos promoción”, dice Espinosa, de Maseca. “El (productor) promovido paga, el no promovido no paga porque piensa que le tienen que regalar las cosas y condonarle sus deudas.”

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Nada tan lejano a los intereses de los empresarios, quienes de los productores con los que se alían esperan calidad, precio, volumen, puntualidad en la entrega y regularidad cosecha tras cosecha. Mérigo es contundente: “No queremos tratar con campesinos, sino con empresarios agrícolas, es decir, personas que saben cómo invertir y que están conscientes de que hay riesgos.”

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Da un ejemplo: a Bimbo no le interesa comprar 100,000 toneladas de trigo en mayo; lo que quiere son 200 toneladas entregadas cada día del mes en su molino de Toluca. Pero, además, el pedido no dirá simplemente “trigo”, pues hay una amplia variedad de granos y, por ende, de productos según la cantidad de proteínas que contenga. Mucho del éxito de Bimbo está en la mezcla de distintos trigos, de ahí que carecer de uno de ellos en un momento dado puede provocar desórdenes operativos.

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Con todo y que Bimbo, empresa integrada verticalmente, es el grupo molinero más grande del país, en lo que toca a la proveeduría se ha encontrado con un dique. No le interesa expandirse hacia la agricultura, dice Mérigo, pero desearía que alguien lo hiciera para él; en los nuevos negocios relacionados con uva pasa, maíz y papa, actualmente en definición, “no queremos asumir roles que no nos corresponden”.

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Los ejecutivos prefieren a Bimbo como una compañía de agronegocios, antes que agroindustrial, porque, sostienen, de nada sirve transformar materia prima mediante un proceso industrial si con ello no se está generando más negocio.

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Es el mensaje que tienen para los productores. “Nuestra postura –señala Mérigo– es que sepan por qué somos exigentes, que no se trata de un capricho.” Aunque nadie pone en duda que la relación productores-empresarios está minada de prejuicios, en la FMDR parten de otro punto: los mejores esquemas de alianzas, dice Juan Hernández, director de Proyectos, son los que permiten al productor controlar el mayor valor agregado posible de los productos. Y para que eso sea posible, agrega, tiene que cambiar integralmente el modo de vida de los campesinos y sus familias.

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“Las empresas tampoco han entendido del todo el trabajo que se debe hacer con los productores”, señala Hernández. Persisten dos actitudes de los industriales frente a las alianzas: “El que arriesga ahorita, pero sabe que a largo plazo va a poder crecer, y el que ve el desarrollo de proveedores como un gasto.”

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Estas dos visiones llegan a coexistir aún en la misma empresa. La visión de largo plazo, que quizá será defendida por la presidencia u otros cargos de alta jerarquía, puede quedar anulada por otra de corto plazo que suele hallar eco en los niveles operativos –donde la presión por los resultados termina por volver inmediatistas las metas de estos ejecutivos–. El resultado: la visión de largo plazo nunca se convierte en una política de empresa. Así ocurrió incluso en Bimbo y en Maseca. “No ha sido fácil enviar esa señal”, señala Hernández.

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La alusión de Hernández a la familia no sólo es producto de una preocupación social. En la Fundación emplean el término de famiempresa, pues no conciben cómo se puede esperar que haya campesinos productivos con familias desintegradas. En otras palabras, añade, se tienen que ver también los eslabones que están hacia atrás de la cadena. “En un determinado momento, el productor puede con la proveeduría en cualquier condición en que la exige la industria, pero falla en la comercialización.”

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“Una de las grandes carencias para completar el ciclo agroindustrial es la distribución”, hace notar Grattan. Las carreteras no están pensadas para unir los centros de producción con los de consumo y el sistema ferroviario quedó desfasado. Con excepción de Los Mochis, Sinaloa y Ciudad Obregón, Sonora, “ninguna otra zona del país tiene un tejido carretero para dar salida a la producción. Algo similar ocurre con los centros de almacenamiento”.

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La insuficiencia de infraestructura ha hecho florecer el negocio de los intermediarios, cuyos márgenes, fuera del control de cualquier autoridad, aplastan todavía más los ingresos de los pequeños productores. Con todo, dice Grattan, los coyotes cumplen una función que nadie más está en condiciones de ofrecer.

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¿Resignación? Tal vez sea esa la respuesta por la que muchos han optado ante el fracaso de los modelos ideados para el campo. De hecho, se está volviendo costumbre ubicar, a manera de ocurrencia, que el problema del campo pisa ya los rebuscados terrenos filosóficos. ¿Por qué no dejarlo en el terreno de la inspiración?

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