¿Sabe andar sin saco y corbata?

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‘‘El recuerdo de mis 55 años no podría ser mejor. Fue cuando pude dedicarme a lo que siempre quise, pero de tiempo completo”, comenta Antonio Noemi, de 70 años, casado, con tres hijos y una nieta recién nacida. “Trabajé desde los 15 años en el negocio de mi padre, que honestamente no me gustaba. Yo quería ser hacendado, tener un rancho porque los animales para mí son la vida, sobre todo los caballos.” El caso tiene mucho de excepcional. Sobre todo si se considera que las oficinas de su negocio se encontraban ubicadas en pleno centro de la ciudad de México –precisamente en el edificio donde nació Mariano Matamoros–, cuando sobrevino el temblor de 1985:

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“Una construcción vecina cayó encima de la nuestra y todo se vino abajo. Como se trataba de un monumento nacional, yo debía reconstruirlo y restaurarlo por completo conforme a ciertas especificaciones, para lo cual no contaba con dinero suficiente. Sin embargo, confieso que todo esto fue para mí la perfecta justificación porque, en el fondo, lo último que anhelaba era regresar a mi trabajo. No quiero parecer inconsciente, pero en mi caso la circunstancia sirvió para liberarme de obligaciones que yo no deseaba.” A partir de entonces se dedicó de lleno a comprar y correr caballos de carreras en el hipódromo de la ciudad de México. “¿Saben lo que es andar en botas, vestido de jeans, sin corbata y sin saco? ¡una maravilla!”, dice entre risas.

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Indudablemente, la libertad constituye una de las mayores ventajas del retiro. El simple hecho de encontrarse “a salvo” de horarios fijos, tarjetas de entrada y salida, sanciones por impuntualidad y demás requisitos laborales es ya un placer en sí mismo. “Eso sí, a diario me levanto temprano –aclara– voy al hipódromo, al banco, a la farmacia… vamos, hasta al super voy de repente. Luego vengo aquí, al café, para platicar con los amigos y leer.”

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Todos los seres humanos, sin importar la edad, necesitamos de un motor suficiente que nos anime a actuar, a caminar, a percibir la vida como algo que vale la pena, un tiempo que merece aprovecharse.

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“Cuando dejas de trabajar, empiezas a sentirte como una lacra social, un lastre. Lo más importante para mí es contar con una razón para salir de la cama cada mañana. Mi vida social también es más intensa, pues ya no tengo horarios fijos. Salgo con mi esposa, visitamos a los amigos, organizamos fiestas, vamos al cine. En fin, me encanta estar retirado, pero sé que lo disfruto porque todavía realizo muchas actividades. No sólo dispongo del tiempo como se me antoja; cuento, además, con la oportunidad para dedicarme a lo que realmente me llena. Sí, tengo la mejor de las suertes. La vida ha sido tan buena conmigo que me siento en deuda con ella. Disfruto a mis hijos, mi nieta, mi esposa. Lo único que pido es salud, para mí y para los que quiero.”

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