¿Quién le teme a la ciencia?

Primero promovió Santa Fe; ahora difunde desde Harvard la biotecnología.
Roberto Morán

2. Juan Enríquez
¿Por qué México fracasa una y otra vez en sus intentos de desarrollarse? Esa pregunta orienta los trabajos de este investigador en la Escuela de Negocios de Harvard. Enríquez tuvo un lugar de primera fila como colaborador del gobierno de Salinas, que se había propuesto modernizar al país. Encabezó, como director de Servimet –la inmobiliaria del gobierno capitalino–, el esfuerzo por construir la zona de oficinas de Santa Fe, una especie de sucursal del primer mundo que ayudaría a atraer organizaciones tecnológicas al país.

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“Después de haber visto muy de cerca a gente que no pudo con el paquete de desarrollar México, la pregunta que empecé a hacer es cómo es posible que personas con doctorados y equipos tan bien preparados se equivoquen una y otra vez. La primera ocasión le echas la culpa al individuo: se volvió loco, tiene un hermano malo; pero la cuarta, la quinta, cuando cambian partidos y estilos y ves que una nación con gente muy preparada no puede, entonces uno se cuestiona si el problema es personal o sistémico.”

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Enríquez empezó una investigación publicada parcialmente en su libro As the Future Catches You, cuya versión en español se titula Tecnología y fronteras en el siglo XXI. En pocas palabras, encuentra que los países que se han podido desarrollar mucho más que el nuestro entendieron que su población debía prepararse para utilizar las tecnologías de la información. “Nunca nos dimos cuenta de que el idioma fundamental del mundo había cambiado.” México no aprendió el lenguaje digital y ahora está en peligro de no subirse al autobús de la lengua genética, que es el que le dará sentido a la nueva era de los negocios en el mundo, dominada por la biotecnología.

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Al igual que un apóstol, el investigador se apasiona por difundir esta noticia. Como director del área de Ciencias de la Vida en la Harvard Business School, procura interesar a los estudiantes de administración en las nuevas tecnologías. Su departamento ha generado cerca de 110 casos de empresas (analizados por los alumnos) y 25 artículos relacionados con el tema tan sólo en los últimos dos años, según el boletín de la escuela.

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“Lo que me angustia de México –confiesa– es que no hay nuevas compañías, es muy difícil encontrar organizaciones con un nuevo impulso tecnológico.” En su opinión, casi todas las firmas nacionales están ignorando la biotecnología. “En el país tenemos todavía por milagro una serie de héroes que se dedican a esto, a pesar de que casi no reciben apoyo, de que tienen menos estatus que un analista político.” Los reductos de la disciplina están en unas cuantas universidades públicas, y quienes hacen investigación, observa el académico, reciben mucho menor reconocimiento social que la última estrella de una telenovela.

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Según Enríquez, la Escuela de Negocios de Harvard se ha convertido en una caja de resonancia para su tesis. Ha recibido invitaciones de 10 gobiernos latinoamericanos y asiáticos con la intención de impulsar el desarrollo de la biotecnología y la inversión privada en ella. No está muy convencido de que los Estados le hayan dado seguimiento a las reuniones que sostuvo con ellos.

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“En los cuatro años que le quedan a la administración de Fox, y en los seis de la siguiente, se debería buscar un acuerdo entre partidos para hacer un inventario nacional de gente que conoce el idioma de la biotecnología [no son más de 10,000], armar una masa crítica y empezar a lanzar compañías, aun sabiendo que ocho de cada 10 no funcionarán, pero que dos van a ser muy exitosas.”

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