¿Quién pone la agenda?

Cada cual puede hacer con su reloj y sus horarios lo que le venga en gana, según su conveniencia, s
Ricardo Medina Macías

¿Es deliberado que los “grandes asuntos nacionales” que ocupan a los medios de comunicación sean tan triviales como el del horario de verano o se trata de la ineptitud de políticos y comunicadores para enfrentar lo verdaderamente importante?

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Alguien “puso” el tema. Quién sabe, en el fondo no importa, si fue el jefe de gobierno del Distrito Federal o algún otro personaje. Lo cierto es que en los últimos días tal parece que a los mexicanos nos va la vida en el peliagudo asunto de qué hora deben marcar los relojes de cada cual en el verano.

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Es una discusión chusca y engañosa. El espantajo de la consulta popular se erige como la “gran solución”, cuando en realidad cada cual puede hacer con su reloj y sus horarios lo que le venga en gana, según su conveniencia, su inteligencia y sus manías o prejuicios.

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Supongamos que la “hora oficial”, al momento de escribir este artículo, es 12:15 horas. Correcto, esa es la convención en buena medida arbitraria a la que la inmensa mayoría nos ajustamos por conveniencia, para entendernos. Pero cada cual es soberanamente libre de aceptarla o no… y, por lo tanto, atenerse a las consecuencias. Si yo quiero que en mi reloj sean las 20:15 horas (en lugar de las 12:15 o las  17:30) es mi asunto… y mi problema porque para que sea útil ese “soberano” horario requiero que aquellos con quienes convivo lo acepten.

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Exactamente lo mismo sucede con el lenguaje. Dicen que algunos esquizofrénicos son particularmente hábiles para crear su propio lenguaje, ajeno a los usos y convenciones sociales, y que en ocasiones los vocablos que inventan revelan agudeza y hasta cierta genialidad. El problema, obviamente, es que no hay quien les entienda (hasta donde sabemos ello no les causa, a los esquizofrénicos, ninguna preocupación…, así de aislados del mundo se encuentran).

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Ese es el tipo de cosas que muchos suponen que debe hacer un gobierno: decidir qué hora deben marcar los relojes. Cierto, el asunto es crucial para la convivencia social. Y de ahí que, en forma simplista, se invoque a la consulta popular para orientar la decisión del gobierno. Aún así, el asunto sigue siendo plenamente libre y soberano, individual. Se acepta la convención social o no y uno se atiene a las consecuencias.

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Lo cual daría lugar a situaciones divertidas: “Entonces, la cita es a tus 16 horas que vienen a ser mis 13 horas”. Obviamente es más fácil –y económico– ponernos de acuerdo en el parámetro (que “tus” 16 horas sean también “mis” 16 horas; “nuestras” 16 horas), pero nada impide que hagamos una erogación adicional de tiempo y comunicación para “traducir” constantemente de “tu” horario a “mi” horario y así entendernos. Es antieconómico, pero puede satisfacer el orgullo nacionalista y soberano de algunos acomplejados.

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¿Nos va la vida en ello? No. ¿Es imposible ahorrar energía si la convención horaria es “x” o es “y”? Tampoco. Entonces, ¿por qué ese es, desde la óptica de muchos políticos y de muchos medios de comunicación, “el tema”? Misterio que se presta a muchas conjeturas.

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Sobre todo cuando los mismos que hoy están muy ocupados en el divertido asunto de cuál hora deberán indicar los relojes, mañana nos recetarán una sentida homilía sobre el derecho a la información. Nos dirán que no estamos informados sobre lo importante. Pues sí.

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