¿Quién le da color a este negocio?

El éxito de la artesanía mexicana es indiscutible: tiene altos márgenes y capta divisas. Sin emba
Elia Parra

Cerámica. Textiles. Vidrio soplado. Platería. Muebles labrados. Charolas. Baúles. Cajas de linolué. Alebrijes. Papel maché... La extensa artesanía mexicana impacta a nacionales y extranjeros. Se la encuentra en ferias internacionales y en negocios establecidos, así como en numerosos tianguis turísticos a lo largo de la República.

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No es casualidad: en América, México es el país más prolijo en la producción artesanal. Si bien no se sabe cuánto aporta al Producto Interno Bruto (PIB) ni la cantidad exacta de artesanos en el país, existe un indicador por demás elocuente: el aumento en 430% de las ventas de artesanías mexicanas al exterior, especialmente a Estados Unidos, en sólo cuatro años.

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Pero no menos elocuente es el hecho de que, hasta ahora, quienes más se han beneficiado con este auge son los intermediarios, el comerciante final y acaso un reducido número de artesanos. La inmensa mayoría de los hombres, mujeres y niños que elaboran el grueso de estos artículos, se han quedado a la vera del camino, en condiciones de vida muy desfavorables, que contrastan con el éxito de sus productos en el mercado.

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Y es que, más allá de la dificultad para distinguir lo que es artesanía de lo que no lo es, la disponibilidad (a la vez que la protección) de las materias primas y otras contingencias relacionadas con la producción y la comercialización afectan lo mismo, aunque en distinta medida y en forma diversa, a artesanos y comerciantes, y  hacen suponer que este negocio no es, sólo porque sí, inagotable.

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De mano en mano
Técnicamente, las artesanías han dejado de ser para quienes las hacen objetos utilitarios, dice Soledad Matta, del Instituto Nacional Indigenista (INI), para convertirse en objetos de ornato comercializables. El antropólogo Juan Atilano identifica un redimensionamiento de esta piezas –consideradas como la “cultura material de los pueblos indígenas”–, la cual ocurre durante el periodo posrevolucionario. Antes, dice, se les calificaba como “obras de arte popular, hechas a mano y que reflejan visiones estéticas de un contexto cultural determinado”.

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Pero, ¿de qué manos hablaban? Hay una pirámide, sostiene Martha Turok, directora de la Asociación Mexicana de Arte y Cultura Popular (Amacup, una organización no gubernamental, ONG), en cuya cúspide están los artesanos-empresarios a los que sí les ha sonreído el éxito, pero que no son más de 5% del total. “Ponen a trabajar a otros, pero ellos acaban el producto, le ponen su nombre y lo venden.” Les agregan valor, la mayoría se ha hecho de un mercado seguro, son talentosos e innovadores y la gente los busca por su capacidad de propuesta, afirma Turok. “Una décima parte de este grupo son los 50 o 60 grandes maestros del arte popular mexicano, identificados por el gobierno y presentes en los concursos.” Suelen ser los ganadores de los premios oficiales, exponen en galerías de Estados Unidos y Europa y hacen demostraciones alrededor del mundo. En ocasiones son el resultado de un “descubrimiento” hecho por comerciantes estadounidenses o europeos. En todo caso no son ricos, pues los premios “no significan apoyo sostenido ni seguridad social de ningún tipo”, añade la antropóloga. Esto último los tiene inconformes. También se quejan de recibir trato de artistas “de segunda”, muy distinto del que reciben escritores y artistas plásticos.

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En la segunda capa de la pirámide están 30% de los artesanos, y se integra por “grupos que tienden a copiar al gran maestro y dan más baratos sus productos; trabajan con sus familias, y muy fuerte”. Están en el proceso de internacionalización de sus productos, en algunos casos a través de un exportador.

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La base, integrada por 65% restante, está conformada por artesanos sin tierra y obreros de talleres artesanales. Atienden mercados regionales, “pues no han tenido la posibilidad de adecuar sus piezas a un mercado más sofisticado”: son campesinos-artesanos. Aunque, recientemente, la agricultura ha pasado de ser su actividad base a un complemento de la artesanía, observa Turok.

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Pero, ¿cuántos artesanos hay en México? “Es muy difícil establecer un padrón nacional, porque hay comunidades en la que trabajan hasta los hijos más chiquitos, y que están muy alejadas para censarlas”, dice María Antonieta Camacho, integrante de una comisión promotora de artesanías de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi). Turok calcula que, considerando a los manufactureros, alcanzan 10% de la población del país, es decir, poco más de nueve millones de personas; y aun sin ellos, añade, deben representar alrededor de 15% de la Población Económicamente Activa (PEA). Se les ubica principalmente en estados como Jalisco, Oaxaca, Michoacán, México, Guanajuato y Puebla, y entre las artesanías más difundidas están la alfarería, los textiles y una amplia variedad de artículos hechos con madera y fibras duras y semiduras, así como la platería.

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Sus problemas no están menos extendidos. Pese a que existe una multiplicidad de instituciones oficiales –cinco secretarías de estado, además de los gobiernos locales– y de ONG que les dan apoyo, su situación no cambia, tal vez por el excesivo burocratismo de las primeras, señala Isabel Gómez, dueña del negocio de artesanías Mayolih, en la Ciudad de México. Las dificultades comienzan con la producción y se extienden a la comercialización y a la capacitación, lo que los sumerge en un círculo de subsistencia mínima. Viven en zonas alejadas de las ciudades y de los grandes mercados, no son sujetos de crédito y son muy pocas sus posibilidades de mejorar la calidad de sus productos.

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La escasez de fibras naturales y la industrialización han impuesto también cambios importantes. La sustitución de materiales tradicionales ocurre desde los años 60 y 70, señala Atilano, en parte a causa de su agotamiento natural, pero también debido a que las fibras sintéticas facilitan el trabajo y son más baratas. “Así, si antes tejían con lana y demoraban tres meses, ahora lo hacen con acrilán de colores, lo que les evita beneficiar lana y teñirla.”

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La sustitución no es necesariamente perjudicial, opina Matta a su vez. Para los seris (que habitan en el estado de Sonora), ejemplifica, las fibras sintéticas surgieron como una alternativa cuando se detectó que el árbol del que obtenían la madera para elaborar sus esculturas de palo fierro tiene un proceso de crecimiento de 600 u 800 años; ahora hacen sus tallas en hueso o en palo blanco. De modo similar, jornaleros de la mixteca sustituyeron la palma por la rafia (una fibra de plástico) en la elaboración de sus tejidos. No siempre eso significa reducir el precio del producto. Las cestas de cables telefónicos, antes elaboradas con palmilla por los artesanos de Pápago, Sonora, se venden a muy buen precio en Estados Unidos.

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Pero, mientras algunos tienen dificultades para llegar a estos mercados, a otros les falta capacidad para atenderlos, sobre todo quienes venden a grandes distribuidores. Es ahí donde debe existir apoyo financiero, dice María Esther Echeverría, directora del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart). “El éxito hacia afuera (en el mercado) puede significar el fracaso hacia adentro, cuando no se puede satisfacer a los clientes”, complementa Turok. El gran reto es consolidar la oferta, no la demanda.

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Hay otras posturas. Para Yolanda Abarca, ejecutiva de cuenta de Muebles y Artículos de Decoración, del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext), esta baja capacidad productiva tiene que ver con el gusto del artesano por “inyectarle un diseño original a sus piezas y seguir manteniendo sus mismas técnicas, (aunque) así no genera volumen, sino una producción limitada que va sólo a ciertos nichos”. Para que la artesanía siga siendo eso, y no se convierta en producto industrial, Aurea Cornejo, gerente de promoción de Materiales de Construcción en esta misma institución, sugiere que, en lugar de que cada uno produzca más, los artesanos trabajen en conjunto.

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Sin derechos reservados
La artesanía industrial, mientras tanto, se ha venido refinando al grado de que hoy puede resultar  difícil discernir entre una pieza hecha a mano y una manufacturada. Incluye  diversas variantes, desde la división del trabajo entre muchas personas para elaborar manualmente sólo una parte de la pieza –lo que se conoce como “fábrica humana”–, hasta el procesamiento industrial de un gran número de ellas, que luego se decoran a mano. Cornejo explica que, ante la inexistencia de marcas registradas, proliferan las copias que después se industrializan “a costos más bajos, dejando fuera del mercado a los verdaderos artesanos”. Los muebles mexicanos, por ejemplo, son copiados y fabricados en otros materiales por filipinos y tailandeses, a la mitad de su valor.

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Aunque el verdadero desafío es la comercialización. Los más desamparados enfrentan problemas de transporte para trasladar sus artesanías a los centros de venta y cuando llegan a estos, la mayoría obtiene escasas utilidades e incluso, en ciertos casos, las vende al precio de costo. “Un artesano que trabaja en su casa vende según sus necesidades –señala Atilano–; si le hacen falta $20 para comprar azúcar, entrega a ese precio las cuatro carpetitas tejidas con lana, y ya, hasta tener una nueva necesidad.” Un ejemplo son los violines tarahumaras, cuya elaboración implica recolectar determinada madera, tallarla y hacer el armado, comprar insumos y muchas horas de trabajo, y que, sin embargo, se ofrecen al turista a $30 o $50 pesos. Los mixtecos, tradicionales fabricantes de cestas, las siguen vendiendo a $1 o $2 pesos, sin ganancia alguna.

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Otro problema es que la mayoría no calcula con precisión los costos de producción. Por ejemplo, no toman en cuenta la gasolina del transporte, ni la leña o el gas que consumen para cocer sus cerámicas, dice Francisco Sosa, subdirector del Programa de Apoyo al Diseño Artesanal (Proada) de la Secofi. Tampoco dan difusión a su mercancía. Las múltiples dificultades que existen provocan que cada vez más jóvenes se alejen del quehacer artesanal y prefieran ir a las ciudades a ocuparse como peones. Turok, de Amacup, ha observado que cuando hay cerca un desarrollo industrial, los padres optan porque sus hijos obtengan un oficio técnico, con un diploma que les dé cierto prestigio y la posibilidad de encontrar un mejor trabajo. “En una generación –pronostica– tal vez ahí ya no haya artesanos.”

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Para el intermediario y el comerciante final, la venta de artesanías puede ser un buen negocio, pero no lo es para el artesano. Amén de las bajas utilidades que obtiene, cuando se integra en el proceso de comercialización advierte que está enriqueciendo a otros. “No hay justicia”, sentencia la antropóloga. “El empresario que tiene una planchadora de sombreros en Tehuacán, Puebla, es quien se beneficia de estas piezas hechas por los mixtecos”, ejemplifica Atilano. En los pueblos indígenas, salvo raras excepciones la artesanía “se convierte en expresión de su pobreza”. Turok es de la opinión de que “el empresario replantee su relación con quienes trabajan para él, que reinvierta, por ejemplo, en reparto de utilidades”. Pero, acepta, también el intermediario y el comerciante final enfrentan vicisitudes, especialmente cuando los artesanos no pueden surtirles sus pedidos en tiempo y volumen, además de que deben lidiar con los altibajos en los precios. Hace falta que los artesanos se organicen, opina Gómez; como comerciante, le interesa tener buenas piezas y pagar bien por ellas, asegura, pero preferiría tratar directamente con el productor y no con el intermediario.

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Instituciones como el INI y los gobiernos estatales tratan de suplir ese eslabón que señala Gómez. Coordinan sociedades de comercialización entre tarahumaras, mayos, otomíes y nahuas; también apoyan en la compra de materia prima al mayoreo y con centros de acopio; y  el INI respalda la comercialización directa a través de sus delegaciones en todo el país. Existen también entidades públicas que capacitan a los artesanos en materia de funcionamiento de mercados y el sistema fiscal.

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Los intermediarios son considerados, pese a todo,  como “un mal necesario”. A los artesanos le conviene que existan, dice la directora de Amacup, porque aunque les den $3 pesos por cada pieza, compran toda su producción, asegurándoles un ingreso regular. “No hay que satanizar a este personaje, el problema es la cadena de intermediación en la que el producto va subiendo de precio hasta llegar al consumidor, y el artesano no ha ganado nada.” Pero  recomienda distinguir entre el intermediario que sólo encarece el producto y el “necesario”. Éste sabe negociar mejor en los medianos y grandes mercados y para la exportación, lo que resuelve muchos problemas al productor; además de que los dueños de los establecimientos prefieren tratar con ellos. “Los mayores precios a los que venden –asegura Gómez– son compensados por el costo y tiempo que significa ir a buscar los productos directamente. Además, con ellos el trato es muy claro.”

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Traducción de necesidades
En medio de todo, la innovación se ha abierto camino en el afán de adecuar los productos a un nuevo consumidor, nacional y foráneo. Ello implica cambios en los diseños y métodos para elaborar las piezas, cuidando elevar su calidad. ¿Significa esto una pérdida de las raíces del arte popular mexicano?

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Echeverría opina que aunque a los artesanos sí les afecta la innovación, la pobreza puede más, por lo que están dispuestos a hacer nuevas propuestas. Por ejemplo, dice, no todos los consumidores urbanos usan un huipil, por hermoso que éste sea, “¿por qué no convertirlo entonces en un gran mantel o en una colcha para cama? Nuestra obligación es decir a los productores que sigan haciendo sus trabajos de manera tradicional”.

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Amacup trabaja con los artesanos en la transformación de sus diseños y en la creación de artículos más utilitarios y vendibles (cobijas, juegos de baño y para electrodomésticos, floreros, ceniceros, cortinas, etcétera). Turok considera que el artesano debe crear un puente entre las necesidades del mercado y su propia capacidad, “para que pueda seguir expresándose a través de su trabajo y no pierda el control total del producto, pero tiene que haber una traducción de necesidades”. Ella ha observado que últimamente hay mayor interés por lo utilitario que por lo decorativo, y advierte sobre la conveniencia de cuidarse de los diseñadores egresados de escuelas especializadas, pues están “desvinculados de lo cultural y del mercado”. Antes de sugerir qué cosas transformar, estos deben conocer la técnica, las capacidades y habilidades del artesano.

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A través del Proada, las autoridades seleccionan por licitación pública diseñadores privados para que otorguen asistencia en diseño a artesanos organizados. Tanto Camacho como Sosa, de Secofi, sostienen que el programa no impone diseños, sino que funciona como un  detonador para que los artesanos se den cuenta de que su trabajo es valioso y se puede vender. Ellos tienen la creatividad, afirman, lo único que requieren son instrumentos para mejorar sus artesanías. Una pieza textil, por ejemplo, a veces está excesivamente saturada de bordado; el diseñador puede indicarles que esto ya no gusta en determinado mercado y que si la simplifican ahorrarán insumos y tiempo y la venderán mejor. “En Chiapas, los talabarteros no salían de los cinturones y los monederos; ahora también trabajan bolsas con correas modernas o las combinan con madera que se desperdiciaba”, explica Camacho.

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La artesanía vive un periodo de transición, según Matta, del INI. Por ejemplo, cuenta, un grupo de mujeres artesanas totonacas, en Puebla, luego de tejer y bordar “maravillosos” textiles durante 27 años, se percataron de que tienen dos tipos de mercado: uno, ínfimo, que sabe apreciar sus tejidos en telar de cintura, y otro que prefiere los objetos utilitarios. “Al primero le ofrecen los rebozos y al otro las fundas y manteles.” Es una etapa de maduración de las organizaciones, señala, que ocurre de manera distinta en cada región.

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Los mexicanos son importantes consumidores de su propia artesanía. Además de que, contra lo que podría suponerse, las exportaciones no son necesariamente mejor pagadas que lo que se vende localmente, dice la directora de Amacup, debido a la gran competitividad del mercado mundial, que castiga los precios. En Europa o Estados Unidos, los productos mexicanos compiten contra productos africanos y asiáticos, e incluso contra los guatemaltecos. El beneficio de exportar, sin embargo, es que se amplían mercados.

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Y aquí, admite Turok, la intervención del gobierno ha sido muy exigua. Se conocen las reglas para comercializar dentro del país, señala, pero se desconoce el mercado mundial. Las exportaciones totales de artesanías y regalos (incluidas las  manufacturas) ascendieron a $1,125 millones de dólares en 1997, y en la primera mitad de 1998 alcanzaban cerca de $480 millones de dólares, según Bancomext. Entre 75 y 80% de estas ventas se dirigen a Estados Unidos. El gobierno mexicano apoya fiscalmente esta exportaciones, al exentarlas del Impuesto al Valor Agregado (IVA). Adicionalmente, un comité de trabajo integrado por Bancomext, Nafin y las secretarías de Relaciones Exteriores y Turismo promueven las piezas artesanales a través de las embajadas, consulados y oficinas de Bancomext en el exterior. También dan capacitación, sobre todo a artesanos-empresarios, en materia de cotización de piezas y elaboración de proyectos de comercio exterior y ofrecen servicios financieros y no financieros a pequeños y microempresarios. El apoyo directo e indirecto de Bancomext beneficia, de acuerdo con la propia institución, a aproximadamente 500 empresas artesanales.

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A través de Fonart, por otro lado, se comercializan más de 5,000 artículos distintos, con descuentos de 10% a 25% a mayoristas e importadores, según los volúmenes de compra, y con alternativas de pago, desde liquidaciones al contado hasta cartas de crédito. El año pasado, afirma Echeverría, las ventas externas de esta institución sumaron poco más de $1 millón de pesos.

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Nada impresionante, por lo menos no lo es para Turok. “Durante 20 años estuvimos cerrados y no se sabe cuál es la competencia, qué otros países están haciendo cosas parecidas y cómo las ofrecen en el mercado mundial”. Eso requiere de inversión, reconoce, pero sólo así se podrá saber a qué apostar “si al arte decorativo, al popular o a la manufactura artesanal”.

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