¿Quién tiene la culpa?

Ahora queda claro que el Banco de México no es el causante de la recesión. Pero ante el nuevo esce

Son las 12 del día 10 de septiembre. En medio de ese bullicio de Wall Street, que todos han escuchado en las películas, un hombre descansa en un parque, revisa su portafolios –donde lleva una calculadora pasada de moda, algunos documentos y un emparedado para la hora de la comida–. 24 horas después el hombre, una escultura de bronce, seguía en el mismo jardín, Liberty Plaza, en la misma actitud, ahora rodeado por los escombros que casi lo sepultan y que cayeron desde dos cuadras de distancia, al derrumbarse las Torres Gemelas del World Trade Center. Se mantenía sereno, como si confiara en que podía volver a trabajar en cuanto terminara su descanso; parecía un símbolo de esas rutinas que se perdieron. Ni siquiera él seguirá sin cambios. Por lo pronto, ya fue desmontado para que la maquinaria pesada despeje el parque. Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre nadie volverá a la vida que tenía antes.

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Al dolor se suma una transformación en las perspectivas económicas. No hay manera de imaginarse la recesión que se aproxima. El gobierno de Estados Unidos se quedó, de un día para otro, sin la pequeña esperanza que tenía de utilizar el superávit fiscal para impulsar una reactivación de la economía. Los capitales, ya escasos, serán ahora todavía más difíciles de encontrar. Las primeras empresas afectadas por el desastre, líneas aéreas, aseguradoras y otras compañías financieras, arrastrarán en su caída a amplios sectores de la población… en todo el mundo.

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Aunque usted no lo crea, con las evidencias de la recesión estadounidense aún había quien culpaba al Banco de México de la desaceleración en México. El principal factor, argumentaban, era que estaba fortaleciendo al peso en forma artificial y con ello sacando de la competencia a las exportaciones nacionales. Con esta tragedia, que sume al mundo en la incertidumbre, queda claro que el instituto central no era el causante de la crisis, sino que sólo respondía para fortalecer al país frente a un fenómeno internacional. Y más todavía cuando se ve que ante el tamaño de los ataques y sus efectos en Estados Unidos, la economía mexicana ha resistido como nunca.

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En pocas palabras, el Banco de México hizo su tarea a tiempo, la que no es muy diferente a la recomendación de la abuelita regañona que advierte a sus nietos que hay que ahorrar para tiempos difíciles. Aplicó el freno cuando la economía estaba en crecimiento, porque de esa manera evitaba que al acabarse el impulso –como ya se preveía desde finales de 1999– el país tuviera que cargar con grandes deudas adquiridas por empresas demasiado optimistas y otorgadas por bancos irresponsables, como ha sucedido en el pasado. Con ello ayudó a fortalecer el peso –más por efectos psicológicos que por una intervención directa en la economía–, y aun así las tasas de interés continuaron a la baja, sin manos ocultas, a diferencia de 1994.

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El instituto central y su gobernador Guillermo Ortiz han demostrado que tienen el poder para sostener la estabilidad de la economía. El nuevo escenario hace que su papel sea aún más importante. Ante la recesión, el banco tendrá que mantener la calma, transmitir un mensaje de confianza a los inversionistas, nacionales y extranjeros, y sobretodo, actuar de acuerdo con un conjunto sencillo de reglas que le queden claras a los actores económicos. Ortiz, o quien esté al frente del organismo, ya tiene las llaves que le permiten influir en la economía. Y, es paradójico, para que se note su trabajo, lo único que tiene que hacer es evitar la tentación de imprimirle a esa influencia un estilo personal.

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